21
El despacho de Ruano estaba en la quinta planta, al final de un pasillo con moqueta, y olía a café de cápsula y a ambientador de pino.
Jimena llevaba dos carpetas. En la primera, todo lo que había reunido desde las siete y cuarenta de la mañana: el móvil del taller en su bolsa, la denuncia de Fermín Gallardo, la llamada a Cuenca, el cilindro de la cerradura, el abrigo en el perchero.
En la segunda, una sola hoja que había llegado de la operadora a las seis menos cuarto, con un sello de urgente que, por una vez, había servido de algo.
El iPhone que Lidia Camps había llevado al mostrador el miércoles tenía una línea de contrato. El titular de la línea era Hugo Senra Lozano.
Jimena se había pasado diez minutos mirando ese nombre en el ordenador antes de subir.
En la academia de Ávila le habían enseñado el caso Montes como ejemplo de lo que no se hace.
No le habían dicho el nombre del sospechoso porque daba igual: lo importante era la muestra abierta sin testigo.
Ahora el nombre del sospechoso estaba en un papel suyo, y la mujer que abrió la muestra había llegado al mostrador con el teléfono de ese hombre en la mano.
Lidia Camps sabía más de lo que le había contado. Mucho más. Y Jimena no sabía todavía si eso la convertía en una testigo, en una sospechosa o en la única persona que estaba haciendo algo.
* * *
Ruano la escuchó entero, sin interrumpirla, con las manos juntas sobre la mesa. Cuando terminó, abrió la segunda carpeta y se quedó mirando la hoja de la operadora.
—Hugo Senra —dijo—. Mira por dónde.
—Tiene cincuenta y ocho años. He mirado en servicios sociales: tiene reconocida una dependencia de grado dos desde 2024 y va a un centro de día en Getafe. Alzhéimer. No sé si puede…
—Lo que puede o no puede hacer ese hombre lo decidiremos cuando lo tengamos delante. —Ruano cerró la carpeta—. En 2020 se nos escapó por un error de laboratorio. No va a escaparse dos veces.
—Con todos los respetos, comisario, la línea a su nombre no significa…
—Significa que es el titular del teléfono donde están los vídeos.
Que es el principal sospechoso de un caso idéntico.
Y que vive a veinte minutos del piso de la chica.
—Ruano se echó hacia atrás en la silla—.
A partir de ahora, lo de Senra lo llevo yo.
Personalmente. La investigación sobre él, las peticiones al juzgado, el registro de la casa cuando toque.
Jimena esperó a ver qué le quedaba a ella.
—Tú sigues con la desaparición —dijo él, como si le hubiera leído el pensamiento—. La familia, el piso, el bar, las cámaras de la zona. Es tu grupo y es tu diligencia. No te la voy a quitar.
—Gracias.
—Y otra cosa. —Ruano la miró por primera vez directamente—. Lidia Camps.
—Fue ella quien trajo el teléfono.
—Fue ella quien trajo un teléfono vacío.
Y fue ella quien, hace seis años, nos dejó sin el único caso que teníamos contra ese hombre.
—Lo dijo sin levantar la voz—. No te acerques a ella.
No la llames. Si te llama, me lo dices. Esa mujer no está bien, Saiz.
Lleva seis años convencida de que el mundo le debe una disculpa, y ahora ha encontrado la manera de cobrársela. No quiero que te arrastre.
Jimena tenía en el bolsillo el móvil con el número de Lidia en las llamadas recientes.
Tenía en una carpeta que Ruano no había visto el oficio al juzgado pidiendo los movimientos de la tarjeta de Noa Esteve, firmado con su nombre.
Tenía en su propio teléfono, porque se lo guardaba todo, la foto de una comparecencia de cuatro líneas que nadie había tramitado.
—Entendido —dijo.
—Una cosa más. —Ruano señaló la carpeta—. ¿Prensa?
—La foto de la chica salió a las seis por el gabinete. Es el protocolo de alto riesgo.
Ruano se quedó callado. Jimena vio cómo apretaba la mandíbula y cómo, después, la aflojaba.
—Bien hecho —dijo—. Puedes irte.
* * *
Al salir, Jimena dejó la puerta entornada sin querer, o casi sin querer, y se detuvo en el pasillo a guardar las carpetas en la mochila.
Por la rendija vio a Ruano levantarse, ir hasta la ventana y bajar la persiana de láminas. Después volvió a la mesa, sacó del cajón un móvil que no era el que tenía encima de los papeles y marcó un número de memoria.
Habló de espaldas a la puerta, muy bajo. Jimena no entendió las palabras. Solo el tono: el de alguien que da instrucciones y no quiere que se le oiga darlas.
Se fue por el pasillo antes de que él se volviera.
En el ascensor sacó su propio móvil y buscó la foto que había hecho por la mañana en el piso de Noa: el abrigo de invierno en el perchero, la bufanda, el bolso. Una chica que había salido de su casa a las cuatro de la mañana de un sábado de noviembre sin abrigo.
Faltaban veinticinco horas.