Día siete 22
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En el comedor hay once mesas y una televisión colgada de la pared, muy alta, donde nadie la puede tocar.

Él se sienta siempre en la misma silla, la de la esquina, de espaldas a la ventana. Lo sabe porque tiene su nombre pegado en el respaldo con cinta adhesiva: HUGO. Las letras las ha escrito otra persona. Todo lo escribe otra persona.

La cena es puré y una tortilla francesa cortada en cuadraditos, como para un niño.

La chica de la bata verde, la que se llama Rosi, le pone la cuchara en la mano y le cierra los dedos alrededor.

Él sabe usar una cuchara. Sabe usar una lima de cola de rata, un calibre, una máquina de copiar llaves de las antiguas, de las que hay que guiar a pulso. No se lo dice. Ya no dice muchas cosas.

En la televisión hablan dos personas detrás de una mesa. Hablan deprisa. Luego aparece una cara.

Una chica. Joven. Pelo oscuro, la cara redonda, riéndose con la boca abierta. Lleva un gorro rojo con una bola blanca. Debajo hay letras que se mueven y él no alcanza a leer porque se mueven demasiado. Pero oye una palabra. Desaparecida.

La cuchara se le cae en el puré.

No es ella. Lo sabe antes de pensarlo, con el estómago. La chica de la sala blanca era rubia, con el pelo rizado pegado a la cara, y no se reía nunca. Esta se ríe. Esta es otra.

Se pone de pie. La silla hace un ruido largo contra el suelo y las once mesas se vuelven a mirarlo.

—Esta no —dice. La voz le sale ronca, de no usarla—. Esta vez no fui yo.

—Hugo, cariño, siéntate. —Rosi le pone una mano en el hombro—. Que se te enfría la cena.

—Esta vez no fui yo.

Lo dice más alto. Necesita que alguien lo oiga. No sabe por qué lo necesita, pero es como una sed. Las palabras le pesan en la boca: esta vez. Hay otra vez. Él lo sabe. Lo sabe como sabe que a las ocho le pican las manos.

En la pantalla ya no está la chica. Ahora sale un coche, una carretera, un hombre con corbata.

* * *

La chica tiene frío. Esta también. Todas tienen frío en esas salas.

Se suelta de la mano de Rosi y cruza el comedor. Sabe adónde va. Al fondo, junto a la puerta de la cocina, hay un armario alto de chapa gris donde guardan las mantas de la siesta. Tiene un candado pequeño, nuevo, dorado. No es el primero. Antes hubo otros.

No necesita la llave.

Busca en el bolsillo del pantalón y encuentra lo que siempre encuentra en algún bolsillo: un clip, una horquilla, una púa de peine.

Hoy es un clip. Lo endereza con los dedos, le dobla la punta contra el canto del armario.

Mete la punta en el candado. Las manos escuchan.

Una. Dos. El candado se abre con un ruido de juguete.

Saca una manta. Es azul, de las que pican. Se la pone sobre el brazo, como un camarero con una servilleta, y echa a andar hacia la puerta de la calle.

—Hay que llevársela —le dice al que se cruza—. Hay que llevársela, que tiene frío.

* * *

Rosi lo alcanza en el vestíbulo. No le grita. Nunca le grita. Le quita la manta del brazo con mucho cuidado, como se le quita algo a un niño dormido, y lo lleva otra vez hacia el comedor, despacio, hablándole de cosas que él no escucha.

Detrás, una chica nueva, con la bata todavía sin arrugas, ha visto lo del armario.

—¿Ha abierto el candado con un clip?

—Es el mago de las cerraduras. —Rosi se ríe, pero no del todo—. Era cerrajero. Llevamos tres candados este año. Las manos se le acuerdan de todo, la cabeza ya no.

—¿Y a quién llamas cuando se pone así?

—Al sobrino. Viene a por él a las nueve los jueves. A veces antes, cuando tiene médicos, se lo lleva a media tarde. Un chico majísimo. Si sigue así de alterado, lo llamo.

Rosi lo sienta en su silla, la de su nombre.

Le limpia la cuchara. Después va hasta el mostrador del fondo, abre un cuaderno de tapas azules y escribe algo con su letra redonda.

Él la ve escribir desde lejos. No sabe qué escribe.

Sabe que escribe sobre él, porque de vez en cuando levanta la vista y lo mira.

—Esta vez no fui yo —le dice a la tortilla, a los cuadraditos amarillos, a nadie.

Nadie le hace caso.