Día siete 18
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El taller de Hugo Senra se llamaba ahora IRON BOX y tenía la persiana pintada de negro.

Lidia llegó en cercanías y caminó por el polígono con la vía a su izquierda, detrás de una valla de malla. Pasó un tren mientras buscaba el número, y se quedó quieta, escuchándolo. Era el mismo sonido. O uno muy parecido. Todos los trenes de cercanías se parecen.

Dentro olía a goma y a sudor. Había cuerdas colgando del techo, ruedas de camión apiladas en una esquina, música alta. Un chico con los brazos tatuados le preguntó si venía a la clase de las cuatro.

—Vengo por el local. Era una cerrajería.

—Ah, sí. El del cerrajero. —Se secó la cara con una toalla—. Lo compramos en 2021, ya vacío. Cuando entramos había estanterías, un banco de trabajo y un olor a aceite que tardamos meses en quitar.

—¿Hay sótano? ¿Algún cuarto cerrado, un almacén, algo detrás?

El chico la miró como se mira a alguien que ha venido al sitio equivocado.

Después, porque era amable o porque le dio pena, se lo enseñó todo.

Era una nave diáfana, de una sola planta, con suelo de hormigón pulido.

Un vestuario con azulejos grises y una ducha.

Un despacho con un ordenador y un calendario.

Ningún sótano. Ninguna puerta de metal. Ninguna pared que sonara hueca cuando Lidia la golpeó con los nudillos, una por una, mientras el chico la miraba desde la puerta con los brazos cruzados.

—¿Busca algo en concreto?

—No —dijo Lidia—. Ya no.

* * *

Salió a la acera. Eran casi las cuatro. Había perdido medio día en un sitio que alguien había vaciado cinco años antes.

Se quedó de pie frente a la persiana negra, en el punto exacto donde caían las coordenadas, y sacó el móvil. Cuatro rayas de cobertura. Dos redes de wifi del polígono. Hizo una foto a la persiana y abrió los datos de la imagen.

Precisión: cinco metros.

Lo comparó con lo que tenía apuntado en la libreta. Sesenta y cinco. Siete veces sesenta y cinco.

Se quedó mirando los dos números, y le dio rabia. No por lo que significaban, que no lo sabía, sino por lo que había hecho ella con ellos.

Sesenta y cinco metros no eran una dirección.

Eran un círculo. El teléfono le había dicho a su manera que no estaba seguro, y ella había leído un punto en el mapa y había ido a llamar a una persiana como si el número de la calle viniera escrito en el vídeo.

Podía haber muchas razones para ese margen: mala señal, una red cercana, un aparato viejo.

No sabía cuál. En el laboratorio la habrían suspendido por menos.

Lo que sí tenía era lo de las doce, lo que no dependía de ningún satélite: una sala pequeña y dura, un tren, quizá una campana, ningún coche.

Y ahora un círculo en un polígono pegado a la vía.

El sitio de Beatriz podía estar dentro de ese círculo o mucho más allá.

Lo único seguro era que no estaba en el gimnasio.

No era un sitio. Era una zona, y una pregunta mejor que la de la mañana.

Lidia miró el reloj. Las cuatro menos veinte. Faltaban veintiocho horas y veinte minutos para las ocho del viernes, y la única pista que había seguido la había llevado a un gimnasio.

* * *

Le escribió al sobrino desde el andén.

No era aquí. Ahora es un gimnasio. No queda nada.

Contestó enseguida.

Lo siento. Lo siento de verdad. Pensé que servía.

Y después, al rato:

Hay otra cosa. Mi tío lo guarda todo en casa. Cajas, cajones, papeles, llaves. Lo de antes de ponerse malo también. Yo he mirado, pero no sé qué buscar. Tú sí sabes mirar.

Lidia leyó la frase y se quedó con ella. Tú sí sabes mirar. Hacía seis años que nadie le decía nada parecido.

Los jueves cena en el centro de día hasta las nueve. Yo voy a buscarle a esa hora. La casa está vacía de ocho a nueve. La llave de la puerta de atrás está debajo de la maceta grande del patio.

Si se enteran de que te he dejado entrar, me lo quitan. No puedo estar yo.

Llegó el tren. Lidia subió y se quedó de pie junto a la puerta, con el móvil en la mano.

Sabía lo que era aquello. Entrar en una casa ajena sin orden, con una llave debajo de una maceta y el permiso de alguien cuyo nombre no podía demostrar. En cualquier informe aquello tenía un nombre, y no era registro. Si salía mal, Ruano no tendría que inventarse nada.

Pero el radio no le iba a decir dónde estaba Noa. Y Hugo Senra lo guardaba todo.

Escribió con un dedo, despacio, mientras el tren arrancaba.

Dime la dirección.