15
El encargado del bar Duero se llamaba Fermín Gallardo, y había llegado a la comisaría de Usera a las nueve menos cuarto, antes de que abrieran la oficina de denuncias, con una servilleta doblada en cuatro en el bolsillo de la camisa.
A las diez, Jimena tenía su declaración, una foto de Noa Esteve en una cena de Navidad con un gorro de Papá Noel, el teléfono de sus padres en Cuenca y una diligencia abierta con su número de inspectora en la cabecera.
Fermín no había dicho quién le había mandado.
Había dicho una señora y se había puesto colorado.
A Jimena no le hizo falta preguntar más.
Llamó a Cuenca antes de salir. Contestó la madre.
Jimena había hecho esa llamada otras veces y nunca había encontrado una manera buena de hacerla.
La madre no lloró. Dijo que llamaba a su hija todos los domingos, que el domingo no le contestó y que pensó que estaría trabajando, que no quería molestarla.
Lo repitió tres veces, como si fuera una culpa: no quería molestarla.
Jimena le prometió que la llamaría ella en cuanto supiera algo. Después se quedó un momento en el coche, con las manos en el volante, antes de arrancar.
* * *
Noa vivía en un tercero sin ascensor, a cuatro calles del bar. La casera, una mujer de setenta años con una bata acolchada y las llaves de todo el edificio en un aro, subió la escalera delante de ella, resoplando y quejándose a cada rellano.
—Yo de ese piso no tengo llave, ¿eh? Que conste. Se la cambió ella hace un mes y no me dio copia. Le dije que me la tenía que dar, que el piso es mío. Y ella que sí, que sí, que mañana.
—¿Por qué la cambió?
—Se le partió la llave dentro, de madrugada, al volver del bar. Y llamó a uno de esos de la aplicación del móvil. A las cuatro de la mañana. Como si no hubiera porteros automáticos.
Jimena no vio la relación, pero lo apuntó.
La puerta del tercero estaba cerrada. No había marcas en la madera ni en el marco.
Jimena se agachó delante de la cerradura con la linterna del móvil.
Era un cilindro nuevo, de los de seguridad, con el latón todavía brillante.
Ni un arañazo alrededor del bombín. Ni una de esas marcas finas que dejan las ganzúas o las llaves de golpe.
Jimena no tenía orden judicial, y no iba a esperarla.
La ley permite entrar en un domicilio sin ella cuando hay que evitar un daño grave e inminente a una persona, y una chica encadenada en un vídeo grabado esa misma mañana lo era.
Llamó al juzgado de guardia para dar cuenta y lo dejó escrito en la diligencia, con la hora y el motivo, antes de tocar nada.
No quería que nadie, en ninguna mesa, pudiera discutírselo después.
—¿Puede llamar a un cerrajero para abrir? Que no toque el cilindro: que lo saque entero, si puede.
Mientras esperaban, se abrió la puerta de enfrente.
* * *
La vecina se llamaba Encarna, tenía ochenta y un años y un perro pequeño debajo del brazo, y lo sabía todo del edificio porque dormía poco.
—¿Le ha pasado algo a la chica? —Antes de que Jimena contestara, siguió—: Ya decía yo. Desde el sábado no la oigo. Ella llega a las tres y pico, siempre, y siempre se le cae algo en la escalera. Las llaves, el bolso. Es un desastre, pero un cielo.
—¿Vio usted al cerrajero que le cambió la cerradura, hace un mes?
—Claro que lo vi. Me despertó con el taladro. —La mujer acarició al perro—. Un chico. Muy educado. Cuando terminó, le pregunté si sabía arreglar mirillas, porque la mía no se ve nada, y me la arregló en un momento y no me quiso cobrar. Hoy en día, eso.
—¿Recuerda cómo era?
—Normal. Joven. Con un mono de trabajo. Yo a esa hora no llevaba las gafas.
—¿Y su nombre? ¿La empresa?
Encarna se encogió de hombros.
—La chica lo buscó en el móvil.
El móvil de Noa estaba apagado desde el sábado de madrugada. Eso Jimena ya lo sabía.
* * *
El cerrajero de urgencias tardó media hora y sacó el cilindro entero, como le habían pedido. Jimena lo metió en una bolsa de pruebas y entró en el piso con guantes.
Una habitación, una cocina pequeña, un baño.
Apuntes de Enfermería en la mesa, ordenados por colores.
La cama sin hacer, con las sábanas echadas hacia un lado, como si alguien se hubiera levantado deprisa o como si alguien la hubiera sacado de ella.
En el perchero de la entrada, un abrigo de invierno, una bufanda y un bolso.
Dentro del bolso, la cartera, con el DNI y cuarenta euros.
No faltaba nada, salvo Noa, su móvil y sus llaves.
Jimena fotografió el abrigo. En noviembre nadie sale a la calle sin abrigo, a las cuatro de la mañana. Ella misma lo había hecho la noche anterior, detrás de Lidia Camps, y había pasado frío durante una hora.
Volvió a la puerta y miró la cerradura vacía, el agujero redondo en la madera.
La casera no tenía llave. La cerradura no tenía marcas.
Eso no probaba nada todavía: Noa podía haber abierto ella misma, alguien podía haberla esperado en la escalera, un cilindro se puede abrir sin dejar rastro si quien lo abre sabe mucho.
Jimena apuntó todas las posibilidades. Pero la que se le quedó delante fue la más sencilla: que quien entró el sábado de madrugada no rompió nada porque no le hizo falta.
Sacó el móvil y escribió una nota para la diligencia. Pedir al juzgado movimientos de la tarjeta de Noa Esteve del último mes: el pago al cerrajero dirá, al menos, a través de quién llegó. El banco tardaría lo que tardan los bancos, aunque el oficio llevara el sello de urgente. Lo subrayó.
Después escribió, debajo, para ella:
¿Tenía llave?