Día siete 33
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El juzgado de guardia de Getafe olía a papel y a calefacción vieja. Jimena esperó cuarenta minutos en un pasillo, sentada en una silla de plástico, con un disco duro en la mochila; el otro ya lo había entregado con su oficio en la secretaría.

A las diez y media salió el comisario Ruano del despacho de la jueza, con el abrigo puesto, y pasó por delante de ella sin mirarla.

Dentro, la jueza le explicó a Jimena lo que él había ido a decir.

Lo explicó con cuidado, como quien no quiere tomar partido todavía.

El comisario sostenía que la copia del teléfono se había obtenido sin el consentimiento de su titular, por una persona que lo hacía de forma habitual con cientos de clientes, y que podía estar viciada.

Que usarla antes de resolver sobre su validez podía contaminar todo lo que se derivara de ella.

Que pedía que no se utilizara hasta que el fiscal se pronunciara.

—¿Y usted qué va a hacer?

—Dar traslado al fiscal, que es lo que corresponde. Con carácter urgente. —La jueza la miró por encima de las gafas—. Mientras tanto, inspectora, le recomiendo que trabaje con lo que no está en discusión.

Jimena dio las gracias y salió.

Lo que no estaba en discusión era poco. Tenía un cilindro en su maletero y una petición para compararlo con una llave que estaba en manos de la Brigada de Ruano.

Tenía un oficio al banco que el banco aún no había contestado.

Y tenía un hombre de cincuenta y ocho años con alzhéimer que, según su propio comisario, era el principal sospechoso, y del que nadie le había dejado saber nada.

Ruano le había dicho que lo de Senra era suyo.

Jimena fue hasta el coche, se sentó, y buscó en el móvil la dirección del centro de día.

* * *

La cuidadora se llamaba Rosi, tenía la bata verde y unas ojeras de turno doble, y le enseñó el registro sin hacer preguntas en cuanto vio la placa.

Era una hoja de cálculo impresa, con nombres, horas de entrada y horas de salida. Al lado de SENRA LOZANO, HUGO , el jueves: entrada 09:45, salida 20:10. Salida anticipada, decía una columna. Recoge: sobrino (Iván Senra). Autorizado.

—¿Por qué se lo llevó antes? Los jueves cenan aquí hasta las nueve, ¿no?

—Sí, pero a veces se lo lleva antes, por los médicos.

No me extrañó. —Rosi lo pensó—. Bueno. Ayer sí me extrañó un poco, porque no le había llamado.

Hugo se había puesto muy nervioso con las noticias, y yo pensaba llamarle, pero cuando fui a por el teléfono ya estaba él en la puerta.

Le dije: «Qué casualidad, iba a llamarte». Y él se rio.

—¿A qué hora se puso nervioso Hugo?

Rosi buscó otro cuaderno, uno de tapas azules, y lo abrió por el jueves.

Su letra redonda: 19:40. Hugo muy agitado con la noticia de la chica desaparecida en la tele.

Repite: «Esta vez no fui yo». Abre el armario de las mantas con un clip.

Quiere llevar una manta «a la chica, que tiene frío». Se le calma. Avisar al sobrino.

Jimena lo leyó despacio. Le hizo una foto. Después otra.

Esta vez no fui yo.

En el atestado de la detención de Lidia Camps, que había leído a las seis de la mañana en una pantalla de la comisaría, la llamada al 091 constaba a las 20:30. Comunicante: Iván Senra. Sobrino del propietario. Había visto una luz dentro de la casa. Iba a recoger a su tío.

Pero a su tío ya lo había recogido veinte minutos antes. Sin que nadie lo llamara.

—¿Y hoy? —preguntó Jimena—. ¿Ha venido Hugo hoy?

—Ha venido y se ha ido. —Rosi señaló la hoja—. Lo trajo el sobrino a las nueve y cuarenta y cinco, como siempre, y a las diez volvió a por él. Que se le había olvidado una cita del neurólogo. El pobre chico va loco con todo.

Entrada 09:45. Salida 10:00.

* * *

En el aparcamiento, Jimena marcó el número que constaba en el atestado como teléfono del comunicante.

El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura.

Llamó otra vez. Lo mismo. Buscó el fijo de la casa de los Senra y llamó. Sonó hasta que se cortó.

Se quedó un rato con el móvil en la mano y la frente contra el volante frío.

Un chico de veintiséis años que cuida a su tío enfermo. Que lo saca de la cena veinte minutos antes de llamar al 091 sobre una intrusa que, en ese momento, estaba dentro de la casa. Que hoy lo deja a las nueve y cuarenta y cinco y se lo lleva a las diez. Que tiene el móvil apagado.

No era una prueba. No era nada todavía. Podía ser un sobrino agotado que no sabía lo que hacía.

Jimena arrancó el coche.

Eran las once menos diez. Faltaban nueve horas y diez minutos. Y en algún sitio, desde las diez de la mañana, un hombre que no podía salir solo de casa no estaba donde tenía que estar.