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El móvil de Lidia vibró sobre la libreta, encima de la palabra viernes .
Un número que no tenía guardado. Nueve cifras que no le decían nada, de las que empiezan por seis y pueden ser de cualquiera. Un mensaje.
Soy quien te dejó el móvil esta mañana.
Lidia no contestó. Puso el teléfono boca arriba, en el centro de la mesa, y lo miró como habría mirado una bolsa de pruebas recién llegada: sin tocarla todavía. Los tres puntos aparecieron, desaparecieron, volvieron a aparecer.
Perdona la hora. Perdona todo. No sé hacer esto.
Ya sé que lo has visto. Por eso te lo llevé a ti.
Escribió con un dedo, despacio.
¿Quién eres?
Pasó un minuto entero antes de la respuesta.
Es de mi tío. El móvil. Lo encontré en un cajón de su casa, envuelto en un trapo. Él no está bien de la cabeza, ya no se acuerda de casi nada, yo le cuido. Lo encendí para ver de quién era y vi los vídeos. Los viejos y el de hoy. Creo que la tiene él. No sé dónde.
No he dormido desde entonces.
Lidia leyó despacio, buscando lo que no encajaba, como habría buscado una contaminación en una muestra. Un sobrino. Un tío que no se acordaba de nada. Un cajón. Podía ser verdad. Podía ser exactamente lo que diría alguien que quisiera que ella lo creyera.
¿Por qué a mí?
Porque sé quién eres. Salías en las noticias, en 2020. Eras la que casi lo pilla. Pensé que si alguien me iba a creer, ibas a ser tú.
Te lo dejé a ti para que lo llevaras tú. A ti te iban a escuchar. Si voy yo, se lo llevan a él, que no sabe ni qué día es, y a ella no la encuentra nadie. La otra vez la policía ya lo soltó.
Lidia se quedó con esa última frase. La otra vez la policía ya lo soltó. La había pensado ella misma mil veces, de madrugada, con otras palabras.
El móvil se borró cuando iba a entregarlo. Alguien lo borró a distancia. ¿Fuiste tú?
No. Te lo juro. No sé cómo se hace eso. Mi tío tiene una cuenta en el ordenador, a veces lo enciende y toca cosas, no sé qué toca. Me da miedo lo que hace cuando no le veo.
No era una respuesta que se pudiera comprobar, y Lidia la apuntó así, en la columna de lo que no sabía. Antes de que escribiera nada, llegó otro mensaje. Más largo.
La chica se llama Noa Esteve. Trabaja de camarera en el bar Duero, en Usera, en el turno de noche. La reconocí en el vídeo porque desayuno ahí a veces, cuando salgo de un trabajo temprano. Siempre te pregunta si quieres el café como siempre aunque no te conozca.
Compruébalo. Por favor. Así sabrás que no te miento.
Y si mañana nadie la está buscando, voy yo a la policía. Aunque se lo lleven.
Lidia apuntó el nombre en la libreta, debajo de la cuenta de los días. Noa Esteve. Lo escribió en mayúsculas y lo volvió a escribir debajo, en minúsculas, como si así le pusiera cara.
Le dolían los hombros. Hacía seis años que no tenía un nombre que buscar.
Gracias por llevármelo , escribió, y lo borró antes de mandarlo. Querer creerle no era lo mismo que creerle. Escribió otra cosa.
¿Cómo se llama tu tío?
Los tres puntos tardaron. Desaparecieron. Volvieron.
Hugo Senra.