Día siete 27
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Jimena llegó a la comisaría de Getafe a las nueve y veinticinco, sin que nadie la hubiera llamado.

Se había enterado por la radio del coche, de vuelta a casa, por casualidad: un aviso de robo en una vivienda unifamiliar, una detenida, una calle que había leído esa misma tarde en un papel de servicios sociales. Dio la vuelta en la primera rotonda.

En el mostrador le dijeron lo que ya sabía.

Lidia Camps Ortega, detenida a las veinte cuarenta y ocho en el domicilio de Hugo Senra Lozano, por un presunto delito contra la propiedad.

Pendiente de que llegara el abogado de oficio.

Pendiente de que alguien de la Brigada decidiera qué hacer con ella, porque el nombre de Senra había saltado en el sistema y ya había llamado el comisario Ruano para decir que no se moviera nada hasta que llegara él.

—¿Cuándo llega?

—Ha dicho que a las once.

Jimena tenía hora y media. Y una orden de no acercarse a esa mujer.

* * *

Lidia estaba sentada en el banco de cemento del calabozo, sin cordones en las botas, con el anorak abrochado hasta la barbilla. No se levantó cuando la vio.

—No puedo tomarle declaración —dijo Jimena desde el otro lado de los barrotes—. Sin abogado, no. Y no debería estar aquí. Así que no me cuente nada que no quiera ver escrito.

—Hay una llave —dijo Lidia, como si no la hubiera oído—. En el aro que me han quitado. Pone ESTEVE, calle Olvido, catorce, tercero B.

Jimena se quedó quieta.

Era la dirección de Noa. La conocía de memoria; había estado allí esa mañana, delante de una cerradura sin marcas. Y en una bolsa de pruebas, en el maletero de su coche, estaba el cilindro de esa puerta.

—Estaba en un cajón del garaje —siguió Lidia—. Con otras veinte. Y en el cuarto del fondo hay…

—Pare. —Jimena levantó una mano—. No me cuente dónde estaba usted ni cómo entró.

Eso, a su abogado. Lo de la llave ya consta: se lo dijo a la patrulla y lo apuntaron.

Voy a meterlo en mi diligencia como lo que es, una manifestación suya en el acta, y voy a pedir por escrito que comparen esa llave con un cilindro que tengo yo. Nada más.

Lidia asintió despacio.

—Otra cosa. —Lidia se acercó a los barrotes, despacio—. Amparo Montes. La madre de Beatriz. En 2020 fue cuatro veces a comisaría a contar algo. Lo sé porque me lo dijo esta tarde. Yo leí el expediente entero y no hay ni una línea de esas cuatro visitas.

—¿Qué fue a contar?

—No me lo quiso decir. —Lidia bajó la vista—. Le mentí. Me lo merecía.

* * *

Antes de irse, Jimena pidió ver los efectos de la detenida. El agente del mostrador dudó. Ella le enseñó la placa y le dijo que era para la diligencia de la desaparición, que era verdad a medias.

En la bolsa transparente estaba el aro de llaves.

Jimena no lo sacó. Buscó la etiqueta a través del plástico, la encontró y le hizo una foto.

Después otra a la llave, de perfil, con el corte bien visible.

Después otra al acta de efectos, donde el agente mayor de la patrulla había escrito, con una letra mucho más cuidadosa que la del resto del formulario: Según manifiesta la detenida, una de las llaves corresponde al domicilio de Noa Esteve (C/ Olvido, 14, 3.

º B). Se hace constar a petición de la misma. 20:52 h.

Alguien la había escuchado. Por lo menos, alguien había apuntado lo que decía.

Jimena guardó el móvil. Ruano llegaría a las once y la llave quedaría en sus manos. Pero el cilindro de esa puerta estaba en el maletero de su coche, a nombre de la diligencia de la desaparición. No en el de Ruano.

* * *

Amparo Montes le abrió la puerta a las diez y cuarto con las manos manchadas de cola y cara de no esperar a nadie.

—Inspectora Saiz, del Grupo de Desaparecidos.

Amparo miró la placa. Después la miró a ella, de arriba abajo, como se mira a alguien que viene a vender algo.

—Ya vino una de ustedes esta tarde. Bueno. No era de ustedes. Era peor.

—Lo sé. —Jimena no se movió del felpudo—. Le mintió. Me lo ha dicho ella.

Eso hizo que Amparo levantara las cejas. Jimena aprovechó el silencio.

—Yo no le voy a mentir. Y le voy a decir por qué estoy aquí, aunque no debería.

—Respiró—. Hay otra chica, señora Montes.

Tiene veinticuatro años. Desapareció el sábado.

Está encerrada en un sitio con una pared de azulejos blancos, como su hija.

Le queda hasta mañana por la tarde. Y el hombre al que estamos mirando es Hugo Senra.

Amparo se agarró al marco de la puerta.

No lloró. Jimena había visto llorar a muchas madres y supo que esa ya no lloraba, que se le había gastado. Lo que hizo fue peor. Se quedó muy quieta, mirando un punto del rellano, y movió los labios sin voz, como si contara algo.

—Otra —dijo al fin.

—Sí.

—Otra chica. Ahora. —La voz le salió como de muy lejos—. Seis años pegando carteles para que no le pasara a nadie más.

—Necesito saber qué fue a contar en 2020. Las cuatro veces.

Amparo la miró. Por primera vez, la miró como a una persona.

—Fui a la comisaría de Getafe —dijo—. Las cuatro veces me hicieron esperar en un banco y las cuatro veces bajó a buscarme el mismo hombre.

No el de la ventanilla. Uno que no era de allí, que venía de Madrid.

Alto. Con un abrigo bueno, de los caros.

Me hacía pasar a un despacho, me escuchaba muy serio, lo apuntaba todo en una libreta.

Y al final me decía siempre lo mismo. Lo de siempre, señora. Ya la llamaremos.

Jimena sintió que se le enfriaba la nuca.

—¿Recuerda su nombre?

—No me lo dijo nunca. Pero lo vi después, en la tele, en una inauguración de algo. Ahora es comisario. —Amparo apretó los labios—. ¿Quién es su jefe, inspectora?

Jimena no contestó enseguida, y Amparo lo supo antes de oírlo.

—El comisario Ruano.

Amparo asintió despacio, como si confirmara algo que llevaba seis años esperando confirmar.

—Entonces no. —Empezó a cerrar la puerta, sin violencia—. Lo que fui a contar no se lo voy a contar a nadie que tenga que dárselo a él. Ya lo hice cuatro veces.

—Señora Montes, esa chica…

—Ya lo sé. —La puerta se detuvo a un palmo—. Ya lo sé, inspectora. Déjeme pensar. Déjeme pensar esta noche.

La puerta se cerró. Esta vez no se oyó el cerrojo.

Jimena se quedó en el rellano con la mano en la barandilla. Desde dentro llegó un ruido que no era el del rodillo: el de una silla arrastrada, el de alguien que se sienta de golpe en una cocina, sola, con una noticia que no sabe dónde poner.