Día siete 36
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La llamada llegó a la una y veinte.

Jimena llamó a la jueza desde el coche. Le explicó lo que había: un teléfono intervenido, un mensaje entrante de un número no identificado a la misma hora que los vídeos anteriores, una desaparición de alto riesgo con plazo esa misma tarde.

La jueza contestó en cuatro minutos y mandó en cuarenta, por escrito, una autorización limitada: acceso a ese mensaje y a ese archivo, a nada más, en presencia del secretario y con copia para el procedimiento.

A las dos menos cuarto, en una sala de la comisaría de Getafe, con un funcionario del juzgado al lado tomando nota, Jimena vio el vídeo del día siete.

Noa, más pálida que en el del día seis. Más delgada, si eso era posible en veinticuatro horas. Los labios ya no morados, sino grises. Pero la voz firme, despacio, se le entendía todo: Hoy es el día siete.

El número que lo enviaba era el mismo del vídeo del día seis, el que había llegado al taller.

Jimena se quedó mirando la pantalla negra con las manos sobre la mesa. El secuestrador de Noa Esteve le escribía a Lidia Camps a su número personal. Lidia Camps, detenida la víspera en casa del principal sospechoso con la llave de la víctima en el bolsillo.

Sabía lo que haría Ruano con eso en cuanto lo supiera. Y lo iba a saber, porque estaba en el procedimiento.

Lo vio tres veces. Algo le molestaba en la parte de abajo de la imagen, en las manos de Noa, que se movían en el regazo mientras hablaba, y no supo qué. Lo apuntó: manos, ¿gesto? , y lo dejó para cuando tuviera tiempo de mirarlo despacio. No lo tenía.

* * *

El archivo de la Policía Científica estaba en un sótano de Canillas, al final de un pasillo de puertas grises, y lo atendía un subinspector a dos años de jubilarse que se llamaba Benito y que conocía el caso Montes, porque en 2020 lo conocía todo el mundo.

—El libro de custodia de ese año está aquí. El original. —Le puso delante un volumen de tapas verdes, gordo, con el lomo despegado—. Lo pidió Asuntos Internos cuando el expediente de la chica, la técnica, y lo devolvieron sin tocar. Nadie lo ha vuelto a pedir.

—Nadie hasta ahora.

—Hasta ahora.

Jimena lo abrió por noviembre de 2020. Las entradas se sucedían en columnas: número de muestra, hora de entrada, hora de apertura, técnico, testigo, observaciones. Letras distintas, bolígrafos distintos, la historia de un laboratorio día a día.

La encontró en la página cuarenta y uno. Muestra 2020-11-0347. Cuerda. Vehículo Senra. Técnico: L. Camps. Hora de apertura: 09:40. Y en la columna de testigo, con un bolígrafo más oscuro, una raya horizontal y encima, en la columna de observaciones, con letra apretada: Apertura sin testigo.

Era lo que había leído en la academia. Lo que todos habían leído.

Jimena sacó la linterna del móvil. Le pidió a Benito que apagara el fluorescente del techo. Benito la miró un momento y lo apagó.

Puso la linterna casi pegada al papel, de lado, rasante, como le habían enseñado en un curso de documentoscopia al que había ido porque no había plazas en otro. La luz se arrastró por la hoja y levantó, en relieve, lo que la tinta no dejaba ver: los surcos que deja un bolígrafo cuando aprieta.

Debajo de la raya, en la columna de testigo, había un nombre. Alguien lo había escrito y alguien lo había tachado encima con una línea gruesa, con otro bolígrafo, para que pareciera un hueco vacío. Pero el surco del primero seguía en el papel, hundido, nítido bajo la luz rasante.

R. Ruano.

* * *

Jimena se quedó quieta, con la linterna en la mano.

Si aquello era lo que parecía, Lidia Camps no había abierto la muestra sin testigo.

La había abierto delante de su jefe. Y alguien, después, había tachado su propio nombre de la columna y había escrito encima, con otra tinta, que no había nadie.

Sin testigo, la apertura no valía. Sin la apertura, no valía la cuerda.

Sin la cuerda, Hugo Senra volvió a su casa.

No probaba todavía quién lo había tachado, ni cuándo, ni quién había escrito encima. Eso lo diría un perito. Pero si era lo que parecía, no había hecho falta inventar nada. Solo quitarse de en medio.

Pidió a Benito que encendiera la luz. Hizo fotos: con luz normal, con luz rasante, de cerca, de lejos, con una regla al lado que le prestó él sin preguntar.

Comparó la tinta oscura de la raya con la de la firma de Ruano en la página de visado de ese mes, al pie, donde el jefe del laboratorio firmaba cada semana.

El mismo azul casi negro, el mismo trazo grueso.

Eso no probaba nada por sí solo: había mil bolígrafos así.

Lo que probaba algo era el nombre debajo.

—Necesito que este libro no salga de aquí —le dijo a Benito—. Ni para Asuntos Internos, ni para la Brigada, ni para nadie, sin que me avise a mí antes. Voy a pedir un peritaje documental hoy.

Benito cerró el libro con mucho cuidado, con las dos manos, como se cierra un misal.

—Este libro no ha salido de aquí en seis años, inspectora —dijo—. No va a empezar hoy.

Eran las tres menos diez. Jimena subió las escaleras del sótano de dos en dos con el móvil en la mano, buscando un número que no podía llamar, porque estaba en una bolsa precintada en Getafe.