Día siete 42
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Subió los cuatro pisos de dos en dos y llamó. Esta vez no fue una vez. Fueron tres, seguidas.

Amparo abrió sin el rodillo. Tenía los ojos hinchados de no haber dormido y llevaba la misma ropa que el día anterior. Miró a Lidia de arriba abajo: el anorak sucio, el pelo sin peinar, la cara de calabozo.

—Usted otra vez.

—Yo otra vez. —Lidia no esperó a que la dejara pasar—. Ayer le mentí. Le pregunté por un sitio y usted me preguntó si sabía algo de su hija y le dije que no. Era mentira.

Amparo no se movió.

—Sé algo de su hija. Tengo siete vídeos de ella.

De noviembre de 2020. Uno por día, durante siete días.

Están en un disco que llevo en el bolsillo.

Los grabó Hugo Senra con su teléfono, en una sala de azulejos blancos, con una cadena en el tobillo.

En el último… —Le falló la voz y la dejó fallar—.

En el último dice que es el día siete. Después no hay más.

Amparo se agarró al marco de la puerta, como la noche anterior con Jimena. Pero esta vez no se quedó quieta. Le temblaba todo el cuerpo, de abajo arriba, como si el suelo se moviera.

—Hay otra chica en esa sala ahora mismo —siguió Lidia—.

Se llama Noa. Tiene veinticuatro años. Le queda poco más de una hora.

Y no la tiene Hugo Senra. La tiene su sobrino.

Que me ha estado usando desde el miércoles para mirar, como usaron a su hija para…

—Se calló—. No sé dónde está. Usted sí lo sabe. Lo sabe desde 2020.

* * *

Amparo la hizo pasar. Fue hasta la mesa del comedor, apartó con el brazo la pila de carteles, que cayeron al suelo, y se sentó. Lidia se sentó enfrente.

—Fui cuatro veces —dijo Amparo. La voz le salía áspera—. Ya se lo dije a la inspectora. Lo que no le dije a nadie es qué fui a contar.

Lidia esperó.

—Mi Beatriz desapareció un viernes. El martes siguiente vino a verme un hombre.

Felipe, se llamaba. Había sido guarda nocturno en la fábrica de hielo vieja de Villaverde, la que está pegada a las vías, cuando todavía funcionaba.

Ya estaba cerrada, pero él seguía viviendo enfrente y paseaba al perro por allí de noche, por costumbre.

Había visto el cartel de mi hija en el barrio.

—Amparo tragó—. Me dijo que tres noches seguidas había visto una furgoneta blanca aparcada en la parte de atrás de la fábrica.

Con una pegatina de una llave en la puerta.

Que le había extrañado porque allí no entraba nadie desde hacía años.

Y que la tercera noche, al pasar, le pareció oír algo. Dentro. No supo decir qué.

—Una cerrajería.

—Una furgoneta de cerrajero. —Amparo asintió—.

Fui a la comisaría al día siguiente. Me bajó a buscar ese hombre del abrigo bueno.

Ruano. Le conté lo de Felipe. Lo apuntó en su libreta, muy serio.

Me dijo que lo iban a comprobar. Volví a los cuatro días y me dijo que ya lo habían comprobado, que allí no había nada, que no me preocupara.

Volví otra vez cuando detuvieron a Senra, porque Senra era cerrajero, y le dije: ¿no lo ve?

La furgoneta. Y me dijo que era una coincidencia, que en Madrid hay cientos de furgonetas de cerrajero.

La cuarta vez, cuando soltaron a Senra, ni me bajó a buscar.

Me dijo el de la ventanilla que el comisario estaba ocupado.

—¿Y Felipe?

—Felipe se murió en 2022. De un infarto.

Nunca le tomaron declaración. Nadie fue nunca a esa fábrica.

—Amparo levantó la vista—. Yo sí fui. Una vez, en 2021, sola.

Estaba todo cerrado con cadenas. Di la vuelta entera y me volví a casa.

No me atreví a saltar la valla. —Se le rompió la voz por primera vez—.

No me atreví. Estaba ahí y no me atreví.

* * *

Lidia alargó la mano por encima de la mesa y la puso sobre la de Amparo. Amparo no la apartó.

—¿Dónde está exactamente?

—Calle del Hielo, en Villaverde Bajo. No tiene número. Al final, donde se acaba el asfalto y empieza la valla de las vías. Hay una parroquia enfrente, al otro lado de las vías, con una torre pequeña de ladrillo.

Una torre pequeña de ladrillo. Una campana.

—Señora Montes…

—Amparo.

—Amparo. Necesito su ordenador. El de los carteles. Necesito escuchar una cosa en ese disco antes de ir, para estar segura. Si me equivoco de sitio, no hay otro intento.

Amparo miró el bolsillo del anorak de Lidia, donde se marcaba la forma del disco en su bolsa de plástico.

—Están ahí dentro —dijo—. Los siete.

—Sí.

—Quiero verlos.

Lidia no apartó la mirada.

—No hoy. Se lo prometo por lo que quiera. Se los daré enteros, todos, cuando esto termine, y estaré a su lado cuando los vea, si me deja. Pero no hoy. Hoy solo voy a escuchar el sonido, con la pantalla vuelta hacia mí. Y usted va a estar aquí, a mi lado, y si quiere oír su voz, la va a oír.

Amparo se quedó mirándola mucho rato.

Después se levantó, fue hasta el cuarto del fondo y encendió un ordenador viejo, de torre, con la carcasa amarillenta y una impresora encima.

—Nadie me escuchó —dijo, de espaldas, mientras la máquina zumbaba—. En seis años. Nadie.

Se volvió.

—Tú escúchame.