28
Pilar Camps había llamado a su hija cuatro veces desde las nueve, y las cuatro le había salido la misma voz de mujer diciendo que el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura.
Lidia no apagaba nunca el móvil. Ni en el cine, ni en el médico, ni en el entierro de su padre.
Lo ponía en silencio y lo dejaba boca abajo, pero encendido, por si acaso.
Pilar lo sabía, y por eso a las diez y media seguía sentada en la cocina con la bata puesta, la tele sin voz y el teléfono fijo al lado de la mano.
Abajo, el taller estaba a oscuras. Había bajado a mirar a las nueve y media, agarrada a la barandilla que su hija no atornillaba nunca. La persiana echada, el cartel de CERRADO colgado, el ordenador apagado. La manta de la noche anterior doblada en la silla.
Cuando sonó el timbre de la puerta, pensó que era Lidia, que se había dejado las llaves. Pero Lidia no se dejaba las llaves nunca.
* * *
Por la mirilla vio a un chico joven con una cazadora de trabajo y una caja de herramientas en la mano. Media hora antes, desde la ventana de la cocina, había visto aparcar en la acera una furgoneta blanca con la puerta lateral abierta.
La furgoneta la conocía. La veía casi todas las semanas aparcada en la calle, delante de un portal o de otro, con una pegatina de una llave dibujada en la puerta.
El cerrajero del barrio. El que le había cambiado la cerradura a la señora Remedios cuando le entraron a robar, el que había abierto el trastero del tercero sin romperlo.
Pilar nunca había hablado con él. Sabía que existía, como se sabe que existe el cartero.
Abrió la puerta sin quitar la cadena.
—Buenas noches, señora. Perdone la hora. —Tenía una voz suave, educada, de chico bien criado—. Vengo de parte de su hija. De Lidia.
—¿Qué le ha pasado?
—Nada grave, no se asuste. Está en comisaría, en Getafe.
Un malentendido con un cliente, una tontería, mañana por la mañana la sueltan.
Me ha llamado desde allí. —Bajó un poco la voz—.
Me ha pedido que le cambie la cerradura de la puerta esta noche.
Que se le ha perdido un juego de llaves con las del taller y no quiere que usted duerma con la puerta así.
Pilar no quitó la cadena.
—¿Y por qué no me ha llamado a mí?
—Solo les dejan hacer una llamada, señora. Me ha llamado a mí porque soy el que podía venir. —Sonrió un poco, como disculpándose—. Si quiere, llame a la comisaría de Getafe y pregunte. Lidia Camps. Le dirán que está allí.
Pilar lo miró a través de la rendija. No tenía cara de mentir.
Tenía cara de chico cansado, de los que trabajan a deshoras porque no les queda otra.
Y la cerradura de la puerta se atascaba desde hacía un mes; ella misma se lo había dicho a Lidia la noche anterior.
Mañana la miro yo, había dicho Lidia. Lidia decía siempre que mañana.
Cerró la puerta, fue hasta el teléfono fijo y buscó en la guía el número de la comisaría de Getafe.
El chico esperó fuera sin protestar. Pilar marcó, preguntó por su hija con la voz más firme que pudo, y un agente con prisa le confirmó que sí, que Lidia Camps Ortega estaba allí, que no le podía dar más información y que llamara por la mañana.
Pilar colgó. Se quedó un momento con la mano en el auricular.
Después volvió a la puerta y quitó la cadena.
* * *
El chico trabajó de rodillas en el rellano, con una linterna pequeña sujeta entre los dientes.
Para desmontar el bombín se quitó los guantes y los dejó doblados encima de la caja de herramientas, uno sobre otro, muy ordenados.
Tenía las manos rápidas y limpias. En la base del pulgar derecho, Pilar le vio una cicatriz blanca, gruesa, como las que tenía su marido en los dedos de toda una vida abriendo latas de conserva en la fábrica.
Manos de oficio. A Pilar le gustaban las manos de oficio.
Olía a aceite. No de cocina: un aceite fino, de máquina, que se le quedó en la nariz.
—¿Quiere un café?
—No, gracias, señora. Enseguida termino.
Cuando terminó, entró a probar la cerradura desde dentro, abriendo y cerrando, y mientras lo hacía se quedó mirando el estante del recibidor.
Ahí estaban las fotos de siempre: Pilar y su marido el día de la boda; Lidia con ocho años, en el salón, mirando por un microscopio de juguete que le habían traído los Reyes, con la lengua fuera de concentración.
El chico se quedó mirando esa foto más de lo normal.
—Es ella, ¿verdad? —dijo.
—Con ocho años. Ya entonces lo miraba todo. —Pilar se rio un poco, por los nervios—. Y lo copiaba todo. Los apuntes de las amigas, los dibujos de los libros. Ahora lo mismo, con los teléfonos. Lo copia todo.
—¿Los teléfonos?
Lo preguntó con naturalidad, mientras guardaba el destornillador. Pilar sintió algo, una cosa pequeña, como cuando se pisa un escalón que no está.
—Cosas del trabajo —dijo—. Ella sabrá. Yo de eso no entiendo.
No le habló de la caja de zapatos del armario del pasillo. No supo por qué. Simplemente no lo hizo.
* * *
El chico sacó del bolsillo una bolsita de plástico con cinco llaves nuevas, doradas, brillantes. Le dio tres a Pilar, una detrás de otra, en la palma de la mano.
—Estas tres son para usted. Las otras dos se las llevo mañana a su hija, a la comisaría, que me lo ha pedido ella. Así tiene las suyas en cuanto salga.
Pilar cerró la mano sobre las tres llaves. Tenía sentido. Lidia lo había mandado.
—¿Cuánto le debo?
—Nada, señora. Ya lo arreglo con Lidia.
Se puso los guantes, recogió la caja, le deseó buenas noches. Pilar cerró con llave, dos vueltas, y escuchó cómo arrancaba la furgoneta.
Después fue hasta la ventana de la cocina y la vio alejarse calle abajo, despacio, sin prisa, hasta que dobló la esquina.
Se quedó un rato allí, con las tres llaves en la mano. Pensaba en lo bien educado que era aquel chico, y en que mañana se lo contaría a Lidia. Y en el escalón que no estaba.