16
A las doce, Lidia llevaba cuatro horas con los cascos puestos.
Había colgado en la persiana el cartel de CERRADO que no usaba desde hacía años y había sacado del cajón el programa de audio que usaba para rescatar notas de voz que los clientes borraban sin querer.
Separó el sonido de los nueve vídeos: los siete de Beatriz, el del día cinco de Noa, el del día seis que había copiado del móvil del taller antes de que Jimena se lo llevara.
Los puso uno debajo de otro en la pantalla, como muestras en una placa, y los escuchó hasta que dejó de oír las voces.
Eso era lo difícil. Las voces tiraban de ella. Hoy es el día uno. Hoy es el día cuatro. Tuvo que bajar el volumen de las palabras hasta que fueron un murmullo y subir todo lo demás.
Lo demás era poco, y por eso servía.
El tren estaba en seis de los siete vídeos de Beatriz y en los dos de Noa.
Un rumor largo y grave que empezaba lejos, crecía, se quedaba y se iba.
No era un mercancías: no tenía ese golpeteo de vagones vacíos.
Era un tren de pasajeros, de cercanías, de los que pasan cada pocos minutos.
Estaba en todos con la misma forma y la misma fuerza, como si lo oyeran siempre desde el mismo sitio.
La campana estaba solo en tres, en los de Beatriz.
Al principio, antes de que ella hablara: una campanada sola, muy lejos, apagada, como si llegara a través de algo.
Lidia la escuchó con los ojos cerrados una y otra vez.
No era un timbre. Probablemente tampoco un reloj de pared.
Lo más parecido que se le ocurría era una iglesia, y lo apuntó así, con un probablemente delante.
Y luego estaba lo que no había. No había coches. Ni una moto, ni un claxon, ni una voz, ni un perro. Nueve vídeos grabados en dos años distintos, a horas distintas, y ni uno solo traía ruido de calle. Las voces, en cambio, rebotaban: sonaban como en un cuarto de baño, con un eco corto y duro.
Lo apuntó en la libreta, en limpio, debajo de la cuenta de los días.
Sala pequeña, paredes duras. Cerca de una vía de cercanías. ¿Campana? La calle no llega.
No era un sitio. Pero era más de lo que tenía a las ocho.
* * *
Después miró los datos de los archivos.
El vídeo de Noa del día cinco, el del iPhone, no tenía ubicación: quien lo grabó la había quitado o nunca la había activado. El del día seis venía de WhatsApp, que borra esas cosas al enviar. Ahí no había nada que buscar.
Los de Beatriz eran otra cosa. En 2020, el iPhone de Hugo Senra guardaba la ubicación en cada vídeo, como hacen casi todos los teléfonos si nadie toca los ajustes. Siete vídeos, siete pares de coordenadas. Lidia los copió uno por uno en la libreta.
Eran iguales. Los siete, hasta el último decimal.
Al lado de cada par, el archivo guardaba otro número que casi nadie mira: la precisión. Cuánto se fiaba el teléfono de sí mismo. En una foto hecha en la calle, ese número suele ser de cinco metros, de diez. En los siete vídeos de Beatriz era de sesenta y cinco.
Lidia lo apuntó al lado y le puso un signo de interrogación. No supo dónde más ponerlo.
Pegó las coordenadas en el mapa. El punto cayó en Getafe, en un polígono de naves bajas pegado a la vía del tren. Bajó a la vista de calle. La imagen era de 2019: una persiana metálica verde, un toldo descolorido y, encima, un rótulo con letras de imprenta.
CERRAJERÍA SENRA. COPIAS. APERTURAS. URGENCIAS 24 H.
Lidia se apartó de la pantalla.
En 2020 la Policía Judicial había registrado ese taller.
Ella había leído el acta: estanterías, herramientas, máquinas de copiar llaves, nada.
Ni un teléfono, ni una cadena, ni un azulejo blanco.
Pero las actas solo cuentan lo que se mira, y en 2020 nadie sabía que había que buscar una sala que se tragara el ruido de la calle.
Un sótano. Un cuarto trasero. Un hueco detrás de una pared.
* * *
El móvil vibró sobre la libreta a las doce y cuarenta.
Perdona que te escriba otra vez. No sé si sirve. Antes de dejarte el móvil apunté lo que salía en la información de los vídeos viejos, por si acaso. Sale un sitio. Es el taller de mi tío, el de antes, en Getafe. Lo cerró cuando se puso malo. Ahora es otra cosa, creo.
Debajo venía una dirección. La misma calle. El mismo número.
Lidia miró la pantalla del ordenador, el rótulo verde, la vía al fondo. Después miró el mensaje.
Dos datos, y los dos señalaban el mismo sitio. Lidia sabía que no eran dos fuentes de verdad: el sobrino había mirado los mismos archivos que ella. Pero coincidían, y en todo el día era lo primero que coincidía.