Capítulo 10 Mira y Calla
La mañana continuó con esa tensión latente.
Limpié el salón, doblé la ropa, preparé algo ligero para comer más tarde.
Desde el dormitorio llegaban sonidos amortiguados: gemidos de la mujer, el sonido rítmico de la cama, la voz grave de Erick dando órdenes.
Cada sonido me mojaba más. Me tocaba discretamente mientras limpiaba, rozando mi clítoris, manteniendo el fuego vivo sin correrme.
La entrega era completa. Mi mundo paralelo y el de Erick se tocaban ahora de forma más explícita, y yo navegaba entre ambos con una excitación que no podía negar.
De repente, los sonidos del dormitorio cambiaron.
Se volvieron más intensos, más primitivos.
Se escuchaban palmadas muy fuertes, el golpe seco de piel contra piel, y gemidos guturales de la mujer que se mezclaban con la voz ronca de Erick.
El ritmo era salvaje, sin contención. La cama crujía con fuerza, las palmadas resonaban como latigazos.
Yo me quedé quieta en el pasillo, la cesta de ropa limpia en las manos, escuchando.
El contraste era brutal: la casa ordenada, el sol entrando por las ventanas, y ese sonido animal que venía del dormitorio donde mi marido follaba a otra mujer.
Las palmadas se volvieron más rápidas, más fuertes.
La mujer gemía descontrolada, casi llorando de placer.
Luego llegó un gemido muy prolongado de Erick, profundo, gutural, casi un rugido que llenó toda la casa.
Se corrió con fuerza. Lo supe por la forma en que su voz se quebró, por el sonido final de la cama y el silencio repentino que siguió.
Me quedé inmóvil, sintiendo cómo mi propio coño palpitaba al imaginar la escena.
Al poco rato, la puerta del dormitorio se abrió.
Salieron los dos. La mujer caminaba con las piernas temblorosas, los ojos rojos y llorosos, el maquillaje corrido por las lágrimas de placer.
Por sus muslos caía leche espesa, semen de Erick corriendo en hilos visibles hasta sus rodillas.
El pasillo quedó marcado con gotas y rastros blancos del suelo.
Erick iba desnudo, la polla todavía morcillona, brillante de fluidos.
Me miró con esa calma posesiva que conocía tan bien.
—Es hora del almuerzo —dijo con naturalidad, como si nada hubiera pasado—. Prepara algo rápido. Todavía voy a seguir con la amiga.
Asentí sin decir una palabra. La mujer no me miró directamente, avergonzada pero claramente satisfecha.
Se metieron en el baño para ducharse. Yo fui a la cocina, desnuda, y empecé a preparar un almuerzo rápido: ensalada, pollo a la plancha, arroz.
Mientras cortaba verduras, el semen de los encuentros anteriores se movía en mi interior.
El pasillo estaba manchado, prueba visible de lo que había ocurrido.
Limpié las gotas con papel, sintiendo una mezcla compleja de excitación, humillación y entrega total.
El agua de la ducha corría. Imaginaba sus cuerpos juntos bajo el agua, Erick follándola de nuevo contra los azulejos.
Mi coño palpitaba. Terminé de preparar la mesa y me senté un momento, esperando.
Cuando salieron del baño, la mujer tenía el cabello mojado y una expresión de agotamiento placentero.
Erick la llevó de nuevo al dormitorio sin decirme nada.
La puerta se cerró. Los sonidos volvieron a empezar poco después: gemidos, palmadas, la voz de Erick ordenando.
Yo me quedé en la cocina, terminando de colocar los platos, sabiendo que mi rol en ese momento era esperar, servir y aceptar. La entrega era absoluta. Y yo la vivía con una intensidad que ya no podía separar de mi identidad.
La puerta del dormitorio se abrió por fin.
Erick salió primero, completamente desnudo, con la polla todavía dura y brillante.
Detrás de él venía la mujer, a horcajadas sobre él, clavada profundamente en su miembro.
Sus piernas rodeaban la cintura de mi marido, los brazos alrededor de su cuello, y gemía bajito con cada movimiento.
El semen de las corridas anteriores corría por sus muslos y goteaba al suelo del pasillo.
Erick la sujetaba por el culo con las manos fuertes, caminando con ella empalada mientras avanzaban hacia la cocina.
En el marco de la puerta del dormitorio, Erick se agarró al quicio con una mano y la embistió fuertemente varias veces.
Los golpes eran profundos, brutales, haciendo que la mujer gritara de placer contra su cuello.
Sus pechos se balanceaban con violencia y el sonido húmedo de la polla entrando y saliendo de su coño llenaba el pasillo.
Yo observaba desde la cocina, de pie junto a la mesa ya puesta, aceptando todo en silencio.
No había celos. Solo esa entrega absoluta que me definía.
Erick dio unos pasos más hacia la cocina, todavía follándola en el aire.
Cada paso hacía que la mujer se clavara más profundo en su polla.
La dejó caer contra la pared del pasillo, sujetándola con fuerza, y siguió con las embestidas rápidas y fuertes.
La pared vibraba ligeramente. La mujer gemía descontrolada, las uñas clavadas en la espalda de Erick, empujando hacia abajo para recibirlo todo.
Yo me quedé quieta, mirando cómo mi marido perforaba a otra mujer a solo metros de mí.
El contraste era abrumador: la casa familiar, la mesa puesta para el almuerzo, el olor a comida, y esta escena salvaje en el pasillo.
Finalmente llegaron a la cocina. Erick se sentó en una de las sillas, todavía con ella encima.
La mujer empezó a rebotar en su miembro con desesperación, subiendo y bajando, sus pechos golpeando contra su pecho.
Erick la agarraba por las caderas, guiándola, follándola desde abajo con embestidas fuertes.
Los gemidos llenaban la cocina. Yo serví los platos en silencio, colocando la ensalada y el pollo frente a ellos, mientras la mujer seguía cabalgando a mi marido con hambre.
Al final, Erick se levantó, todavía dentro de ella, y la colocó sobre la mesa del comedor.
Le levantó las piernas y se las puso sobre sus hombros.
La penetró por el culo en esa posición, follándola con fuerza mientras comía de pie.
La mujer gemía descontrolada, recibiendo cada embestida profunda en su ano.
El semen de las corridas anteriores salía con cada salida de la polla, manchando la mesa.
Yo me senté en mi silla, comiendo mi almuerzo en silencio, mirando todo.
Perdí la cuenta de las corridas que llevaban.
La mujer se corrió varias veces más, temblando, gritando, mientras Erick seguía follándola sin piedad.
Yo solo miraba y aceptaba. Comí despacio, saboreando cada bocado, mientras mi marido usaba a la mujer sobre la mesa de nuestra cocina.
Mi coño palpitaba, mojado, pero no me tocaba.
Solo observaba, sintiendo la entrega total en cada fibra de mi ser.
Cuando terminaron, Erick se corrió una vez más dentro del culo de la mujer, gruñendo fuerte.
Ella quedó tendida sobre la mesa, temblando, con semen saliendo de su ano y de su coño.
Erick me miró, todavía respirando agitado, las gotas de sudor le caían por su torso y espalda.
—Limpia todo esto cuando acabes —dijo con calma—. Y prepárate. Esto no ha terminado.
Yo asentí, terminando mi almuerzo sentada, mirando cómo la mujer intentaba recuperarse sobre la mesa. La escena se había grabado en mi mente para siempre. Y yo la aceptaba con todo mi ser.
Terminé mi almuerzo despacio, saboreando cada bocado mientras observaba la escena que tenía delante.
La mujer seguía tendida sobre la mesa, respirando agitada, con el semen de Erick saliendo de su ano y de su coño en hilos espesos que manchaban la madera.
Sus piernas temblaban ligeramente, los ojos entrecerrados por el placer acumulado.
Erick se limpió con una servilleta, todavía desnudo, la polla caída a un lado, casi rígida todavía, brillando.
Me miró con esa calma posesiva que tanto conocía y asintió hacia la mesa.
—Ve al dormitorio y espéranos allí. Desnuda. De rodillas y con el culo bien empinado.
Obedecí inmediatamente. Caminé por el pasillo, sintiendo el semen seco en mis muslos de los encuentros anteriores, y entré al dormitorio.
Me quité la poca ropa que llevaba y me arrodillé en el suelo, al lado de la cama, con las rodillas abiertas y las manos sobre los muslos.
La espera fue tensa pero placentera. Escuchaba sus voces en la cocina: risas bajas, el sonido de vasos, la ducha corriendo de nuevo.
Mi mente giraba entre la humillación dulce y la excitación profunda.
No era solo ver a Erick con otra. Era formar parte de ello, aunque fuera como espectadora obediente. Esa era mi rol. Y lo abrazaba.
Al cabo de unos minutos entraron. Erick traía a la mujer de la mano. Ella tenía el cabello mojado de la ducha, el cuerpo marcado con huellas rojas de manos y mordiscos. Me miró un segundo, casi con curiosidad, pero no dijo nada. Erick la empujó suavemente sobre la cama y se giró hacia mí.
—Ven aquí.
Me acerqué de rodillas. Me indicó que me subiera a la cama, al lado de la mujer.
Me colocó a cuatro patas junto a ella, culo elevado, y me penetró el coño de un solo empujón profundo.
Gemí fuerte, empujando hacia atrás para recibirlo todo.
Mientras me follaba, empezó a tocar a la mujer con la otra mano, metiendo dedos en su coño todavía lleno de semen.
El ritmo era pausado pero intenso. Alternaba entre follarme a mí y tocarla a ella, manteniéndonos a las dos al borde.
—Mirad cómo os uso —gruñó, acelerando las embestidas en mi coño—. Las dos sois mías hoy.
La mujer gemía a mi lado, tocándose los pechos mientras Erick la masturbaba.
Yo empujaba hacia atrás, recibiendo cada golpe, sintiendo cómo su polla entraba y salía de mí con facilidad por lo mojada que estaba.
El placer crecía rápido. Erick me folló con más fuerza, agarrándome del cabello, y se corrió dentro de mí con un gemido ronco, llenándome de nuevo.
Apenas se retiró cuando ordenó a la mujer que me limpiara con la lengua.
Ella obedeció, poniéndose detrás de mí y lamiendo mi coño lleno de semen de Erick. Su lengua era hábil, recorriendo mis labios, entrando en mí, succionando. Gemí contra la almohada, empujando hacia su boca. Erick observaba, masturbándose lentamente, recuperando la dureza.
La tarde se extendió así, en una sucesión de posiciones y placeres.
Erick nos follaba alternativamente, nos hacía chupársela juntas, nos ponía una contra la otra para que nos tocáramos mientras él miraba.
Perdí la cuenta de las veces que me corrí.
La mujer también. El dormitorio olía a sexo, a sudor, a semen. Las sábanas estaban empapadas.
Al final de la tarde, cuando el sol ya bajaba, Erick se corrió una última vez en la boca de la mujer y nos miró a las dos, exhaustas y satisfechas en la cama.
—Esto ha estado bien —dijo con calma—. La próxima vez traeré a otro más porque estoy agotado.
Yo me quedé allí, respirando agitada, aceptando las palabras con una excitación renovada. Mi entrega era total. Y el futuro parecía lleno de posibilidades que ya no me daban miedo.
Al final de la tarde, cuando el sol ya se escondía tras los edificios y la luz del dormitorio se volvía más cálida y anaranjada, Erick y la mujer se separaron por fin.
Ella estaba exhausta, tumbada de lado en la cama, respirando agitada, con el cuerpo cubierto de sudor y marcas rojas.
Erick se dejó caer a su lado, también cansado, la polla blanda y brillante de fluidos.
Me miró a mí, todavía de rodillas al lado de la cama, desnuda y esperando.
—Nos vamos a descansar —dijo con voz ronca, agotada—. Estamos agotados.
La mujer asintió, casi sin fuerzas, y se acurrucó contra él. Erick me dedicó una última mirada posesiva y añadió:
—Esta noche hay partida de póker en casa con los amigos. Yo estaré descansando. Tú atiende a mis amigos y que no les falte de nada: whisky, hielo, tabaco, todo lo que ellos quieran. Creo que no podré participar en la partida.
Asentí en silencio, sintiendo cómo esas palabras se clavaban en mí con esa mezcla de excitación y entrega que ya era parte de mi ser.
Me levanté, recogí la ropa sucia del suelo y salí del dormitorio cerrando la puerta con suavidad.
El pasillo todavía tenía rastros del día, pero los limpié con calma mientras mi mente procesaba la orden.
Otra noche de servicio total. Otra noche en la que mi rol de pareja siempre dispuesta se extendería a los amigos de mi marido.
Preparé la casa para la velada. Coloqué botellas de whisky en la mesa del salón, hielos en el cubo, cigarrillos y ceniceros limpios.
La casa olía a limpio, a cena ligera que había preparado antes.
Me duché rápidamente, eligiendo un vestido sencillo pero sugerente: negro, ceñido en la cintura, cortó lo suficiente para que al inclinarme se viera más de lo necesario.
Debajo, nada. Siempre nada. Me maquillé con discreción y esperé.