Día siete 26
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La bolsa de agua caliente lleva horas fría.

La sigo teniendo contra el pecho, debajo de la sudadera, porque durante un rato fue lo único caliente del mundo.

He contado los trenes. Han pasado muchos.

Ya no sé cuántos. En algún momento me he dormido sin querer, sentada, y me ha despertado mi propia cabeza al caer hacia un lado.

Me he puesto de pie tan deprisa que he tenido que apoyarme en la pared.

No vuelvo a dormirme. No vuelvo a dormirme.

Las manos me funcionan mejor que esta mañana.

No bien: mejor. El calor de mediodía les devolvió algo, y desde entonces no he dejado de moverlas para no perderlo.

Si me aprieto la yema de un dedo, la mancha blanca se vuelve rosa en lugar de quedarse blanca.

Lo hago tres veces, en tres dedos distintos, como en las prácticas. Relleno capilar. Lento, pero está.

Es ahora o no es.

* * *

Saco la horquilla.

Llevo cinco noches rascando la junta alrededor de la argolla.

Ya no queda masilla en la parte de abajo de la placa: queda un surco negro, y detrás, la pared de verdad, que no es de piedra ni de ladrillo, sino de una cosa gris y blanda, como yeso viejo que se ha mojado muchas veces.

El tornillo de abajo a la derecha es el que más se mueve.

Lo he sentido ceder un poco cada noche, nada, un pelo, lo que se mueve un diente de leche antes de caerse.

Meto la punta de la horquilla por el surco, detrás de la cabeza del tornillo, y hago palanca. Despacio. Si la horquilla se parte, no tengo otra.

Uno. Dos. Tres.

Descanso. Me meto las manos debajo de los brazos. Cuento hasta cien.

Otra vez.

Al cabo de un rato ya no siento los dedos y sigo igual, porque no hace falta sentirlos: sé dónde están, los veo. La horquilla se dobla. La enderezo contra el suelo con la palma de la mano. Me sangra un nudillo y no me duele, y eso es lo que más miedo me da, que no me duela.

Entonces el tornillo se mueve.

No gira: sale. Muy poco, un milímetro, rodeado de polvo gris. El taco de plástico que lo sujetaba se ha deshecho por dentro de la pared húmeda y ya no agarra nada. Lo sujeto por la cabeza con dos uñas y tiro. Se resiste. Tiro otra vez, apretando los dientes para que no me suene la mandíbula.

Sale entero.

Es largo. Más que mi dedo índice. Gris, con la rosca llena de yeso y la punta afilada.

* * *

Lo miro en la palma de la mano como si fuera un anillo.

La placa de la argolla ya no está igual.

Cuando tiro de la cadena con cuidado, la placa se mueve.

Muy poco, apenas nada, pero se mueve: antes era como tirar de la pared, y ahora es como tirar de algo que está clavado en la pared.

Quedan tres tornillos. Están más arriba, donde la pared parece seca, y no se mueven nada.

Este me ha costado cinco noches. No tengo cinco noches.

Y tengo esto.

No sé si podría hacer daño con un tornillo.

Nunca le he hecho daño a nadie. He puesto inyecciones a naranjas y a un muñeco de goma, y una vez a una compañera de prácticas que se reía porque le temblaba la mano.

Sé dónde hay que pinchar para que no duela.

Supongo que también sé dónde hay que pinchar para que duela.

Mezclo el polvo gris con un poco de agua de la botella, en el hueco de la mano, y hago una pasta. La meto en el agujero del tornillo con la uña, la aliso, le echo suciedad del suelo por encima. Desde lejos, desde donde él se pone siempre a grabar, no se ve. Eso espero.

Después me tumbo de cara a la pared, con la bolsa contra el pecho, y escondo el tornillo debajo de la manta, entre los dedos, con la punta hacia fuera.