19
Se bajó en la siguiente estación, todavía en Getafe, porque se acordó de una dirección.
Subió a pie hasta el cuarto. Llamó una vez.
Amparo Montes abrió con un rodillo de pintor en la mano, manchado de cola.
Era más pequeña de lo que Lidia recordaba de las fotos del periódico, más delgada, con el pelo gris recogido de cualquier manera.
Detrás de ella, en la mesa del comedor, había una pila de carteles todavía calientes de fotocopiadora y un cubo de plástico.
Miró a Lidia. Lidia vio el momento exacto en que la reconocía.
—Usted es la del laboratorio.
—Sí.
—Qué quiere.
No era una pregunta.
—Hacerle una pregunta. Solo una. Sobre 2020.
Amparo no se apartó de la puerta, pero tampoco la cerró. Lidia lo tomó como un sí.
—En aquellos días, cuando Beatriz desapareció —dijo—, ¿alguien le habló de algún sitio? Un sitio al que fuera ese hombre. Cerca de una vía de tren. De una iglesia.
Algo cambió en la cara de Amparo. No fue sorpresa. Fue otra cosa, más dura, como cuando se toca una herida que alguien creía cerrada.
—¿Por qué me pregunta eso ahora?
Lidia no podía contestar. No podía decirle que había visto a su hija siete veces esa semana, en una pared blanca, con una cadena en el tobillo. No podía decirle que el último vídeo duraba once segundos.
—Porque lo necesito —dijo, y supo en cuanto lo dijo que era la peor respuesta posible.
—¿Sabe algo de mi hija?
La pregunta se quedó en el rellano, entre las dos.
Lidia vio a Beatriz tumbada de lado sobre la colchoneta, con los ojos abiertos, moviendo los labios sin que le saliera nada. Hoy es el día siete. Vio a esa mujer pegando carteles durante seis años en todas las farolas del sur de Madrid.
—No —dijo.
Amparo la miró un rato largo. Después dejó el rodillo en el suelo, despacio, como si pesara mucho.
—Usted miente igual que entonces —dijo—. Igual que todos.
—Señora Montes…
—En 2020 fui a la comisaría cuatro veces. Cuatro. A contar una cosa. Y las cuatro veces me tomaron los datos. —Lo dijo con una voz plana, la voz de alguien que ha repetido algo hasta gastarlo—. Lo de siempre, me dijeron. Y luego usted se equivocó con la cuerda y ese hombre se fue a su casa.
—Yo no me equivoqué.
—Me da igual. —Amparo empezó a cerrar la puerta—. A mi hija le da igual.
—¿Qué fue a contar? —Lidia apoyó la mano en la madera—. Lo que fue a contar cuatro veces. Por favor.
Amparo miró la mano de Lidia en su puerta, y después la miró a ella.
—A usted, menos que a nadie.
La puerta se cerró. Lidia oyó el cerrojo, una vuelta, otra. Después, nada. Después, al otro lado, el ruido húmedo del rodillo sobre un cartel.
* * *
Se quedó en el rellano, con la mano todavía levantada.
En 2020 había leído el expediente entero, cada hoja, cada diligencia. No recordaba ninguna declaración de Amparo sobre ningún sitio. Cuatro visitas a una comisaría y ni una línea en la carpeta azul. O nadie lo apuntó, o alguien lo quitó.
Amparo Montes sabía algo. Lo había guardado seis años, esperando a alguien que la escuchara, y Lidia acababa de llegar a su puerta con una mentira.
Bajó un tramo de escalera y se sentó en un peldaño, entre el tercero y el cuarto, con la espalda contra la pared fría.
No sabía si volver a llamar. No sabía qué podría decirle que no fuera otra mentira o la verdad que no podía decir. No sabía qué había ido a contar aquella mujer cuatro veces.
Desde arriba seguía llegando el ruido del rodillo.