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A las diez y media, con la persiana bajada y la estufa apagada, Lidia abrió la copia.
Antes hizo una segunda copia en un disco aparte, como en el laboratorio. Esta no pensaba perderla. El disco iría después a casa de su madre, a la caja de zapatos del armario del pasillo, con los demás.
Pensó en la Jefatura mientras la barra avanzaba.
En el agente que dejó de escribir. En Ruano, con el abrigo puesto, diciéndole que se fuera a casa como quien aparta a un perro de la puerta.
En la inspectora joven que había salido a la lluvia sin abrigo para darle una tarjeta.
La tarjeta estaba sobre la mesa, junto al teclado.
Jimena Saiz. Grupo de Desaparecidos. Un número de móvil escrito a mano en el dorso.
No la llamó. Todavía no tenía nada que pudiera enseñarle sin enseñarle también lo que no debía.
* * *
Los siete vídeos de Beatriz estaban en el mismo orden en que se grabaron.
El primero, del sábado 7 de noviembre de 2020, a las ocho de la tarde. El segundo, del domingo, a las ocho de la tarde. Todos a las ocho, con una diferencia de uno o dos minutos. Lidia los fue abriendo uno detrás de otro, sin saltarse ninguno, con las manos quietas sobre la mesa.
En el primero, Beatriz miraba a la cámara con rabia.
En el segundo, con miedo. En el tercero ya no miraba a la cámara: miraba a quien la grababa, como si buscara algo en él, una rendija.
En el cuarto pedía agua con la voz rota.
En el quinto se había recogido el pelo, y Lidia tardó en entender por qué ese gesto le apretaba la garganta: pensó que Beatriz quería salir guapa en el vídeo.
Que su madre, si lo veía alguna vez, la viera bien.
En el sexto casi no se la oía.
El séptimo duraba once segundos. Beatriz estaba tumbada de lado sobre la colchoneta, con los ojos abiertos. La cámara se acercó. Ella movió los labios y no salió nada. Alguien, fuera de plano, esperó. Después, con un hilo de voz, Beatriz dijo:
—Hoy es el día siete.
La imagen se cortó.
No había un octavo vídeo.
Lidia se quedó mirando la pantalla negra.
En 2020 la Policía Judicial había registrado la casa de Hugo Senra, su furgoneta y su taller de cerrajería, y no encontró ningún teléfono.
Ese teléfono. Si lo hubieran encontrado, nadie habría necesitado la cuerda, ni la muestra, ni el registro de custodia, ni a ella.
Seis años de su vida dependían de un aparato que alguien había guardado en un cajón y que esa mañana le habían dejado en el mostrador dentro de una bolsa del súper.
Pensó en el hombre de la gorra. ¿Cuántos años tenía? No lo sabía. No le había visto la cara: la gorra hasta las cejas, el cuello del anorak subido, los guantes. Hugo Senra tendría ahora cincuenta y tantos. Podía ser él. Podía no serlo.
* * *
Volvió al vídeo de la chica de hoy. El único de ella que tenía.
Había una diferencia, y la apuntó en una libreta, porque pensaba mejor con un bolígrafo en la mano. Los vídeos de Beatriz se grabaron a las ocho de la tarde; el de la chica, a las siete y dos de la mañana. Distinta hora. El mismo ritual. La misma pared, la misma frase, la misma cuenta de los días.
Debajo escribió las fechas.
Beatriz: día uno, sábado. Día siete, viernes. Después, nada.
La chica: día cinco, hoy, miércoles.
Lidia hizo la cuenta con el bolígrafo, despacio, como si al escribirla pudiera cambiar.
Día seis, jueves. Día siete, viernes.
Y el último vídeo de Beatriz era de las ocho de la tarde.
Subrayó dos veces la última línea, aunque no hacía falta. Si el ritual era el mismo, a la chica le quedaba hasta el viernes a las ocho.