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La luz del taller lleva encendida dos horas y diecisiete minutos, desde que ella volvió.
Él lo sabe porque lo ha contado. Cuenta bien.
Cuenta los peldaños de las escaleras, los minutos de los semáforos, las vueltas de una llave antes de que ceda.
Desde el coche, aparcado en la acera de enfrente entre una furgoneta de reparto y un contenedor de vidrio, ve la persiana bajada y, por la rendija de abajo, una franja amarilla sobre la acera mojada.
Ella está ahí dentro. Mirando.
No necesita verla para saberlo. Ella siempre mira. Por eso ella. Por eso no otra.
Tiene el motor encendido por la calefacción, y el vaho le empaña el cristal cada pocos minutos.
Lo limpia con el dorso del guante, despacio, en círculos, siempre empezando por la misma esquina.
No pone la radio. Pasan un autobús nocturno, una moto, dos chicos que vuelven de algún sitio dándose empujones y que no miran el coche, porque nadie mira un coche parado a medianoche en una calle de Usera.
* * *
Hoy se ha portado bien.
Ha ido a la policía, como tenía que ir. Ha vuelto con las manos vacías, como tenía que volver.
Ha cruzado el río, ha bajado al metro, ha salido a la lluvia y se ha parado a cien metros de la puerta, justo donde tenía que pararse.
Él lo sabe. Y ha sentido algo parecido a la ternura, como ante un aprendiz que por fin hace el gesto correcto.
La otra también se ha portado bien. Ha dicho el número a la primera, sin llorar. Ha comido.
No sabe cómo llamar a lo que siente por las dos. Gratitud, quizá. Hay muy poca gente en el mundo que haga exactamente lo que tiene que hacer, cuando tiene que hacerlo. Ellas lo están haciendo. Las dos.
Hace seis años ella ya miraba. Llevaba una bata blanca y unos guantes de látex, y miraba de cerca, mejor que nadie. Y alguien no la dejó terminar. Le quitaron lo que estaba mirando de las manos y la mandaron a casa.
Esta vez nadie se lo va a quitar. Esta vez va a mirar hasta el final.
* * *
Faltan cuarenta y cuatro horas y cinco minutos. Él también las ha contado.
A las doce menos tres minutos, la franja amarilla de debajo de la persiana se apaga.
Él apaga el motor.