48
La puerta se mueve.
Lo veo desde el suelo. Una raya de luz amarilla entre el acero y el marco, vertical, fina como un pelo. Y luego más ancha. Y una mano en el canto de la puerta, una mano grande, vieja, con los nudillos gruesos, que empuja muy despacio, como se empuja la puerta de una habitación donde duerme alguien.
El viejo.
Me mira por la rendija. No sé si me ve.
Me pongo de rodillas. No sé cómo. Me pongo de rodillas apoyando las manos que no siento en los azulejos, con el tobillo malo arrastrando detrás como si no fuera mío. La cadena tintinea. Llego hasta donde llega la cadena, que es casi a la puerta, a un paso del umbral. No más.
Fuera hay voces. Una de mujer. La de él.
—¡Tío! ¡No!
La puerta se abre de golpe, hacia fuera, y el viejo se tambalea y se agarra al marco, y detrás de él aparece el chico, con la cara descompuesta, apartándolo con el brazo para llegar a la puerta, para cerrarla otra vez.
Entra medio cuerpo. Agarra la manilla de fuera con una mano y se inclina hacia dentro para empujarme hacia atrás con la otra, lejos del umbral, para poder cerrar.
Está a un paso. Por primera vez en siete días, está al alcance de la cadena.
* * *
El tornillo ya lo tengo en la mano. Lo saqué del calcetín cuando se abrió la puerta, sin pensarlo, con los dedos que no siento. Lo tengo agarrado con el puño cerrado y la punta saliendo entre el índice y el corazón, como nos enseñaron a sujetar una aguja para no pincharnos.
No soy fuerte. Ya no. No tengo fuerza en los brazos ni en las piernas ni en ninguna parte. Pero sé dónde pinchar.
Le clavo el tornillo en el muslo, por encima de la rodilla, por la parte de dentro, donde no hay hueso y la carne es blanda. No entra mucho. Lo suficiente.
Él grita. Se le dobla la pierna. Suelta la manilla.
Y yo agarro la cadena con las dos manos, el trozo que va de mi tobillo a la argolla, y la levanto como puedo, que es poco, y la dejo caer sobre él, sobre su cabeza, sobre su cara, con todo el peso de mi cuerpo detrás.
No es un golpe. Es dejarme caer con la cadena delante.
Pero la cadena pesa, y él está agachado, y le da en la sien.
Se cae de lado, contra el marco de la puerta. No se queda quieto. Se mueve. Gime. Pero se cae.
Del bolsillo de la cazadora le sale un llavero. Llaves pequeñas, muchas, y una grande. Ruedan por el suelo de cemento del pasillo.
Unas manos las recogen. No son las del viejo. Son de mujer.
* * *
Es ella. La del cristal. La que me miraba.
Tiene unos treinta y tantos años, el pelo recogido de cualquier manera, la cara de no haber dormido en tres días.
Se arrodilla a mi lado. Busca en el llavero con los dedos rápidos, ordenados, como quien busca una cosa concreta en un cajón que conoce.
Encuentra una llave pequeña. La mete en el candado de mi tobillo. Gira.
El candado se abre.
—Noa —dice. Sabe mi nombre—. Noa, me llamo Lidia. Nos vamos.
—No puedo andar.
—Ya lo sé. Yo te llevo.
—No. —La agarro del anorak—. Yo ando. Tú me sujetas. Yo ando.
Me mira un segundo. Asiente.
Me pasa el brazo por debajo de los hombros y me levanta.
Pongo el pie bueno en el suelo y el malo en el aire.
Salto. Salto otra vez. Ella me sujeta y yo salto, y el pasillo es larguísimo, y detrás de nosotras el chico se está levantando, apoyado en el marco, con una mano en la pierna y la otra en la cabeza, sangrando por la sien, diciendo algo que no entiendo.
El viejo está sentado en el suelo, junto a la puerta abierta, con la espalda contra la pared y los alambres todavía en la mano. Nos mira pasar. No dice nada. Tiene la cara mojada.
Salimos del pasillo a la nave. Las columnas. Los cristales. Las palomas que salen volando todas a la vez.
Y entonces suena la campana.
* * *
Una sola campanada, lejos, al otro lado de las vías. La oigo entera. La oigo desde fuera, por primera vez, sin azulejos en medio, sin rendija, sin nada. Es más pequeña de lo que creía. Es solo una campana.
Me paro un segundo a escucharla, de pie, a la pata coja, colgada del cuello de una mujer que no conozco. Ella no me dice que siga. Espera.
Cuando se acaba, seguimos.
La puerta pequeña. El patio de hormigón. El frío de fuera, el que se mueve. Una luz azul que gira, que viene por el camino de tierra, que entra por el portón dando botes. Un coche, sin rotular, con una sirena portátil en el techo. Frena de golpe. Se abre la puerta.
Una mujer joven, sin abrigo, con una pistola en las dos manos.
—¡Policía!
Detrás de nosotras, en la puerta pequeña de la nave, aparece el chico. Cojeando. Con la cara llena de sangre. Nos mira a nosotras, mira la luz azul, mira la pistola.
—¡Al suelo! ¡Las manos donde las vea! ¡Al suelo!
Él se queda quieto. Mira a Lidia. Solo a Lidia. Como si le preguntara algo.
Ella no le contesta. No lo mira. Me mira a mí.
Él se arrodilla despacio en el hormigón. Pone las manos en la nuca. La mujer joven se le acerca de lado, sin dejar de apuntarle, y le pone las esposas, y le dice algo al oído que no oigo, y mira el reloj.
—Diecinueve horas y seis minutos —dice, en voz alta, para que conste.
Yo me siento en el suelo del patio. No me caigo: me siento. Lo decido yo.
Y después, mientras se oyen más sirenas por el camino de tierra, me tumbo boca arriba en el hormigón helado y miro el cielo, que se está poniendo morado, y me pongo a temblar, a temblar de verdad, con todo el cuerpo, con los dientes, con todo.
Mientras tiembles, el cuerpo todavía pelea.