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La jueza de guardia la tuvo veinte minutos delante, le leyó lo que le imputaban, escuchó a Nicolás Prieto decir que su clienta había colaborado, que no tenía antecedentes y que había entregado voluntariamente información relevante, y le impuso lo que Nicolás llamó en el pasillo lo de siempre : comparecencias semanales, prohibición de acercarse a la casa de los Senra y la obligación de estar localizable.
El móvil seguía retenido. Le dieron un papel con un número de procedimiento.
Lidia no oyó la mitad. Pensaba en la puerta de su madre.
Volvió en cercanías hasta Embajadores y desde allí en autobús, de pie, con el papel doblado en el bolsillo. Llegó a la calle del taller a las doce y media. La persiana estaba bajada. Subió al primero: la puerta de casa, cerrada con llave.
No tenía llave. Las suyas las tenía Jimena desde la noche anterior, y la nueva de la puerta estaba en el bolsillo de su madre.
Llamó al timbre. Nada. Llamó otra vez, largo. Nada.
Bajó a la calle y golpeó la persiana del taller con la palma abierta.
—¡Mamá!
Desde dentro, muy bajo, a través del metal, le llegó una voz.
—Aquí. Estoy aquí.
* * *
La persiana tenía un candado por fuera, y la llave de repuesto estaba donde había estado esa mañana y todas las mañanas, en la maceta seca del portal de al lado, porque Lidia era así. Levantó la persiana con las dos manos, a tirones, hasta la altura del pecho, y se metió por debajo.
Su madre estaba al pie de la escalera interior, tumbada de lado en el suelo de baldosa, con el abrigo puesto y un zapato a medio salir del pie. Tenía la cara gris y los labios apretados. Una pierna doblada de una forma que Lidia no quiso mirar dos segundos seguidos.
Se arrodilló.
—Mamá. Mamá, mírame.
—Ya te miro, hija. —Pilar consiguió sonreír, un poco—. No me toques la pierna.
Lidia no la tocó. Le tocó la cara, el pelo mojado, las manos frías. Le buscó el pulso en la muñeca sin pensarlo, como lo habría hecho cualquiera, y lo encontró rápido y fuerte. Estaba consciente. Hablaba. Llevaba una hora en el suelo.
Subió la escalera a saltos hasta la cocina, tomó el fijo y marcó el 112. Dio la dirección, la edad, lo que veía. Le dijeron que no la moviera, que la tapara, que ya iban. Bajó con todas las mantas que encontró.
—Fue él —dijo Pilar mientras Lidia la tapaba—. El cerrajero. Entró con su llave. Yo había salido al mercado, con la cadena quitada, claro, cómo la iba a poner desde la calle. Me había dejado el monedero. Cuando volví, oí el quinto peldaño. Estaba subiendo del taller. Le dije que se fuera.
Lidia miró hacia el banco de trabajo. La tapa lateral del ordenador estaba apoyada contra la pata de la mesa. La bahía del disco, vacía: se había llevado el disco del ordenador del taller, el de tres años de copias. Al lado del teclado, la libreta abierta por la misma página de siempre.
—No te empujó para tirarte —dijo Pilar, y le apretó la mano—. Quería pasar. Yo me puse en medio. Yo no me tenía que haber puesto en medio.
—Calla. Calla, mamá.
—Me dijo que lo sentía.
Lidia apoyó la frente en la mano de su madre y cerró los ojos.
* * *
La ambulancia llegó en once minutos. Dos técnicos con chaleco naranja y una camilla de tijera que no cabía bien entre el banco de trabajo y la escalera.
Le pusieron a Pilar una vía en el brazo, le inmovilizaron la pierna, le dieron algo para el dolor.
Uno dijo probable fractura de cadera , con la voz de quien lo dice muchas veces a la semana.
Que había que hacerle placas. Que, si era lo que parecía, la operarían. Que iban al 12 de Octubre.
La señora Remedios había bajado de su piso al oír la sirena y estaba en la puerta con el abrigo puesto encima del camisón.
—Yo voy con ella —dijo—. Yo voy, Lidia, tú haz lo que tengas que hacer.
Lidia se agachó junto a la camilla.
—Voy contigo.
—No. —Pilar le agarró la manga del anorak con una fuerza que no tenía—. Tú no vienes. Tú te vas.
—Mamá…
—Escúchame, que ahora me toca a mí. —Respiraba entre los dientes, por el dolor, pero la miraba fijo—.
Seis años viéndote mirar la pared. Seis años sin poder hacer nada.
Hoy puedo hacer algo, y es decirte que te vayas.
Esa chica tiene una madre que no sabe dónde está.
Yo sé dónde estoy. Estoy aquí, con Remedios, y a lo mejor me operan, y no me voy a morir de esto. —Le soltó la manga—. Búscala.
Los técnicos levantaron la camilla. Lidia se quedó de pie en el taller, entre el ordenador abierto y el zapato de su madre en el suelo, viéndolos subir por la acera hacia la ambulancia.
Su madre no se volvió a mirarla. Lidia sabía por qué. Si se volvía, ella iría detrás.
* * *
Cuando el ruido de la sirena se perdió hacia la avenida, Lidia subió la escalera interior.
El quinto peldaño crujió.
Atravesó la casa de su madre, el pasillo, la cocina con el café frío en la cafetera. En el armario del pasillo, en el estante de arriba, detrás de las sábanas de verano, estaba la caja de zapatos. Bajó la caja. La abrió.
Facturas de la luz. Recibos del agua. Una foto de su padre joven, en la playa. Y debajo de todo, envuelto en una bolsa de plástico de congelación, el disco.
Lo sostuvo en la mano.
Él había bajado al taller a por la copia. Había desatornillado el ordenador, había mirado su libreta y se había llevado lo único que creía que existía. Había empujado a su madre por la escalera para llevársela.
No sabía que había otra. Su madre no se lo había dicho.
Él no sabe que existe, pensó Lidia. Yo sí.