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Lo copia todo.
Él lleva toda la mañana oyendo esa frase con la voz de la madre, mientras hace lo que tiene que hacer, una cosa detrás de otra, en orden.
Lo copia todo. Ahora, con los teléfonos.
Eso no estaba previsto. Ella tenía que mirar lo que él le enseñaba, cuando él se lo enseñaba. No tenía que tener nada propio. Una copia es un sitio adonde mirar sin pedir permiso. Una copia es llegar antes de hora.
Por eso está aquí.
* * *
Aparca la furgoneta en la calle de atrás, desde donde se ve el portal en el espejo retrovisor. Se pone la gorra. Lleva la caja de herramientas porque un cerrajero con una caja de herramientas en un portal no es nadie.
Espera.
A las once y cuarto se abre el portal y sale la madre, con el abrigo y un carro de la compra de cuadros. Se va calle arriba, hacia el mercado, despacio.
Una cadena solo se pone desde dentro. Quien sale a la calle la deja quitada.
El portal no le cuesta nada: es de los viejos, de resbalón. Sube al primero. La llave nueva entra en la cerradura que él mismo puso anoche y gira con suavidad, dos vueltas. Es una buena cerradura. Entra. Cierra detrás de él sin hacer ruido.
La casa huele a café y a lavanda. Hay una radio encendida en la cocina, bajita, con gente que habla de política. El mercado está a diez minutos. Ida, cola, vuelta: media hora.
Tiene tiempo.
* * *
La escalera interior empieza en una puerta junto a la cocina. Es estrecha, empinada, con una barandilla floja. Baja contando los peldaños, porque siempre los cuenta. Uno, dos, tres, cuatro. El quinto cruje. Se queda quieto un momento, con el pie encima, escuchando. Arriba solo suena la radio.
El taller está a oscuras, con la persiana echada. Enciende la linterna pequeña y la sujeta con los dientes.
El ordenador está debajo del banco de trabajo. Desatornilla la tapa lateral con un destornillador de estrella, cuatro tornillos, y los guarda en el bolsillo de la cazadora para no perderlos. Saca el disco duro de su bahía con dos dedos. Pesa muy poco para todo lo que tiene dentro.
Encima del banco, al lado del teclado, hay una libreta de tapas negras. La abre.
Ve su letra. Una letra limpia, de laboratorio.
Noa Esteve , escrito en mayúsculas y luego en minúsculas.
Una cuenta de días, con viernes subrayado dos veces.
Más abajo: Sala pequeña, paredes duras. Cerca de una vía de cercanías.
¿Campana? La calle no llega. Unas coordenadas, y al lado un 65 con un signo de interrogación.
Él se queda mirando esa página mucho rato, con la linterna entre los dientes.
¿Campana?
Va bien. Va por donde tiene que ir. Va un poco más deprisa de lo que debería.
Le hace una foto a la página con el móvil pequeño. Deja la libreta exactamente como estaba, abierta por el mismo sitio, con el bolígrafo en el mismo ángulo. Que siga mirando. Pero que no tenga más que esto.
* * *
Está en el cuarto peldaño, subiendo, con el disco en el bolsillo de dentro, cuando oye arriba la cerradura de la puerta de casa. Dos vueltas. El traqueteo de unas ruedas pequeñas en el pasillo.
Se ha dejado algo. El monedero, la lista, lo que sea.
Levanta la vista.
La madre está arriba, en el hueco de la puerta de la escalera, con el abrigo puesto y el carro de la compra a su espalda, en el pasillo.
Lo mira. Él ve el momento exacto en que lo reconoce: la cara de anoche, la gorra, la caja de herramientas.
Ve cómo entiende, de golpe, la llave, la cerradura nueva, el escalón que no estaba.
—Usted —dice ella.
No grita. Se agarra al marco con una mano y con la otra busca algo a su espalda, un teléfono, una puerta, algo.
Él sube un peldaño más. El quinto. Cruje.
—Señora, no se asuste…
—Fuera de mi casa.
Ella da un paso adelante, hacia él, hacia el hueco de la escalera, como para cerrarle el paso con su cuerpo. Una mujer de sesenta y siete años, con el abrigo de ir al mercado.
Él tiene que pasar. No hay otro camino.
Le pone la mano en el hombro para apartarla. Solo eso. Apartarla, contra la pared, para poder salir. Pero ella está en el borde del primer peldaño, y cuando él empuja, ella no va hacia la pared.
Va hacia atrás.
Él oye el ruido antes de entenderlo. Un golpe. Otro. La barandilla floja crujiendo. Un grito corto, cortado. Después, abajo, en el suelo del taller, un ruido sordo y luego nada.
Se queda quieto en el quinto peldaño, con la mano todavía extendida en el aire.
No quería que se cayera. Quería pasar. Ha empujado igual.
* * *
Baja.
Ella está al pie de la escalera, de lado, con una pierna doblada en un ángulo que no es el de una pierna. Tiene los ojos abiertos. Lo mira. Respira deprisa, con un ruido raro, entre los dientes, pero respira.
—No —dice ella. Solo eso—. No.
Él se agacha a su lado. Le mira la pierna, la cadera. No sangra. Sabe lo que es una cadera rota en una mujer de esa edad: lo ha visto en las casas a las que lo llaman para abrir porque la vieja no contesta. Duele mucho. No se muere nadie de eso esta mañana.
—Lo siento —le dice, y es verdad, y no sabe por qué es verdad—. Lo siento. No tenía que estar ahí.
Le quita del bolsillo del abrigo el móvil que ella llevaba, un teléfono viejo de tapa, y lo deja encima del banco de trabajo, lejos, donde no puede llegar. Arriba, en la cocina, hay un fijo. Ella no va a poder subir esa escalera en mucho tiempo.
Él sí.
Sube los peldaños de dos en dos, sin contarlos esta vez. Sale por la puerta del piso, que cierra con su llave, dos vueltas. Baja a la calle y camina hasta la furgoneta sin correr.
Dentro, con las manos en el volante, se da cuenta de que le tiemblan. Las mira hasta que dejan de temblar.
Faltan ocho horas y treinta y cinco minutos. Ahora ella va a tener un motivo más para no apartar la vista.