17
Cuento los trenes para no dormirme.
A mediodía pasan más. Uno cada pocos minutos, y entre uno y otro me da tiempo a contar hasta ciento y pico, despacio, en voz baja.
Si llego al siguiente tren sin perder la cuenta, sigo despierta.
Si me lío, si me salto un número o empiezo a contar dos veces el mismo, me pongo de pie y hago sentadillas hasta que se me pasa.
Me lío cada vez más.
Es el sueño. No es un sueño normal, de cansancio: es otro, más blando, que sube desde los pies como agua tibia y te dice que no pasa nada, que cierres un rato los ojos, que así no tendrás frío. Lo estudié. Sé cómo se llama y sé lo que viene después. Por eso cuento.
Ochenta y uno. Ochenta y dos.
La llave.
Me pongo de pie tan deprisa que la sala da una vuelta.
Él no viene nunca a mediodía. Viene por la mañana, con la comida y el móvil, y se va.
Lo primero que pienso es que lo sabe. Que ha visto algo en el vídeo de esta mañana, la colchoneta movida, una sombra en la pared, y viene a buscar la horquilla.
Lo segundo que pienso es que hoy no es el día siete.
Tres vueltas. La puerta se abre.
* * *
—No te asustes.
Trae algo en la mano, envuelto en una toalla. Se agacha delante de mí y me lo pone en el regazo. Está caliente. Tan caliente que al principio me hace daño.
Es una bolsa de agua caliente. De goma roja, de las de antes, de las de las abuelas.
—Esto no es una manta —dice.
Lo dice como si fuera una broma entre los dos. Como si tuviéramos bromas.
Sé lo que tengo que hacer con ella y lo hago sin pensarlo, porque las manos de las prácticas van solas: no la pongo en los pies ni en las manos, la pongo contra el pecho, debajo de la sudadera, y aprieto los brazos encima.
Primero el centro. Las manos y los pies, después.
Si calientas primero lo de fuera, la sangre fría vuelve al corazón de golpe.
Eso lo dijo la profesora con un dibujo de flechas y yo lo apunté en rojo.
Él me mira hacerlo. Asiente un poco, como si le gustara que supiera.
—Tienes que llegar a mañana —dice.
No lo dice como una amenaza. Lo dice como quien te recuerda que mañana hay que madrugar.
* * *
Después saca el móvil, el pequeño, el de la pantalla rayada. Intenta desbloquearlo con el dedo enguantado y la pantalla no le hace caso. Los guantes de lana no sirven para las pantallas. Lo prueba otra vez. Nada.
Entonces se quita el guante derecho.
Lo hace deprisa, sujetándolo con los dientes, y yo no aparto los ojos de su mano. Es la primera vez que le veo la piel en seis días.
No sabría decir cuántos años tiene esa mano.
Es una mano de trabajar: ancha, con la piel áspera en las yemas de los dedos y las uñas cortas, limpias, sin nada de negro debajo.
Una mano que se lava mucho. Y en la base del pulgar, en la parte de dentro, una cicatriz blanca en forma de media luna, ancha, con los bordes un poco levantados.
La conozco. No a él: a esa clase de cicatriz. Es un corte profundo que nadie cosió. Uno que se cerró solo, mal, con el tiempo, porque quien se lo hizo se puso una tirita y siguió trabajando.
Me hace una foto. Solo una, de cerca, a la cara.
—¿Para quién es? —le pregunto.
—Para mí.
Mira la foto en la pantalla un rato, sin prisa, como se mira un termómetro. Después se pone el guante otra vez, se guarda el móvil y se va. Tres vueltas.
* * *
Me siento con la bolsa contra el pecho y la cabeza contra los azulejos. El calor me entra despacio. Me duele, como duele siempre al principio, y luego deja de doler.
Un tren. Empiezo a contar.
Y mientras cuento, por debajo de los números, me repito lo otro, como me repito el teléfono de mi madre para que no se me olvide nunca: media luna, pulgar derecho, por dentro. Media luna, pulgar derecho, por dentro.
No sé su nombre. No le he visto la cara. Pero esto es suyo, y ahora lo tengo yo.