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Jimena encontró a Lidia en el pasillo de traumatología, de pie junto a una ventana, con el móvil de Remedios en una mano y una libreta en la otra. No se saludaron.
—Cuéntamelo todo —dijo Jimena—. Desde el principio. Rápido.
Lidia se lo contó en siete minutos, apoyada en el alféizar, con la voz baja y ordenada de quien da parte.
El hombre de la gorra. Los mensajes del miércoles a medianoche.
El bar. El azulejo con forma de pájaro. La llave debajo de la maceta, ofrecida por él.
El chico pálido en la puerta del garaje, gritando que había llamado a la policía.
El cerrajero en el rellano de su madre. La media luna.
Jimena la escuchó sin apuntar nada. Cuando Lidia terminó, se quedó un momento mirando por la ventana, a los coches del aparcamiento.
—Te creo —dijo—. Y no me sirve de nada.
—Ya lo sé.
—No sabemos dónde está. —Jimena se volvió—. Lo que tenemos es un nombre, un teléfono apagado y un coche gris del que no sé la matrícula. Si mando ahora a buscar a Iván Senra por toda la Comunidad de Madrid, lo encuentran mañana. O pasado. Noa no tiene mañana.
—Necesitamos el sitio.
—Necesitamos el sitio.
Lidia abrió la libreta por la página de las iglesias. Diecinueve nombres, tachados de diez en diez. Jimena le echó un vistazo y no dijo nada, que era peor que decir algo.
—Y tengo otra cosa. —Jimena sacó el móvil, buscó una foto y le dio la vuelta a la pantalla—. Esto es de esta tarde. El libro de custodia original de 2020. Con luz rasante.
Lidia miró la foto. La columna de testigo. La raya gruesa. Y debajo, hundido en el papel, como un fósil, un nombre.
R. Ruano.
No dijo nada. Se quedó mirando la pantalla hasta que Jimena se la quitó de las manos con cuidado.
—Todavía no prueba quién lo tachó —dijo Jimena—. He pedido un peritaje. Pero ahora sabes lo que yo sé.
Lidia asintió. Tenía los ojos secos y una cosa en la garganta que no bajaba.
—Seis años —dijo.
—Ya.
* * *
Jimena se apartó unos metros por el pasillo y llamó a la sala de la Brigada.
Lo hizo como había que hacerlo: identificándose, dando su número, pidiendo que constara.
Comunicó que, en el curso de la diligencia por la desaparición de Noa Esteve, existían indicios que situaban a Iván Senra Galán, sobrino de Hugo Senra, como posible autor.
Pidió que se localizara su vehículo y su teléfono con carácter urgente y que la información se trasladara al comisario.
La pusieron en espera. Música de centralita. Lidia la miraba desde la ventana.
A las cinco y dieciséis, quien se puso al teléfono no fue el oficial de guardia. Fue Ruano.
—Saiz. —La voz era tranquila, como siempre—. ¿Dónde estás?
—En el 12 de Octubre.
—Con Lidia Camps.
No era una pregunta. Jimena no contestó.
—Escúchame bien, porque solo te lo voy a decir una vez.
Esta mañana, el secuestrador de Noa Esteve le mandó a Lidia Camps, a su número personal, el vídeo del día siete.
A ella. A nadie más. Y esta tarde le ha vuelto a escribir.
Esa mujer tenía ayer la llave de la víctima en el bolsillo.
Esta mañana he pedido al juzgado que la cite como investigada, y la jueza lo ha acordado hace veinte minutos.
Hay dos agentes de camino al hospital para notificárselo y llevarla a declarar.
—Comisario, el sobrino…
—El sobrino le ha escrito a ella a las cuatro que su tío, que es nuestro principal sospechoso, ha desaparecido de casa.
Una patrulla ha ido a la casa de los Senra hace media hora y la ha encontrado vacía, con el móvil personal del chico, apagado, en un cajón de la cocina.
Estamos buscando a los dos como desaparecidos.
—Una pausa—. Y tú, Saiz, desde este momento estás fuera del caso.
Te llega la orden de servicio por escrito en cinco minutos.
Desobediencia reiterada: visitaste a una detenida sin autorización, interrogaste al personal de un centro sobre una línea de investigación que te prohibí y accediste al archivo de la Científica sin comunicarlo.
Entregas la diligencia, el cilindro y los discos en la Jefatura antes de las siete.
No hablas con Camps. No hablas con la familia. No hablas con nadie.
—¿Y Noa Esteve?
—Noa Esteve es asunto de la Brigada. Como lo ha sido siempre.
Colgó.
* * *
Jimena se quedó con el móvil en la mano, mirando la pantalla. La orden de servicio entró al correo a las cinco y veinte. La abrió. Su nombre, su número, queda apartada con efectos inmediatos de las diligencias, la firma digital de Ramón Ruano.
Sabía lo que significaba. A partir de ese momento, ningún juzgado aceptaría una petición suya sobre ese caso.
Ninguna unidad le devolvería una llamada sobre Iván Senra.
Su contraseña para la diligencia caducaría en cuanto alguien la diera de baja.
Todo lo que había reunido desde el jueves por la mañana estaba en manos del hombre cuyo nombre había encontrado debajo de una raya.
Lo que no estaba en sus manos estaba en su móvil. Las fotos. El libro. El cuaderno de Rosi. El vídeo del día siete, con el gesto de Noa. Copias de todo. Lo había aprendido en Algeciras.
Volvió a la ventana.
—Hay dos agentes de camino —le dijo a Lidia, sin bajar la voz—. Traen una citación del juzgado, como investigada. No una orden de detención: una citación. Si te encuentran, te llevan a declarar a Getafe y pierdes tres horas en una sala.
Lidia la miró.
—¿Me estás diciendo que me vaya?
—Te estoy diciendo lo que traen. —Jimena se guardó el móvil—. A mí me han apartado del caso hace cuatro minutos. Tengo que entregar todo antes de las siete y no puedo hablar contigo. Así que no estoy hablando contigo.
Por el fondo del pasillo, junto a los ascensores, aparecieron dos uniformes preguntando algo en el mostrador de enfermería.
Lidia cerró la libreta.
Entró en el box un momento. Su madre dormía, con la boca entreabierta y la mano sobre la sábana. Lidia le dio un beso en la frente, muy ligero, para no despertarla. Remedios, sentada en la silla de al lado, le metió en el bolsillo del anorak, sin decir nada, su monedero y el cargador del móvil.
Cuando los dos agentes llegaron a la puerta del box, Lidia ya bajaba por la escalera de incendios.
Jimena los vio pasar por delante de ella. No dijo nada.