49
Las semanas siguientes.
Los restos de Beatriz Montes estaban en un pozo de servicio detrás de las cámaras frigoríficas, bajo una tapa de hormigón que nadie había levantado en seis años.
Los encontró una unidad de la Científica el segundo día de búsqueda, con un georradar y con las indicaciones que Iván Senra dio en su segunda declaración, ante su abogada y el juez.
La cazadora vaquera. Un pendiente. Una horquilla.
Lidia no estuvo allí. No tenía por qué estar. Ya no era nadie en ningún laboratorio.
Se enteró por Jimena, que la llamó desde la valla de la fábrica a las once de la mañana de un martes y no dijo nada durante un rato. Después dijo: «Ya está». Y Lidia, en la cocina de su madre, con un café que se le enfriaba en la mano, dijo: «Gracias», y no supo exactamente por qué lo agradecía.
* * *
A Ramón Ruano lo detuvieron un jueves, a las siete de la mañana, en su casa de Pozuelo, con el abrigo puesto, como si ya fuera a salir.
No fue por la raya del libro de custodia.
No solo. El peritaje confirmó que el nombre de debajo era suyo, que lo había escrito la misma mano que firmaba los visados de aquel mes y que la tinta de la raya y la de la frase apertura sin testigo eran otras, posteriores.
Pero un nombre tachado en un libro, por sí solo, habría sido un expediente.
Lo que lo llevó al calabozo fue lo que Asuntos Internos encontró al tirar de ese hilo: el aviso de Amparo Montes, cuatro veces recibido y nunca registrado; una cuenta en la que, durante tres años, entraron cantidades en efectivo que no cuadraban con su sueldo; y, en el garaje de los Senra, dentro de una lata de galletas, debajo de los bombines viejos, una libreta escrita a mano por Hugo Senra en los años en que todavía escribía.
Fechas, cantidades, iniciales. R. R. Lo que Ruano había ido a buscar preguntándole a Lidia por papeles.
Las cantidades empezaban en noviembre de 2020, la semana en que desapareció Beatriz, y seguían cada mes hasta que Hugo dejó de saber qué día era.
Por eso el jefe del laboratorio bajaba en persona a una comisaría de Getafe a escuchar a una madre: para que lo que ella contaba no llegara a ninguna otra mesa.
Y en el registro del segundo móvil de Ruano, el que Jimena le había visto sacar del cajón aquel jueves, apareció la última llamada: un fijo de Getafe, el de la casa de los Senra.
Dos minutos. Ruano no quiso decir quién contestó.
Hugo Senra no lo sabía. Hugo Senra no sabía casi nada.
Dos forenses lo examinaron y concluyeron que ya no podía entender el proceso ni defenderse en él.
Con ese informe, el juez aplicó lo que la ley prevé para quien pierde la razón después de los hechos: dejó en suspenso la causa contra él mientras no la recobrara, que no la iba a recobrar, y ordenó su ingreso en una residencia pública en Leganés, con vigilancia.
Rosi fue a verlo la primera semana. Le contó a Jimena que Hugo había abierto el armario de las sábanas con una cucharilla de postre, y que después se había quedado mucho rato mirándose las manos, y que había preguntado por la chica. No dijo cuál.
Nadie le había perdonado nada. Nadie podía perdonarle nada a alguien que no recordaba qué había hecho. Había abierto una puerta. Eso era todo. No borraba la otra.
* * *
Iván Senra estaba en prisión provisional, en Soto del Real. Se le imputaban la detención ilegal de Noa Esteve, las lesiones a Pilar Camps, el allanamiento de su vivienda y una lista de cosas más que su abogada leía en voz alta en los juzgados de Getafe con cara de no creérsela.
A los diez días, Lidia recibió una carta. Sobre blanco, letra de imprenta, cuidadosa, de colegio. La misma letra de los papeles amarillos de una nevera.
Dentro había una sola hoja, y en la hoja, una sola frase.
¿Lo viste?
Lidia la leyó en la cocina de su madre. La dobló en cuatro. La metió en el sobre. No la contestó. No la tiró. La metió en una carpeta con todo lo demás, con su número de procedimiento, y le pidió a su abogado que la entregara al juzgado.
Iván Senra había querido un testigo. Iba a tener un tribunal.
* * *
Lo del taller llegó la cuarta semana.
Lidia fue en persona a la comisaría de Usera, la de su barrio, la que nunca había pisado.
Llevó en una caja el ordenador nuevo con el que había restaurado lo que pudo de las copias, una lista impresa con los nombres de los cuatrocientos doce clientes cuyos teléfonos había copiado en tres años y una declaración firmada.
Nicolás Prieto, sentado a su lado, le dijo por última vez que no tenía por qué hacerlo así. Que había formas mejores. Que esperara.
Lo hizo así.
El juzgado le notificó la apertura de diligencias por un delito de descubrimiento y revelación de secretos.
Con cuatrocientos doce afectados, no hacía falta que ninguno denunciara.
El taller se precintó. En la persiana, debajo de las letras rojas de REPARACIÓN DE MÓVILES, alguien pegó un papel con un sello oficial.
A los dos días, otro alguien le pegó al lado un cartel de SE TRASPASA.
La gestora le dijo que con lo que tenía ahorrado y lo que le diera el traspaso podía aguantar un año.
La señora Remedios le dijo que era una pena, que dónde iba a llevar ella ahora el móvil.
Su madre no le dijo nada. Le puso un café delante y se sentó a su lado en la cocina, con el andador al lado de la silla.
Pilar ya andaba. Con andador, despacio, contando los pasos del pasillo.
La habían operado al día siguiente y le habían puesto una prótesis.
Tardaría meses. Pero andaba. El quinto peldaño de la escalera interior seguía crujiendo; Lidia había puesto una barandilla nueva, atornillada, y un candado en la puerta de abajo. Su madre no volvió a bajar al taller.
—¿Te arrepientes? —le preguntó Pilar una noche.
Lidia lo pensó.
—No —dijo—. Me arrepiento de los tres años. De esto, no.
* * *
A Jimena le abrieron expediente por desobediencia.
Molina declaró a su favor. Le pusieron una sanción de suspensión de empleo y sueldo de quince días y una nota en el expediente, y cuando volvió, alguien había puesto encima de su mesa, en el Grupo de Desaparecidos, una caja de bolígrafos azules casi negros, de los gruesos. No supo quién. Se los quedó.
El expediente de Lidia de 2020 se reabrió de oficio.
La resolución llegó en una carta de dos páginas con muchos considerando.
Decía que la técnica Lidia Camps Ortega no había incurrido en el incumplimiento de protocolo que se le imputó, porque la apertura de la muestra se había practicado en presencia de un testigo cuyo nombre había sido suprimido del registro con posterioridad.
Decía que se anulaba la sanción. No decía nada de los seis años.
Lidia la leyó en la cocina, de pie. Después la dejó encima de la mesa, junto al café.
Sabía ya, por fin, que aquella salida del cuerpo no la había elegido ella. Y sabía también que, aunque ahora se lo devolvieran, no podía volver. No con cuatrocientos doce teléfonos en un juzgado.
Las dos cosas eran verdad a la vez.
* * *
El funeral de Beatriz Montes fue un sábado por la mañana, en la parroquia de Getafe donde la habían bautizado.
Había más gente de la que Lidia esperaba.
Vecinos. Compañeras de clase de Beatriz, que ahora tenían veintinueve años y niños.
Jimena, de uniforme. Rosi. Fermín, el del bar Duero, con una corbata que no sabía anudarse.
Lidia se quedó al fondo, de pie, junto a la puerta.
La semana anterior se había sentado al lado de Amparo, en el comedor de su casa, delante del ordenador viejo de los carteles, y le había puesto los siete vídeos, uno detrás de otro, como le había prometido.
Amparo no había dicho nada en todo el rato.
Al terminar el séptimo, había apagado la pantalla con un dedo, despacio, y se había quedado mirando el cristal negro.
Después había dicho: «Estaba guapa en el quinto.
Se había peinado». Y Lidia había tenido que salir al rellano.
Cuando terminó la misa y la gente empezó a salir, Amparo pasó junto a ella por el pasillo central, detrás del ataúd, del brazo de una sobrina.
Se paró.
No dijo nada. Le tomó la mano a Lidia, la apretó una vez, fuerte, con unos dedos todavía manchados de cola de los últimos carteles, y siguió andando.
Lidia se quedó en la puerta de la iglesia con la mano todavía cerrada.
Fuera, en la farola de la esquina, ya no había ningún cartel.