ALICE
Al instante siguiente, el pasillo estalló en caos.
Un segundo antes estaba de pie entre la sangre, aferrando el amuleto de mi padre, esperando a que Cormac Tierney decidiera si merecía la pena matarme.
Al siguiente, las puertas se abrían de golpe, había gritos, hombres trajeados de oscuro inundaban el pasillo como agua por una presa reventada.
—Cierre de seguridad. Ahora —alguien ladró órdenes—. Aseguren todas las salidas. Nadie sale hasta que...
Una mano se cerró en torno a mi brazo. No era Cormac, sino uno de los guardias que había aparecido de la nada, con un agarre profesional e impersonal.
—Por aquí, señorita.
—Espere...
Intenté retroceder, pero él ya tiraba de mí, alejándome de los cuerpos, de la sangre, del hombre que acababa de salvarme la vida o de acabar con ella; aún no sabía cuál de las dos.
Alcancé a ver a Cormac una última vez antes de que me arrastraran tras la esquina. Hablaba por teléfono, con la expresión tallada en la misma piedra fría de cuando apretó el gatillo. No me miró. No dio señal alguna de que yo existiera.
Quizás para él no existía. Quizás solo era otro cabo suelto que atar.
Los dedos del guardia se me clavaban en el brazo con fuerza suficiente para dejar moratones.
Tropecé con mis propios pies, los tacones prestados se enganchaban en el mármol y uno se me cayó, pero él no aminoró el paso.
No preguntó si estaba herida. No parecía importarle que estuviera cubierta de sangre ajena y temblando tanto que me castañeteaban los dientes.
—¿Adónde me lleva?
No hubo respuesta.
—Le he hecho una pregunta.
Nada. Giramos por otro pasillo, más tenue que el anterior, mientras los sonidos de la gala se desvanecían a nuestra espalda. La iluminación de emergencia lo bañaba todo en un resplandor amarillento y enfermizo, y convertía el elegante papel pintado en algo que parecía piel vieja.
Algo iba mal.
No habría sabido decir qué, exactamente.
El guardia parecía igual que todos los demás: traje negro, auricular, la expresión de alguien a quien pagan por no pensar.
Pero su agarre era demasiado fuerte. Su paso, demasiado urgente.
Y cuando pasamos junto a una puerta con el cartel de «Salida», no giró hacia ella.
En lugar de eso, me arrastró más adentro del edificio.
—Esta no es la salida —mi voz sonó más firme de lo que yo estaba—. La salida quedaba atrás.
La mandíbula del guardia se tensó. Siguió sin responder.
Doblamos otra esquina. El pasillo estaba vacío. Oscuro. No había cámaras de seguridad a la vista, ni más personal, ni testigos. Solo nosotros dos y el eco de nuestros pasos en el mármol, que empezaba a parecer una tumba. Cansada de cojear, me quité el otro tacón y lo dejé en el pasillo.
Me empujó hacia una puerta de servicio. Su mano soltó mi brazo el tiempo justo para alcanzar el picaporte...
—Nada personal —su voz había cambiado; la neutralidad profesional había desaparecido—. Pero viste lo que viste. Y el hombre con el que hablabas tiene enemigos que pagarán bien por verlo arder.
La puerta se abrió de par en par. El aire frío irrumpió, trayendo olor a lluvia y gasolina. Más allá se extendía un callejón estrecho, oscuro, con charcos que reflejaban el resplandor lejano de las farolas.
Mi cuerpo se quedó paralizado.
No podía explicarlo. No había nada especial en ese callejón, nada que lo diferenciara de otros mil callejones de servicio tras otros mil edificios de Dublín. Pero algo se me encogió en el pecho, un instinto animal que no tenía nada que ver con el hombre a mi espalda y todo que ver con...
Una tormenta. Oscuridad. El olor a piedra mojada, lluvia helada en mi piel.
—Muévete.
Me agarró el brazo de nuevo. Más fuerte esta vez. Empezó a arrastrarme hacia aquella abertura oscura, hacia la lluvia, hacia algo que mi mente no podía nombrar pero que mi cuerpo recordaba con un terror visceral.
No te congeles. No te congeles. Hagas lo que hagas, no te...
Me moví.
No como él quería. Me retorcí en su agarre y dejé caer todo mi peso, como mi padre me había enseñado cuando tenía doce años y me daban miedo los chicos mayores que esperaban a la salida del colegio.
Mi codo se alzó, golpeó algo blando —su garganta, su mandíbula, no supe distinguir— y lo oí gruñir de sorpresa.
Y por un segundo su agarre se aflojó mientras me zafaba; me golpeé el dedo del pie descalzo y retrocedí, alejándome de aquella abertura al callejón.
Tres pasos. Cuatro. Mis pies resbalaron en el mármol, los pies descalzos golpeaban contra la piedra fría mientras corría hacia atrás por donde habíamos venido.
El pasillo se extendía ante mí como una garganta, oscuro e interminable.
Lo oía detrás de mí, recuperándose, maldiciendo, sus pasos retumbando...
Me agarró de la trenza; el recogido se me había deshecho en el caos. El dolor fue blanco, cegador. Grité —el sonido se me escapó antes de que pudiera contenerlo— y entonces me arrastraban hacia atrás, su puño en mi pelo, su otra mano tapándome la boca.
—Estúpida zorra —su aliento me quemaba en el oído—. Tendrías que haber venido sin rechistar. Ahora voy a tener que hacerte daño.
Le mordí la palma. Fuerte. Probé sangre que no era mía.
Maldijo y apartó la mano de un tirón. Aproveché el impulso para clavarle el codo en el estómago, y esta vez sentí el impacto, lo sentí doblarse. Me di la vuelta, lista para echar a correr de nuevo...
Algo me presionó la sien.
Una pistola. El cañón aún caliente por el uso reciente.
—No lo hagas —su voz era un graznido. La sangre le goteaba de la mano donde le había mordido, negra bajo la luz de emergencia—. No me pagan lo suficiente para perseguirte por todo este puto edificio.
Debería haberme centrado en la pistola. En el hombre. En la amenaza de muerte inmediata a un palmo de mi cráneo.
Pero mis ojos se habían desviado más allá de él, a través de la puerta de servicio aún abierta, hacia el callejón del otro lado.
La lluvia caía con más fuerza, escurriéndose hacia los charcos que reflejaban la enfermiza luz de emergencia.
Y donde el agua se encontraba con el umbral, donde se mezclaba con algo oscuro que había goteado de mi vestido, de mi piel...
Rojo. El agua se volvía roja. El mundo se inclinó.
Ya no estaba en el corredor. Estaba en otro lugar, mucho tiempo atrás, con dieciséis años, rota sobre el hormigón mojado mientras la lluvia arrastraba la sangre hacia la calle y una voz cantaba algo suave y dulce y perturbador—
Suantraí...
—¿Me estás escuchando? ¡He dicho que no te muevas, joder!
La voz del guardia llegaba de muy lejos. No sentía mi cuerpo, no sentía nada salvo el eco fantasmal de unas manos inmovilizándome, de lluvia helada en la cara, de un dolor tan absoluto que había borrado todo lo demás.
Olvidarás esto.
La voz de un hombre. Irlandesa. Suave como una nana.
Me olvidarás.
Pero no lo había hecho. No del todo. Algo habitaba en el agujero negro de mi memoria, algo que se abría paso hacia la superficie, y la lluvia y la sangre y el callejón oscuro habían abierto la primera grieta en el muro que había construido para mantenerlo encerrado—
La cabeza del guardia se sacudió hacia un lado.
No vi el golpe. No lo oí venir. Un momento estaba allí, con la pistola apretada contra mi sien, y al siguiente se tambaleaba, y entonces hubo movimiento —rápido, más rápido de lo que debería moverse algo tan grande— y Cormac Tierney emergió de las sombras como violencia hecha carne.
No peleaba como los hombres de las películas. Sin pausas dramáticas, sin intercambio de amenazas ingeniosas. Solo eficiencia brutal: puño a la garganta, rodilla al estómago, y cuando el guardia intentó levantar el arma, Cormac le agarró la muñeca y se la retorció hasta que oí crujir los huesos.
El guardia gritó. Cormac ni se inmutó. Le rodeó la garganta con las manos, y de pronto el guardia estaba en el aire, clavado contra la pared, sus gritos convertidos en gorgoteos húmedos mientras Cormac apretaba.
Lo vi morir. Vi cómo la vida se le escapaba de los ojos mientras Cormac lo sostenía allí como si no pesara nada, como si matar a un hombre no costara más esfuerzo que colgar un abrigo.
Los talones del guardia golpeaban el mármol.
Sus manos arañaban las muñecas de Cormac.
Y entonces se quedó quieto. Cormac lo soltó, y solo quedó el silencio y el olor a sangre y muerte.
Cormac se volvió hacia mí.
No se le había alterado la respiración. Apenas tenía el pelo revuelto. La única señal de que algo había ocurrido era la sangre en los nudillos: parte del guardia, parte más vieja, de los cuerpos de la habitación, de lo que fuera que hubiera pasado esa noche.
Me miró. El vestido rasgado, los pies descalzos. Y cómo me apretaba contra la pared, temblando, con los ojos aún clavados en el callejón oscuro y la lluvia y los charcos rojo sangre que no podía dejar de ver.
—Te defendiste.
No era una pregunta. Una observación, clínica y distante.
Mi risa sonó más a sollozo.
—¿Qué esperabas, que me dejara matar con buenos modales?
Algo centelleó en su expresión. Una grieta en el mármol. La boca se le contrajo —no era una sonrisa, Cormac Tierney no sonreía— pero casi.
Se quitó la chaqueta.
Me encogí antes de poder evitarlo. Alguna parte animal de mi cerebro seguía en ese otro lugar, ese otro tiempo, y ya no distinguía entre amenaza y seguridad.
El hombre más peligroso de Irlanda se quedó inmóvil. Sostuvo la chaqueta como quien ofrece una golosina a un animal asustadizo.
—Estás en shock.
Su voz era serena, áspera y aterciopelada a la vez.
—Ponte esto.
No me moví. No podía moverme. Mi cuerpo estaba atrapado en el espacio entre el pasado y el presente, y no sabía cómo encontrar el camino de vuelta.
—Alice.
La primera vez que pronunciaba mi nombre. Atravesó la niebla, tajante e inmediato.
—Ponte la puta chaqueta.