Día siete 43
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El ordenador de Amparo tardó cuatro minutos en reconocer el disco. Lidia los contó en el reloj de la esquina de la pantalla, con las manos apoyadas en la mesa para que no le temblaran.

Giró el monitor hacia ella, de lado, de forma que Amparo, sentada a su izquierda, solo viera el canto de plástico. Se puso un auricular y le dio el otro a Amparo. El cable no daba más.

Abrió el tercer vídeo. El de la campana más clara.

Primero el zumbido del tubo. Después, lejos, una campanada sola, apagada, como si llegara a través de algo. Después, la voz.

Hoy es el día tres.

Amparo cerró los ojos y se tapó la boca con las dos manos.

Lidia no la miró. Paró el vídeo y volvió atrás. La campanada. Otra vez. Y otra. Con el volumen al máximo, con los ojos cerrados también ella.

Después abrió el navegador en el ordenador de Amparo y buscó la parroquia de Villaverde Bajo que estaba frente a las vías, al final de la calle del Hielo.

Tenía una página pobre, de las que hacen los voluntarios: fotos de una primera comunión, un horario de misas, un enlace a la hoja parroquial en PDF.

Horario actual de misas de diario, invierno: diecinueve horas.

Buscó en el archivo de hojas parroquiales. Noviembre de 2020. La tercera semana. Abrió el PDF con dedos torpes.

Misas de diario: 20:00 h. A partir del 1 de enero, la misa vespertina pasa a las 19:00 h por acuerdo del consejo parroquial.

En 2020, la iglesia llamaba a misa a las ocho. A las ocho, Hugo Senra grababa. La campanada estaba en los vídeos porque sonaba a la hora de grabar.

Y ahora sonaba a las siete. Ahora es a las 19:00, con la campana.

La campana que Noa oía cada tarde desde el sábado.

* * *

No era una prueba. Lidia lo sabía mejor que nadie.

Una campana que suena a una hora en una parroquia del sur de Madrid no señala un lugar; hay decenas.

Un tren de cercanías tampoco. Un guarda muerto que vio una furgoneta hace seis años, tampoco.

Los sesenta y cinco metros de precisión del iPhone de Hugo tampoco, por sí solos.

Pero las cuatro cosas juntas, sí. El tren que se oía en todos los vídeos y la vía que pasaba por detrás de la fábrica.

La campana de las ocho en 2020 y la parroquia al otro lado de esa vía.

La furgoneta del cerrajero tres noches seguidas en la parte de atrás.

Y un taller en Getafe a quince minutos de allí, de donde salía cada tarde un teléfono que no sabía dónde estaba cuando grababa.

Dentro de una cámara de acero no entra ninguna señal: el iPhone de Hugo no apuntaba dónde grababa, sino el último sitio donde la había tenido.

El taller. Por eso el círculo de sesenta y cinco metros caía allí.

Una fábrica de hielo. Cámaras frigoríficas. Puertas de acero que no dejan pasar la cobertura. Paredes de azulejo blanco. Un frío que no viene de ninguna máquina, porque las máquinas llevan veinte años paradas, pero que se queda en las paredes.

Eran las seis y diez.

* * *

Llamó a Jimena desde el móvil de Remedios. Sonó cinco veces. Saltó el buzón.

Volvió a llamar. Buzón.

Le escribió un mensaje: Fábrica de hielo vieja, calle del Hielo, Villaverde Bajo, al final, junto a las vías. Voy para allá. L. Lo mandó. Una marca. No dos.

Jimena estaría en la Jefatura, entregando la diligencia, el cilindro y los discos a la gente de Ruano. Con el móvil en el bolsillo y la orden de no hablar con ella.

Lidia pensó en llamar al 091. Pensó en lo que diría: soy Lidia Camps, la investigada del caso Esteve, la que tenía la llave de la víctima, la que recibe los vídeos del secuestrador.

El secuestrador es el sobrino desaparecido.

Está en una fábrica abandonada. Me lo ha dicho la madre de una chica muerta hace seis años, que se lo oyó a un guarda que también está muerto.

Pensó en cuánto tardaría eso en llegar a la mesa de Ruano y lo que Ruano haría con ello.

Llamó igual. Dio la dirección. Dijo que había una mujer secuestrada dentro y que su vida corría peligro. La operadora le pidió su nombre. Lo dio. Hubo una pausa muy pequeña al otro lado, la de alguien que lee una pantalla.

—Le pasamos el aviso a la unidad correspondiente, señora.

La unidad correspondiente era la Brigada.

Colgó.

* * *

Amparo estaba de pie junto a la puerta del cuarto, con el abrigo ya puesto.

—Voy contigo.

—No.

—Es mi hija.

—Su hija no está allí. Está una chica que se llama Noa y que todavía puede salir. —Lidia sacó el disco del ordenador y se lo metió en el bolsillo—. Y alguien tiene que quedarse con esto si a mí me pasa algo. Usted. Que no se lo dé a nadie que trabaje para Ruano. A nadie.

Le puso el disco en la mano. Amparo lo miró como si le hubieran dado algo vivo.

—Llévate mi coche —dijo—. Es un Ibiza rojo, está en la calle de abajo. Las llaves están colgadas detrás de la puerta.

Lidia las tomó.

En el rellano se volvió. Amparo seguía en el umbral, con el disco apretado contra el pecho, entre los carteles caídos de su hija.

—Escúchame tú ahora —le dijo Amparo—. Esa chica. Sácala.

Lidia bajó la escalera corriendo.

Eran las seis y cuarto. Quedaban cuarenta y cinco minutos.