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Jimena estaba de pie en el garaje de la Jefatura, junto a su coche, con la mochila en el hombro y la caja con el cilindro bajo el brazo, cuando colgó a Lidia.
Arriba, en la quinta planta, la esperaba un subinspector de la Brigada con un acta de entrega preparada y la orden de recogerle todo. Si subía, firmaba y bajaba, estaría fuera de la Jefatura a las siete, apartada, sin caso, con un expediente abierto. Si no subía, el expediente sería peor.
Dejó la caja en el maletero y buscó en el móvil un número que llevaba tres años sin marcar.
El inspector jefe Andrés Molina había sido su primer jefe en Algeciras. El que le enseñó a hacer copia de todo después de que un atestado suyo desapareciera de una mesa. Hacía tres años que estaba en Asuntos Internos. Le habían dicho que no hablaba con nadie fuera de su unidad.
Contestó al segundo tono.
—Saiz. Cuánto tiempo.
—Necesito cinco minutos y que me creas en los cuatro primeros.
Se los dio. Jimena habló deprisa, en orden, como un atestado: el libro de custodia de 2020, la luz rasante, el nombre debajo de la raya.
El cuaderno de un centro de día. El aviso de un guarda en 2020 que nunca se tramitó y que había recibido Ruano cuatro veces.
Una orden de servicio firmada esa tarde por el mismo Ruano apartándola del caso una hora antes de que hubiera un sitio.
Un aviso al 091 de las seis y doce con una dirección concreta, en la cola de la Brigada. Una chica que se moría a las siete.
—Te mando las fotos ahora —dijo—. El libro original está en Canillas, en el archivo de la Científica, con un subinspector que se llama Benito y que no lo va a soltar.
Y en Getafe, en el cuarto piso de un bloque de ladrillo junto a la estación, hay una mujer que se llama Amparo Montes y que tiene en la mano un disco duro con siete vídeos de su hija.
No se lo va a dar a nadie que trabaje para Ruano. A ti sí.
Molina no dijo nada durante unos segundos. Jimena oyó un bolígrafo.
—¿Tú dónde estás?
—En el garaje. Me esperan arriba para que entregue la diligencia.
—Pues que esperen.
* * *
Las fotos subieron despacio, una por una: el libro con luz normal, con luz rasante, con la regla al lado. El cuaderno de Rosi. La hoja del centro de día. El acta de efectos con la letra cuidadosa del agente de patrulla. Un fotograma del vídeo del día siete con la mano de Noa.
A las siete menos veinte, Molina volvió a llamar.
—Te digo lo que es mío y lo que no. —Hablaba más deprisa que antes—.
Lo mío: esta unidad abre diligencias sobre el comisario Ruano desde ahora.
Tengo a un agente de camino a Getafe para recoger a la señora Montes y su disco, con acta y con su procedencia anotada, y a otro camino de Canillas para que ese libro quede bajo nuestra custodia hasta que lo vea un perito.
Tus fotos son copias de trabajo; el que vale es el original.
Lo que no es mío: el aviso de Villaverde.
Eso no lo puedo mover yo. He llamado al jefe superior y le he contado lo que me has mandado, y ha sido él quien ha ordenado que ese aviso salga de la cola de la Brigada y se despache ya.
Van dos patrullas de zona. El GEO tardará.
No te voy a mentir: no llegan antes de las siete.
—Ya lo sé.
—Saiz. Tu orden de servicio sigue en vigor.
Hasta que alguien la revoque, y eso no va a pasar esta tarde, estás fuera del caso.
Sigues siendo policía: si ves a alguien en peligro, actúas, como cualquier policía.
Lo que no puedes es seguir investigando lo que te han quitado, ni desobedecer otra vez, ni usar lo que no te corresponde. Y eso es lo que te va a costar.
—Ya lo sé.
—Vale. —Una pausa—. Ten cuidado.
* * *
Jimena subió al coche.
Arriba, en la quinta planta, el subinspector de la Brigada seguiría esperándola con su acta. Ruano estaría en su despacho, con la persiana bajada. Jimena se preguntó si ya lo sabía.
Arrancó. Puso la sirena portátil en el techo por la ventanilla, aunque sabía que no tenía derecho a usarla, y salió del garaje de la Jefatura a las siete menos cuarto.
En el semáforo de la primera esquina le vibró el móvil. Era el agente de custodia de Getafe, el que había llamado a la una y veinte. Hablaba bajo, como quien no sabe si debería estar llamando.
—Inspectora, perdone. Ya sé que le han quitado el caso. Pero es que ha vuelto a llegar algo al móvil de la detenida. Del mismo número de los vídeos. Hace un minuto.
—Léamelo.
—Ven a mirar. Y debajo una ubicación. Calle del Hielo, Villaverde Bajo.
Jimena pisó el acelerador.