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El Ibiza de Amparo olía a ambientador de vainilla y a cola de empapelar, y tenía un rosario colgado del retrovisor que se balanceaba en cada curva.
Marcó el número de Jimena por cuarta vez.
Esta vez contestó.
—No puedo hablar contigo. —La voz de Jimena sonaba hueca, como en un garaje—. Estoy en la Jefatura. Me están esperando arriba para que entregue todo.
—La tengo. —Lidia frenó en seco detrás de un autobús—.
La fábrica de hielo vieja de Villaverde Bajo.
Calle del Hielo, al final, junto a las vías.
En 2020 un guarda vio la furgoneta de Senra allí tres noches seguidas, y se lo contó a Amparo, y Amparo se lo contó cuatro veces a Ruano, y Ruano lo apuntó en una libreta y dijo que lo había comprobado.
Silencio al otro lado.
—La campana es de la parroquia que hay al otro lado de las vías —siguió Lidia—. En 2020 la misa era a las ocho. Desde 2021 es a las siete. Lo dice la hoja parroquial. Y el tren es el tren. Jimena. Es allí.
—¿Has llamado al 091?
—A las seis y doce. Me pasaron con la unidad correspondiente.
Jimena soltó el aire despacio. Las dos sabían cuál era la unidad correspondiente.
—Escúchame —dijo Lidia—. Amparo tiene el disco.
La copia de mi madre, la que no sabía nadie.
Los siete vídeos de Beatriz, con el audio, con todo.
Se lo he dejado a ella porque es la única persona que conozco a la que Ruano no puede quitarle nada.
Tú tienes las fotos del libro de custodia. Lleváoslo a alguien que no sea él.
—Asuntos Internos.
—A quien sea. Pero no a él.
* * *
El autobús arrancó. Lidia se metió por el arcén para tomar la salida, entre bocinazos.
—Lidia. —La voz de Jimena había cambiado—. No entres sola. Te lo digo en serio. Espera a que llegue alguien.
—¿Quién va a llegar?
Jimena no contestó a eso.
La conversación duraba lo que tardaba en moverse la fila de coches: un metro, otro, una parada. Lidia miró el reloj del salpicadero.
—Son las seis y media —dijo—. Ha adelantado la hora por mi culpa. Porque la chica intentó escaparse. Porque yo iba demasiado deprisa, y él me lee la libreta. Si espero a que llegue alguien, llegará alguien a las siete y cinco, y mirará por una puerta.
Pasó por debajo de un puente de hierro. Al otro lado empezaban las naves, los descampados, las vallas de malla con plásticos enganchados. Y, a lo lejos, las catenarias de las vías como un tendido de cuerdas.
—Tengo que colgar —dijo Jimena—. Lidia…
—Ya lo sé.
Colgó.
* * *
La calle del Hielo era una calle que se iba deshaciendo. Primero asfalto, con unos cuantos bloques de pisos bajos y un bar con la persiana a medias. Después asfalto roto, con hierbas en las grietas. Después tierra.
Al final, donde se acababa la tierra, había una valla alta de chapa ondulada, pintarrajeada, con un portón de dos hojas cerrado con una cadena.
Detrás de la valla se veía un edificio largo de ladrillo con un tejado de cristales rotos, y una chimenea, y unas letras de hierro oxidadas en la fachada a las que les faltaban la mitad: F brICA DE H ELO.
Detrás del edificio, más vallas. Y detrás de las vallas, las vías. Y al otro lado de las vías, por encima de unos bloques, una torre pequeña de ladrillo con una campana.
Lidia apagó el motor cincuenta metros antes y se quedó mirando.
No vio el coche gris por ninguna parte. El portón estaba cerrado con su cadena. Desde la calle no se veía ninguna luz. Pero la cadena del portón era nueva: brillante, sin óxido, con un candado de latón que no tenía más de un mes.
Rodeó la valla a pie, por un camino de tierra lleno de charcos, con las botas sin cordones hundiéndose en el barro.
En la parte de atrás, entre la valla y el talud de las vías, había un hueco de servicio.
Y en el hueco, aparcado de morro contra la chapa, un coche gris con los cristales empañados por dentro.
Lidia se acercó. El coche estaba vacío. En el asiento de atrás, una manta azul arrugada, de las que pican. En el suelo, un blíster de pastillas vacío.
Junto al coche, en la valla, había una puerta pequeña de chapa. Estaba entornada.
Eran las siete menos dieciocho. Lidia miró la torre de ladrillo al otro lado de las vías. Dieciocho minutos.
Empujó la puerta.