50
Cuatro meses después.
Llego a la calle del taller a las once de la mañana, con dos cafés en una bandeja de cartón y un bastón que todavía no sé llevar.
El tobillo me lo operaron dos veces. Tengo tres tornillos dentro, de titanio.
Me hizo gracia cuando me lo dijo el traumatólogo, y él no entendió por qué me reía, y yo tampoco se lo expliqué.
Me queda una cojera que, según quién me lo diga, se me irá o no se me irá.
Los dedos de los pies se salvaron todos.
Las manos, también. En las puntas de los dedos de la izquierda tengo una zona donde no siento bien, como si llevara un guante muy fino.
A veces la busco sin querer, con el pulgar, mientras espero el autobús.
He vuelto a clase. Me faltan dos asignaturas y las prácticas de cuarto. Las prácticas las haré en un hospital. Me pidieron que eligiera servicio y elegí urgencias. Mi madre no entiende por qué. Yo sí.
Al bar no he vuelto. Fermín me llamó en Navidad. Me dijo que el puesto era mío cuando quisiera. Le dije que gracias, que todavía no. Me dijo: «Ya. Lo de siempre, ¿no?», y se le rompió la voz, y colgó antes de que yo pudiera contestar.
* * *
La persiana del taller tiene un cartel de SE TRASPASA medio despegado y un papel oficial con un sello que ya casi no se lee. La puerta del portal de al lado está abierta. Subo despacio, un peldaño y otro, con el bastón y los cafés, y llamo al timbre del primero.
Me abre ella.
Lidia. Con un jersey gordo, sin peinar, con unas gafas de leer en la cabeza que se le han olvidado ahí. Detrás de ella, al fondo del pasillo, una señora mayor con un andador me mira con mucha curiosidad.
—Has venido —dice Lidia.
—Te dije que vendría.
—Me lo dicen muchos.
Me hace pasar. Nos sentamos en la cocina. Su madre se llama Pilar y me pregunta si quiero galletas, y yo le digo que sí aunque no quiero, porque se nota que le hace ilusión. Las galletas son de mantequilla, de las de lata azul.
Le doy un café a Lidia.
—Con leche y sin azúcar —le digo—. Lo de siempre.
Me mira. Le cambia la cara un momento. Luego se ríe. Es la primera vez que la oigo reírse. No sabía que se reía así, tan de golpe, como si se le escapara algo.
* * *
Hablamos poco de aquello. No hace falta. Las dos hemos tenido que contarlo tantas veces, a tanta gente, en tantas salas con mesas atornilladas al suelo, que ya no nos queda nada que decirnos que no sepamos.
Me cuenta que está buscando trabajo. Que no sabe muy bien de qué. Que la han llamado de un despacho de abogados para unas cosas de peritajes, pero que no sabe si quiere. Que tiene un juicio en primavera y que a lo mejor le cae una multa grande, o algo peor, y que lo prefiere así.
Yo le cuento lo de las prácticas. Lo de urgencias.
—¿Por qué urgencias? —me pregunta.
—Porque es donde llega la gente que se está enfriando —le digo—. Y yo sé lo que es eso desde dentro. Sé cuándo hay que dejarlos dormir y cuándo no.
No dice nada. Asiente.
Antes de irme, en la puerta, le enseño una cosa. Me miro la mano derecha, la palma hacia arriba, y con la uña del índice izquierdo me paso por la base del pulgar. Dos veces. Una media luna.
—Lo viste —le digo.
—Lo vio Jimena primero —dice ella—. Yo lo entendí después. Con lo de mi madre.
—Pero lo entendiste.
—Sí.
—Eso es lo que quería. Que alguien lo entendiera. Que no se quedara solo en mi mano.
Lidia me mira la mano un rato largo. Después me la toma, la de la media luna, y la cierra con la suya. No me la aprieta. Solo la cierra.
* * *
Bajo la escalera despacio. El bastón. El pie malo. El bueno. En la calle hace sol, un sol de marzo que todavía no calienta pero ya alumbra.
Espero el autobús en la parada de siempre. Al lado, en la farola, alguien ha pegado un cartel de un concierto en una sala de Lavapiés y otro de una clase de yoga. Nada más.
Me doy cuenta de que no sé qué día es. Martes, creo. O miércoles. Tengo que mirarlo en el móvil para estar segura.
No lo miro.
Durante siete días supe exactamente qué día era. Lo dije en voz alta, cada mañana, delante de una cámara, para que nadie se equivocara. Lo rayé en una pared. Lo conté con trenes.
Hoy no lo sé.
Llega el autobús. Subo, con cuidado, el pie bueno primero. Me siento junto a la ventana.
Hoy no es ningún día. Es solo hoy.