20
Lidia esperó en un bar de la calle de atrás de la casa de los Senra, junto a la ventana, con un café que no se bebió.
Desde allí se veía el final de la calle: adosados de ladrillo con patios delanteros, todos iguales, todos con su buzón y su maceta. El de Hugo Senra era el cuarto. Tenía la persiana del salón bajada y una luz encendida en el piso de arriba. Faltaba más de una hora para las ocho.
El móvil vibró sobre la mesa.
¿Estás bien? Perdona. Llevo todo el día sin poder hacer nada. No dejo de pensar en la sala blanca.
Y después:
En el azulejo de la esquina, el que tiene un trozo saltado. Parece un pájaro con las alas abiertas. No me lo puedo quitar de la cabeza.
Lidia dejó la taza.
No le había descrito nada. Ni la sala ni la pared ni los azulejos.
En sus mensajes de la noche anterior había hablado de un móvil, de un vídeo, de un borrado.
Nunca de cómo era el sitio. Lo comprobó: subió por la conversación con el dedo, despacio, hasta el primer mensaje.
Soy quien te dejó el móvil esta mañana. No había ni una palabra suya sobre azulejos.
Escribió:
¿Cómo sabes eso?
Esta vez la respuesta tardó un poco.
Lo vi en los vídeos. Antes de dejarte el móvil los vi muchas veces. Los viejos. No podía parar. Ya sé que está mal. Era como no poder dejar de tocarte una herida.
Lidia cerró los ojos y buscó.
Los siete vídeos de Beatriz los había visto enteros la noche anterior, uno detrás de otro, y esa mañana había pasado cuatro horas con su sonido. Conocía el orden en que temblaba la imagen. Conocía dónde se oía el tren. Buscó el azulejo.
Lo encontró en el tercero. Al principio, cuando la cámara bajaba desde el techo buscando el encuadre, en la esquina de arriba a la izquierda, durante menos de un segundo, había un azulejo con un trozo saltado.
Una mancha gris en forma de V abierta, con un pico en medio. Un pájaro, si uno quería verlo.
Estaba ahí. Ella misma lo había visto sin fijarse, como se ven las cosas que no importan.
Él se había fijado.
Lidia se quedó mirando la calle. Había conocido a mucha gente en el laboratorio capaz de mirar algo cien veces y no ver nada. Había conocido a muy pocos que vieran lo que había en un segundo de imagen. Ella era así. Por eso la habían contratado, y por eso, al final, había acabado fuera.
Él también era así, pensó. Quizá por eso le había llevado el móvil a ella.
Yo también lo vi, escribió. Y luego, porque era verdad y porque nadie se lo había preguntado en seis años: Tampoco puedo dejar de mirarlos.
Lo sé, contestó él. Por eso te lo llevé a ti.
La luz del piso de arriba de la casa de los Senra se apagó. Un minuto después, se abrió la puerta del garaje y salió un coche gris que giró al final de la calle.
Ya he salido, escribió el sobrino. Tengo que hacer unos recados antes de ir a por mi tío. La casa es tuya de ocho a nueve. Ten cuidado.
Lidia le creyó.