Día siete 46
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Aquí no pasan trenes.

Lo primero que he pensado al despertarme es eso. Que no oigo ninguno. Que hay un silencio tan entero que me oigo el corazón, lento, lejos, como si me latiera en otra habitación. Así que cuento eso. Los latidos. Llevo mil y pico. Me pierdo y vuelvo a empezar.

Esta sala es igual que la otra. Blanca, azulejos, una argolla nueva en la pared, una cadena nueva. Pero no tiene rendija. Y la puerta tiene una cosa que la otra no tenía: un cristal redondo, pequeño, grueso, a la altura de los ojos de alguien de pie. Una mirilla. Para mirar desde fuera.

El tobillo izquierdo ya no me duele. Está hinchado como un melón y morado y no me duele, y eso, lo sé, es peor. No siento los pies. No siento las manos más que como algo que cuelga. Tiemblo menos que esta mañana.

Mientras tiembles, el cuerpo todavía pelea.

Me obligo a temblar. No sé si se puede. Lo intento.

Me quitó el tornillo de la manga. Lo sentí buscármelo, con las manos frías, mientras me ponía la cadena nueva, y lo encontró, y lo sacó, y dijo «ya está» como quien le quita una astilla a un niño. No me buscó en el calcetín. No sabe que eran tres.

El de abajo sigue ahí, contra el hueso del tobillo bueno. Lo noto cuando muevo el pie. Es lo único que noto.

* * *

La llave. Tres vueltas.

La puerta se abre hacia fuera y entra él, de espaldas, tirando de algo. Una silla de ruedas. Y en la silla, un hombre mayor.

Grande, ancho, con el pelo blanco cortado al rape y un jersey abrochado mal. Tiene la cabeza un poco caída hacia un lado, como si se acabara de despertar. Lleva una manta azul sobre las rodillas. Las manos, enormes, sobre la manta.

Él empuja la silla hasta el centro de la sala, a dos metros de mí, y la frena. Se queda detrás, con las manos en los puños de la silla. No lleva la braga de cuello. No lleva la gorra. Es la primera vez que le veo la cara entera.

Es joven. Mucho más joven de lo que me lo había imaginado. Delgado, pálido, con ojeras moradas y una boca que no sabe qué forma poner. Un chico. Un chico que podría haber entrado en el bar a las tres de la mañana a pedir un café.

—Tío —dice, inclinándose hacia la oreja del viejo, muy bajo, muy suave—. Mira. Mírala.

El viejo levanta la cabeza despacio.

Me mira.

* * *

Tiene los ojos claros, aguados, de viejo. Al principio no hay nada en ellos. Me mira como se mira una pared. Luego mira la pared, los azulejos, la argolla, la cadena que me sale del tobillo. Mira la puerta abierta, la de acero, gruesa, con su cerradura de palanca enorme.

Algo cambia.

No sé explicarlo. Lo he visto alguna vez en las prácticas, con algún paciente con demencia, cuando le pones delante una foto de su boda o le cantas una canción de cuando era niño. Es como si alguien encendiera una luz en una casa que llevaba años vacía. No toda la casa. Una habitación.

El viejo me mira. Me mira de verdad. Ve la sudadera gris, el pelo oscuro, la cara.

—Esta no es Beatriz —dice.

Lo dice claro. Con una voz grave, ronca, sorprendida, como quien encuentra a un desconocido sentado en su sillón.

Beatriz. Él lo ha dicho. El nombre de la pared.

—Sí, tío. —El chico se agacha a su lado, rápido—. Sí es. Es igual. Mírala bien. Es igual que ella. La sala blanca. La cadena. Tú lo hiciste así. Mira.

—Esta no es Beatriz. —El viejo niega con la cabeza, despacio, una vez, otra—. Beatriz era rubia. Esta es otra. —Se le arruga la cara entera, como a un niño que va a llorar—. Esta no la he hecho yo.

—Tío…

—Esta no la he hecho yo.

* * *

El chico se pone de pie de golpe.

Le cambia la cara. Lo veo pasar, igual que he visto pasar la luz por los ojos del viejo, pero al revés. Algo que se rompe.

—¡Mírala! —le grita. Le agarra la cara al viejo con las dos manos enguantadas y se la gira hacia mí—. ¡Mírala! ¡Tienes que acordarte! ¡Tienes que decírmelo! ¡Dime que fuiste tú! ¡Dime cómo fue!

El viejo forcejea. Le aparta las manos con las suyas, que son más grandes, y por un momento son dos hombres peleándose sin fuerza en una silla de ruedas, y el chico está llorando, y yo no sé si lo que siento es miedo o pena o las dos cosas a la vez.

Muevo el pie bueno. El tornillo se me clava en el tobillo a través del calcetín. Ahí está.

El viejo deja de forcejear. Se queda quieto, con la cara girada, pero no hacia mí. Hacia la puerta. Hacia la cerradura de palanca, gorda, de latón, con un ojo de llave grande. La mira como el que mira a alguien conocido en una estación.

Levanta una mano. La deja en el aire, con los dedos abiertos, como si fuera a tocar algo que está lejos.

—Esa la puse yo —dice.

El chico se queda inmóvil.

Después respira hondo, una, dos veces, y se limpia la cara con la manga, y vuelve a ser el de siempre. El de la voz de camarero de hotel.

—Vale —dice, a nadie—. Vale. No pasa nada. Es lo mismo. Lo vemos desde fuera.

Saca la silla de ruedas marcha atrás hasta el pasillo. El viejo sigue con la mano levantada, mirando la cerradura, hasta que deja de verla.

La puerta se cierra.

Tres vueltas.

Después, en el cristal redondo de la mirilla, una cara. La suya. Pálida, mirándome.

Detrás de él, en el pasillo, el viejo dice algo que no entiendo.

No son las siete. Todavía no ha sonado la campana. Pero la puerta está cerrada, y él tiene la llave, y aquí dentro no hay ninguna manilla, ni ningún agujero, ni ninguna rendija por donde entre el ruido de un tren.

Me llevo la mano al tobillo.