Día siete 47
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Dentro de la nave hacía más frío que fuera.

Lidia avanzó entre columnas de hierro y montones de cosas tapadas con lonas, pisando cristales, con la linterna del móvil de Remedios apagada para no delatarse. La luz gris que entraba por el techo roto alcanzaba para ver el suelo. Las palomas se movían arriba, en las vigas, sin volar.

Al fondo, a la derecha, un pasillo. De ahí venía una luz amarilla, de bombilla.

Y una voz. Baja, constante, como alguien que le habla a un niño para que se duerma.

Se pegó a la pared y se asomó.

El pasillo era largo, de cemento, con charcos. A la izquierda, una puerta de metal abierta de par en par, y dentro, a la luz de una bombilla, una sala de azulejos blancos con una colchoneta, una manta de cuadros y una argolla arrancada colgando de un tornillo. La sala. La de los vídeos. Vacía.

A la derecha, al fondo, otra puerta. Cerrada. Gruesa, de acero, con una cerradura enorme de latón y un cristal redondo a la altura de los ojos.

Delante de la puerta, una silla de ruedas con un viejo dormido o casi, la cabeza caída, una manta azul en las rodillas. Y de pie, junto al cristal redondo, mirando dentro con la frente casi apoyada en el acero, un chico con una cazadora de trabajo.

Le hablaba a la puerta.

—… ya queda poco. Cuando suene, ya está. No te va a doler. Te lo prometo. Solo tienes que estar tranquila y…

Una caja de herramientas abierta en el suelo, a sus pies.

* * *

Lidia salió al pasillo. No intentó esconderse. No habría servido de nada.

El chico se volvió.

La miró, y en su cara pasó algo que Lidia no esperaba: alegría. Una alegría limpia, de niño, como la de alguien que lleva mucho esperando en una estación y ve por fin a quien esperaba.

—Has venido —dijo Iván Senra—. Has venido antes.

—Abre la puerta.

—Te he mandado la dirección hace nada. No te ha dado tiempo a leerla. —Lo dijo casi con orgullo—. Lo has encontrado tú sola. Sabía que podías. Nadie más podía.

—Iván. Abre la puerta.

Él negó con la cabeza, despacio, sin dejar de sonreír. Se metió la mano en el bolsillo de la cazadora y la sacó con una llave grande, antigua, de paletón, y se la enseñó. Después la volvió a guardar.

—Ven —dijo—. Mira.

Lidia no se movió.

—Mírala —insistió él, y se apartó un paso del cristal, como un guía de museo—. Para eso estás aquí. Para eso has venido. No te voy a hacer nada, Lidia. A ti nunca te haría nada. Solo quiero que mires.

Lidia dio cinco pasos. Se acercó al cristal.

Dentro, contra la pared del fondo, sentada en el suelo con las piernas estiradas y un tobillo hinchado y morado, estaba Noa Esteve. Tenía la cabeza apoyada en los azulejos y los ojos abiertos. Muy pálida. Los labios grises. Pero los ojos abiertos, y la miraban. A ella, a través del cristal.

Movió los labios. Lidia no supo qué decía.

* * *

—Me la llevaste a mí —dijo Lidia sin apartar la vista del cristal. Hablaba despacio. Cada frase era un minuto—. El móvil. El código. El nombre de Noa. La llave debajo de la maceta. Todo.

—Todo.

—¿Por qué?

Él se quedó callado un momento, como si nadie le hubiera hecho nunca esa pregunta y no tuviera preparada la respuesta.

—Porque tú miraste —dijo—. En 2020. Eras la única.

Tenías la cuerda en la mano y lo viste, viste lo que había hecho, y te lo quitaron.

Te mandaron a casa. Lo soltaron. Y él volvió a su taller y me siguió enseñando a abrir cerraduras como si nada.

—Se le quebró la voz y la recompuso—. Yo ya lo sabía entonces.

No sabía cómo, pero lo sabía, como se saben las cosas en una casa.

Te seguí. Te hice fotos saliendo del juzgado, esperando el autobús.

Quería ver cómo era la única persona que lo había visto.

Las colgué en el cuarto del fondo; mi tío nunca entraba.

Y hace dos años encontré los vídeos. Siete.

Los vi. Los vi muchas veces. Y no se lo podía decir a nadie, porque nadie lo había visto. Nadie más que tú.

—Y por eso has hecho lo mismo.

—Para que esta vez nadie te lo quite. —Dio un paso hacia ella—. Para que esta vez lo veas hasta el final. Con él delante. Para que alguien lo vea, Lidia. Para que no sea solo mío.

Lidia lo miró por primera vez directamente.

—Yo no miraba para quedarme mirando —dijo—. Miraba para que alguien la sacara.

Algo cambió en la cara de Iván. No supo qué.

Detrás de él, la silla de ruedas crujió.

* * *

Hugo Senra se había despertado.

Lidia lo vio por encima del hombro de Iván. El viejo tenía los ojos abiertos y miraba la caja de herramientas abierta en el suelo, a medio metro de sus pies. La miraba como Lidia había visto a otros viejos mirar una foto de su boda.

Se inclinó hacia delante en la silla. Muy despacio. Alargó una mano grande, temblorosa, hacia la caja.

Lidia volvió a mirar a Iván. A sus ojos. No podía dejar de mirarlo, porque si dejaba de mirarlo él se daría la vuelta.

—¿Y Beatriz? —preguntó—. ¿Sabes dónde está?

Iván dudó.

—Abajo —dijo—. Hay un pozo, detrás de las cámaras, de cuando hacían el hielo. Él no se acuerda. Yo lo encontré por los vídeos. Por la ropa. —Tragó saliva—. Iba a decírtelo. Esta noche. Después. Iba a llevarte.

Detrás de él, Hugo se había puesto de pie.

No del todo: medio de pie, encorvado, con una mano en el reposabrazos de la silla y en la otra algo pequeño y metálico que había sacado de la caja. Dos alambres, finos, uno con la punta doblada en gancho. Dio un paso hacia la puerta, arrastrando las zapatillas. Otro.

Iván no lo oía. Miraba a Lidia.

—¿Por qué Noa? —preguntó Lidia, más alto, para tapar el ruido de las zapatillas.

—Porque podía. —Iván lo dijo sin pensarlo, y después se quedó quieto, como si se hubiera oído—. Porque tenía la llave de su casa.

Hugo estaba ya junto a la puerta. Se apoyó en el acero con el hombro.

Metió el gancho en el ojo de la cerradura, despacio, a tientas, con la cabeza ladeada como quien escucha a alguien que habla muy bajo.

Sacó el gancho. Lo volvió a meter. Se le cayó el otro alambre al suelo.

Se agachó a por él con un gemido, y Lidia oyó el gemido, y supo que Iván también lo iba a oír.

—Cuéntame cómo la elegiste —dijo Lidia, casi gritando—. Cuéntamelo. Quiero saberlo. Para eso me has traído, ¿no? Para que lo sepa todo.

Iván sonrió otra vez. Abrió la boca para contestar.

Detrás de él, dentro de la cerradura de latón, algo hizo un ruido pequeño. Un clic. Y otro, más grave. Y un tercero, el de una palanca que se levanta y se queda arriba.

Las manos de Hugo Senra giraron despacio, torpes, como quien recuerda un gesto y no un oficio.

La puerta de la cámara 2 se separó del marco un dedo.