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La maceta grande del patio era un tiesto de barro con un limonero seco. La llave estaba debajo, en un plato de plástico, como le habían dicho.
Lidia se quedó un momento con ella en la mano, de pie entre la valla y la puerta trasera. Había esperado en el bar hasta las ocho y diez. El coche gris no había vuelto. La casa tenía las persianas bajadas y no se oía nada dentro.
Sacó del bolsillo del anorak un par de guantes de nitrilo y se los puso.
Lo hizo sin pensarlo, como se los había puesto mil veces en el laboratorio antes de abrir una bolsa.
Cuando ya los tenía puestos se miró las manos y entendió lo que parecerían en un papel: una mujer que entra de noche en una casa ajena con guantes.
Daba igual cómo lo hubiera hecho, o por qué. Eso era lo que se vería.
Se los dejó puestos. No sabía tocar nada sin ellos.
La llave giró a la primera.
* * *
La cocina olía a aceite. No de freír: aceite fino, de máquina, el mismo olor que sale de una cerradura recién engrasada. Lidia encendió la linterna del móvil y la tapó a medias con los dedos.
La nevera estaba cubierta de papeles amarillos.
Los conocía. Los había visto en la galería del iPhone el miércoles por la tarde, en las pocas fotos de una cocina pequeña: LAS PASTILLAS DESPUÉS DE COMER.
NO AbrIR LA PUERTA. Ahora estaban delante de ella, de verdad, con sus esquinas despegadas.
Otros no los había visto nunca. NO SALIR SOLO. LAS LLAVES LAS TIENE IVÁN.
Era la casa del teléfono. Hasta ese momento había sido una dirección en un mensaje. Ahora era un sitio.
Recorrió la planta baja deprisa, sin tocar nada que no tuviera que tocar.
Un salón con un sofá hundido y una televisión enorme.
Un baño con barras de apoyo en la pared.
Un dormitorio pequeño con una cama de hospital, un orinal, más papeles amarillos pegados al cabecero: ESTÁS EN TU CASA.
NO PASA NADA. Todo limpio, ordenado, cuidado.
La casa de un enfermo al que alguien quería.
Al fondo del pasillo había una puerta cerrada.
* * *
No tenía cerradura. Solo una manilla. Lidia la abrió.
Era un cuarto pequeño, sin cama. Una mesa contra la pared, una silla de oficina, un flexo. Encima de la mesa, un tablero de corcho del tamaño de una ventana.
Lo iluminó con la linterna y se quedó quieta.
El corcho estaba lleno de recortes de periódico, sujetos con chinchetas en filas rectas, sin una sola torcida.
Todos de noviembre y diciembre de 2020. Desaparece una joven de 23 años en Getafe.
Detenido un cerrajero por la desaparición de Beatriz Montes.
Archivado el caso Montes: el juez no da fiabilidad a la única prueba.
Expedientada la técnica de la Policía Científica.
En ese último había una foto suya, pequeña, de mala calidad, la del carné profesional que alguien había filtrado a la prensa.
Debajo de los recortes había otras fotos. No eran de periódico.
Eran de ella. Saliendo de los juzgados de Getafe con la cabeza baja, en diciembre de 2020, con aquel abrigo marrón que había tirado después porque no soportaba verlo.
Esperando un autobús. Cruzando un paso de cebra.
Fotos hechas desde lejos, desde el otro lado de la calle, sin que ella supiera que había nadie mirando.
Se había pasado seis años creyendo que, después del archivo, a nadie le había importado lo que hiciera.
Alguien la había seguido. Tenía que haber sido él, pensó: en 2020, cuando él estaba libre y ella no podía dormir, Hugo Senra había salido a la calle con una cámara a mirarla a ella. No se le ocurría nadie más.
Hizo una foto al corcho con el móvil. Después otra, más de cerca. Le temblaba la mano y la segunda salió movida. Hizo una tercera.
Eran las ocho y veintinueve.
* * *
El garaje se abría desde la cocina por una puerta de chapa. Dentro no había coche. Había un banco de trabajo largo, una máquina de copiar llaves cubierta con un plástico, paneles de herramientas con la silueta de cada una pintada en la pared, y una fila de cajones metálicos con etiquetas.
Abrió los cajones uno por uno. Bombines. Muelles. Llaves en bruto, sin tallar, cientos, ordenadas por modelo. En el último, debajo de una gamuza, un aro de hierro grande, de los de colgar en la cintura, con una veintena de llaves.
Cada llave tenía atada una etiqueta de cartón con una calle.
Lidia las fue pasando con el dedo enguantado, una por una, bajo la luz de la linterna. Calles de Getafe, de Leganés, de Usera, de Villaverde. Algunas con un nombre al lado, otras con un número de piso. Casi al final, una llave dorada, nueva, con el corte todavía brillante.
ESTEVE. C/ Olvido, 14, 3.º B. Usera.
Le costó un momento respirar.
La llave del piso de Noa Esteve estaba en un cajón del garaje de Hugo Senra.
Hizo una foto a la etiqueta. Después se quedó mirando el aro, con la linterna temblándole en la otra mano, y supo exactamente qué era lo que tenía delante.
Era una prueba. La primera de verdad. Y estaba en un sitio en el que ella no debería estar, delante de unos ojos que no tenían permiso para verla.
Si la dejaba en el cajón, alguien podía hacerla desaparecer antes de que nadie pidiera un registro.
Ruano ya tenía el caso de Senra; Ruano decidiría cuándo se entraba en esta casa, y cómo, y qué se encontraba.
Si se la llevaba, cualquier juez tendría que preguntarse de dónde había salido y quién la había sacado: la técnica que en 2020 abrió una muestra sin testigo.
No sabía qué valor le quedaría después. Sabía lo que le costaría a ella.
Pensó en la muestra de la cuerda, en la bolsa de pruebas, en la línea que ella nunca escribió. Llevaba seis años diciendo que una prueba solo vale si nadie la toca fuera de su sitio.
Desenganchó el aro entero del cajón y se lo guardó en el bolsillo interior del anorak, contra el pecho.
Pesaba más de lo que parecía.
Estaba cerrando el cajón cuando oyó, desde la otra punta de la casa, una llave entrando en la cerradura de la puerta principal.