Devota de Uno, Puta para Todos Capítulo 11 La Partida
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Capítulo 11 La Partida

Los amigos llegaron poco a poco: Javier, Marcos, Carlos y Miguel.

Erick se quedó en el dormitorio descansando, tal como había dicho.

Yo los recibí con una sonrisa cálida, sirviendo las primeras copas, ofreciendo aperitivos.

La partida de póker comenzó en el salón, con risas, humo de cigarrillos y el tintineo de vasos.

Yo me movía entre ellos, rellenando bebidas, trayendo más hielo, asegurándome de que no faltara nada.

La tensión creció pronto. Javier fue el primero en hacer un comentario mientras yo me inclinaba para servirle whisky.

—Malena, siempre tan atenta —dijo con una sonrisa cargada—. Erick tiene suerte de la mujer que tiene.

Los demás rieron. Miguel, que ya conocía mi disponibilidad de la comida familiar, me agarró el culo enérgicamente cuando pasé a su lado. No protesté en absoluto. Sabía lo que Erick esperaba de mí esa noche. Atenderlos. Que no les faltara de nada. Incluido yo misma si así tiene que ser.

La partida avanzaba. Las apuestas subían, las risas se volvían más altas con el alcohol.

Yo seguía sirviendo, inclinándome más de lo necesario, dejando que el vestido se subiera y mostrara mis muslos y el escote se pronunciara más de lo necesario.

Carlos me tocó abiertamente en un momento en que los demás estaban concentrados en sus cartas: su mano subió por mi pierna hasta encontrar mi coño desnudo y húmedo.

Me acarició el clítoris un segundo, sonriendo, y siguió jugando como si nada.

La noche se extendía con esa doble capa: la partida de póker normal, las bromas entre amigos, y yo siendo el centro de una atención cada vez más explícita. Sabía que antes de que terminara la noche, Erick querría que los atendiera de formas más directas. Y yo estaba lista. Siempre lista.

La partida de póker continuaba con el mismo ritmo animado de siempre.

Las cartas se repartían, las apuestas subían con risas y comentarios subidos de tono, el humo de los cigarrillos flotaba en el salón y el whisky bajaba en los vasos.

Yo me movía entre ellos como la anfitriona perfecta, rellenando copas, trayendo más hielo y asegurándome de que la mesa estuviera siempre llena de snacks.

Mi vestido negro se ceñía a mi cuerpo con cada movimiento, marcando mis pechos y subiéndose ligeramente por los muslos.

Debajo, seguía sin nada. La humedad entre mis piernas era constante, un recordatorio de la tarde y de lo que se esperaba de mí esa noche.

Miguel, sentado en el lado derecho de la mesa, levantó su vaso vacío y me miró directamente.

—Malena, relléname la copa, por favor. Y siéntate aquí a mi lado un rato haber si me traes suerte.

Su voz era casual, pero la mirada no lo era, era más directa hacia mi cuerpo y se relamía los labios mientras lo pronunciaba.

Los demás siguieron jugando sin detener la partida.

Me acerqué, serví el whisky con hielo y me senté en la silla que me indicó, justo a su lado.

Apenas me acomodé, Miguel alargó su mano libre de cartas y, sin ningún cuidado ni disimulo, la metió por el escote de mi vestido y me agarró un pecho con firmeza.

Sus dedos apretaron la carne suave, pellizcando el pezón con fuerza.

Gemí bajito, pero nadie detuvo la partida.

Las cartas siguieron cayendo, las apuestas continuaron, las risas y comentarios sobre manos malas siguieron sonando.

El contacto directo, delante de todos, me calentó al instante.

Sentí cómo mi coño se mojaba mucho más, un calor líquido extendiéndose entre mis piernas.

Miguel siguió jugando con su otra mano mientras amasaba mi pecho con la que tenía libre, tirando del pezón, apretando la carne.

Los otros amigos miraban de reojo, sonriendo, pero la partida no se detuvo.

Javier comentó algo sobre una mala jugada y Marcos rio.

Yo permanecí sentada, respirando más pesado, dejando que Miguel me tocara como quería.

—Miguel siempre igual, que te gustan las tetas, cabrón— dijo Carlos.

Al poco rato, Miguel pasó la mano de mi pecho a mi cabeza.

Me agarró del cabello con fuerza y tiró de mí hacia su regazo.

No resistí. Me incliné, desabroché su pantalón con dedos temblorosos de excitación y saqué su miembro ya duro y grueso.

Empecé a chuparla delante de todos. Mi boca se abrió y la cabeza gruesa entró entre mis labios.

Chupé con dedicación, moviendo la cabeza arriba y abajo, la lengua girando alrededor mientras mi saliva empezaba a correr por el tronco.

Miguel no bajó la voz. Siguió jugando y hablando con tono fuerte, sin descaro alguno.

—Así, Malena. Más profundo. Quiero sentir cómo te llena la garganta.

Chupé más profundo, tragando alrededor de su polla, dejando que tocara el fondo de mi boca.

Los sonidos húmedos de mi succión se mezclaban con las voces de la partida.

Nadie dejó de jugar. Las cartas seguían cayendo, las fichas moviéndose, pero todas las miradas se desviaban hacia mí de vez en cuando.

—Usa la lengua más en la cabeza —ordenó Miguel, tirando de mi cabello para guiarme—. Eso es. Chúpala como la puta que eres para Erick y para nosotros.

Obedecí. Mi lengua lamió la cabeza hinchada con dedicación, succionando, tragando.

Mi mano subió a sus bolas, acariciándolas mientras mi boca trabajaba el tronco.

La saliva corría por mi barbilla, goteando sobre sus pantalones.

Miguel seguía jugando, apostando, comentando las manos de los demás con voz normal, como si tener a la mujer de su amigo chupándosela bajo la mesa fuera lo más normal del mundo.

—Ahora quédate abajo quieta. Quiero follarte yo la boca.

Acorté el ritmo, casi sin mover la cabeza, dejando que me follara la boca con pequeñas embestidas de sus caderas.

Los gemidos ahogados salían de mi garganta.

El resto de los amigos seguían la partida, pero el ambiente había cambiado.

Javier se ajustó en su asiento, claramente excitado.

Carlos sonreía sin disimulo. La partida continuaba, pero yo era ahora el centro de atención silenciosa.

Miguel agarró mi cabello con más fuerza y empujó más profundo.

—Trágala toda. Quiero correrme en tu garganta mientras sigo jugando.

Chupé con más intensidad, succionando, tragando, dejando que su polla entrara y saliera de mi boca con sonidos obscenos. Miguel gruñó bajo, pero siguió hablando con los demás.

—Subo la apuesta. Malena, más fuerte.

Obedecí. Mi cabeza subía y bajaba con ritmo rápido, la saliva corriendo, los ojos llorosos por el esfuerzo. Miguel se tensó, empujó profundo y se corrió en mi garganta con un gruñido controlado. Tragué todo, limpiando su polla con la lengua mientras él seguía jugando como si nada.

—Buena chica —murmuró, dándome una palmada en la cabeza—. Sigue así toda la noche.

La partida continuó. Yo me quedé de rodillas entre sus piernas, chupando suavemente mientras la noche avanzaba, recordando a Víctor, al final ya era una puta. Sabía que esto solo era el comienzo de lo que Erick esperaba de mí.

La partida de póker continuaba con el mismo ritmo animado, pero el ambiente en el salón se había cargado de una electricidad palpable.

Después de que Miguel se corriera en mi boca y yo limpiara su polla con dedicación, me quedé de rodillas a su lado unos minutos más, lamiendo suavemente mientras él seguía jugando.

El sabor de su semen todavía estaba en mi lengua, mezclado con mi propia saliva.

Los amigos comentaban las manos, apostaban fichas, reían, pero sus miradas se desviaban hacia mí con frecuencia.

Javier, sentado al otro lado de la mesa, fue el siguiente en hablar.

—Malena, ven aquí. Ponte a mi lado.

Su voz era casual, pero el tono bajo y autoritario no dejaba lugar a dudas.

Me levanté, el vestido negro todavía en su sitio, y me acerqué a él.

Javier apartó un poco su silla para darme espacio.

Apenas me senté a su lado, su mano izquierda subió por mi muslo y, sin ningún cuidado ni disimulo, me levantó el vestido hasta la cintura.

Mi culo quedó completamente fuera, redondo y expuesto a la vista de todos los que estaban alrededor de la mesa.

Por delante, mi coño desnudo y ya empapado quedó a la vista de todos.

El aire fresco del salón rozó mi piel húmeda, haciendo que me estremeciera.

Nadie detuvo la partida. Las cartas siguieron cayendo, las fichas moviéndose, las voces comentando jugadas.

Pero todas las miradas se posaron en mí durante un segundo eterno.

Javier pasó la mano por mi culo con calma, bajando desde el agujero hasta mi coño.

Sus dedos recorrieron la humedad, excitándome en exceso.

Gemí bajito, separando ligeramente las piernas para facilitarle el acceso.

Su pulgar presionó contra mi ano, rodeándolo, mientras los otros dedos masajeaban mi clítoris hinchado con movimientos circulares lentos pero firmes.

—Estás empapada —murmuró sin apartar la vista de sus cartas—. Buena chica.

Me introdujo el pulgar en el culo lentamente, abriéndome, mientras los otros dedos seguían frotando mi clítoris.

El placer fue inmediato y profundo. Mi coño chorreaba, goteando sobre su mano y sobre la silla.

Javier seguía jugando, apostando fichas con la mano derecha, comentando una mala jugada de Marcos como si nada.

Yo permanecía sentada a su lado, el vestido subido hasta la cintura, el culo y el coño expuestos a la vista de todos, recibiendo sus dedos con la respiración agitada.

Javier se bajó el pantalón y el bóxer con la mano derecha sin dejar de jugar, dejando su polla dura y gruesa al aire. Se puso de lado en la silla, todavía con el pulgar en mi culo y los dedos en mi clítoris, y me ordenó con voz firme pero tranquila:

—Siéntate y cabalga.

Obedecí sin dudar. Me levanté ligeramente, me coloqué sobre él y bajé despacio, dejando que su polla entrara en mi coño empapado.

Gemí más alto cuando me llenó por completo.

Empecé a cabalgarlo con movimientos lentos al principio, subiendo y bajando mientras él seguía jugando.

Su polla entraba y salía de mí con facilidad, golpeando profundo con cada descenso.

Javier mantenía la mano en mi clítoris, frotando mientras yo rebotaba sobre él.

La partida no se detuvo. Los amigos seguían apostando, riendo, comentando.

Miguel sonreía mirando cómo me follaba a su amigo.

Carlos y los demás lanzaban miradas cargadas.

Yo cabalgaba con ritmo creciente, el vestido subido hasta la cintura, los pechos balanceándose bajo la tela.