Devota de Uno, Puta para Todos Capítulo 9 De nuevo Usada y Erick compartido
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Capítulo 9 De nuevo Usada y Erick compartido

Salí del baño y me dirigí a la cocina para ayudar con el café, como si nada hubiera pasado.

El ambiente familiar seguía intacto: el olor dulce del postre, las voces conversando sobre anécdotas antiguas, el sol entrando por las ventanas.

Erick me miró desde el salón con una expresión que conocía bien, esa mezcla de orgullo y deseo.

Carlos estaba sentado de nuevo junto a Laura, charlando con normalidad.

Pero yo notaba la diferencia. Sabía que algo más se cocía.

Suponía que Carlos había hablado con Erick en algún momento, quizás en el jardín o en un aparte rápido.

La complicidad masculina era palpable en las miradas que intercambiaban.

La madre de Erick me pasó la bandeja de tazas y yo empecé a servir el café en la cocina, de espaldas a la puerta.

El vestido se pegaba ligeramente a mis muslos húmedos.

Escuché pasos detrás de mí. No era Erick.

Era el otro cuñado, Miguel, el marido de Laura.

Alto, más callado que Carlos, de mirada intensa y manos grandes.

Se acercó por detrás sin decir nada al principio, su cuerpo pegándose al mío mientras yo colocaba las tazas en la bandeja.

—Erick me contó lo que pasó bajo la mesa —susurró contra mi oído, su voz grave y directa—. Y lo que hiciste con Carlos en el baño. Eres una puta increíble, Malena.

No me dio tiempo a responder. Sus manos levantaron el vestido por detrás con decisión, exponiendo mi culo desnudo.

Sentí su polla ya dura presionando contra mí.

No usó lubricante alguno, solo empujó directamente contra mi ano, yo todavía sensible por lo que había ocurrido antes.

El ardor fue intenso cuando la cabeza forzó la entrada, abriéndome sin piedad.

Gemí bajito, agarrándome al borde de la encimera mientras él se hundía lentamente, centímetro a centímetro, en mi culo.

El dolor inicial se mezcló con un placer profundo, prohibido.

Miguel era más grueso, más impaciente. Aguanté sus fuertes embestidas, mordiéndome el labio para no hacer ruido.

La cocina estaba a solo unos metros del salón.

Se oían las voces claras: mi futuro suegro contando una historia, Laura riendo, Erick respondiendo con calma.

El ruido de cucharas removiendo el café.

Y yo, empotrada contra la encimera, recibiendo la polla de Miguel en el culo sin lubricante, aguantando cada arremetida fuerte y profunda.

Miguel me follaba con ritmo duro, sus manos apretando mis caderas, tirando de mí hacia él.

Cada golpe hacía que mis pechos se balancearan bajo el vestido, que mi coño gotease sobre el suelo de la cocina.

El contraste era abrumador: el ambiente familiar correcto, el olor a café y postre, las conversaciones banales, y yo siendo usada en la cocina como una puta familiar.

—Joder, qué culo tan apretado tienes, justo como a mí me gusta y encima acompañado de esas tremendas tetas—gruñó Miguel en mi oído, acelerando las embestidas y amasando bien mis tetas—. Erick tiene suerte de tener a una buena puta como tú.

Aguanté, empujando hacia atrás, recibiendo todo.

El ardor se convirtió en placer puro. Mi ano se adaptaba a él, abrazándolo con cada retirada.

Miguel follaba con fuerza, sin piedad, sus bolas golpeando contra mí.

Yo mantenía el rostro hacia la ventana, fingiendo que organizaba las tazas, mientras por dentro mi cuerpo ardía.

Estaba cerca otra vez. El riesgo de que alguien entrara en la cocina en cualquier momento amplificaba todo.

Miguel se tensó, empujando profundo una última vez, y se corrió dentro de mi culo.

Chorros calientes me llenaron, mezclándose con lo que ya había dejado Erick antes.

Se quedó enterrado unos segundos, respirando agitado, y luego se retiró.

El semen empezó a salir de mí inmediatamente, corriendo por mis muslos.

Me bajó el vestido con un gesto casi cariñoso y me dio una palmada suave en el culo, saliendo a hablar directamente con Erick.

Mientras me arreglaba el vestido con manos temblorosas y sentía cómo el semen de ambos corría por mis piernas, como una tremenda puta, y eso me empezaba a gustar más de lo que podía imaginar.

Mi mente se llenó de un torbellino de pensamientos.

Víctor. El nombre resonaba en mi cabeza como un eco peligroso.

Erick me había advertido sobre él, sobre esa trama oscura de prostitución con mujeres de amigos, de parejas que terminaban rotas por sus juegos.

Y yo, que había creído que mi encuentro con Víctor en el parque era solo una conversación inocente, ahora sentía una atracción perversa hacia ese riesgo.

Saber que Víctor podía ser tan manipulador, que tenía el poder de destruir relaciones, no me alejaba.

Al contrario, me atraía de una forma que me asustaba y excitaba al mismo tiempo.

La idea de que un hombre me usara como una vulgar puta, de que pudiera involucrarme en algo tan prohibido, hacía que mi coño palpitara con más fuerza.

¿Era eso lo que me definía ahora? ¿La necesidad de caminar al borde del peligro mientras mantenía mi vida con Erick intacta?

Guardar silencio sobre Víctor era mi decisión, pero esa decisión empezaba a pesar más de lo que imaginaba.

La doble vida se volvía más adictiva cuanto más peligrosa parecía.

—Mañana la tipa esa va a mi casa —pude escuchar en la conversación de Miguel con Erick, que estaba en el salón sentado—. Puedes venir a mi casa y hacerle lo que quieras, tu hermana ya sabes que no dirá nada. Es toda tuya.

Erick sonrió con esa oscuridad que yo conocía tan bien. Me miró, sabiendo exactamente en qué estado me encontraba: el culo lleno de semen, las piernas temblando, la cara sonrojada. La comida familiar continuaba en el salón, pero yo sabía que esto solo era el principio de lo que vendría después.

Nadie comentó nada durante el resto de la comida.

Las conversaciones siguieron fluyendo con la misma naturalidad de siempre: anécdotas del trabajo, planes para las próximas vacaciones, el precio de la gasolina, el último partido de fútbol.

Mi suegra servía más café y preguntaba por mi salud con cariño, Laura hablaba de los niños, Carlos y Miguel intercambiaban miradas discretas pero cargadas.

Yo mantenía el papel impecable, sonriendo en los momentos adecuados, pasando la bandeja de dulces, respondiendo con frases educadas.

Debajo de la mesa, mi coño y mi ano todavía palpitaban, llenos del semen de Erick y Miguel, pero por fuera era la nuera perfecta.

La tensión no desapareció; simplemente se asentó en un calor constante bajo mi piel.

Erick hablaba con Miguel en voz baja en un momento en que los demás estaban distraídos con el postre. Escuché fragmentos de la conversación mientras recogía platos:

—…la amiga esa que te comenté. Mejor que venga directamente a mi casa mañana. Sobre las diez de la mañana. Que no tenga prisa por marcharse. Y dile que venga sin bragas, para no perder tiempo alguno.

Miguel asintió con una sonrisa cómplice.

No miraron hacia mí, pero yo entendí perfectamente ese dialecto.

El corazón me latía fuerte, pero mantuve la compostura, sirviendo más agua como si nada.

La doble vida, la entrega, el riesgo… todo se mezclaba en una excitación sorda que me acompañó durante el resto de la tarde.

La comida terminó sin incidentes visibles.

Nos despedimos con abrazos y besos en las mejillas, promesas de volver pronto.

En el coche de vuelta a casa, Erick conducía en silencio, una mano en mi muslo, apretando de vez en cuando.

No hablamos del tema. No hacía falta. Sabía que al día siguiente pasaría algo. Y yo estaba preparada.

A la mañana siguiente desperté sobre las nueve, todavía desnuda bajo las sábanas. Erick ya estaba despierto. Me cogió del pelo con esa firmeza familiar y me dirigió hacia su miembro duro, como cada mañana. Abrí la boca sin protestar y la tomé profundamente, sintiendo cómo llenaba mi garganta.

—Mantenla dura —ordenó con voz ronca, todavía tumbado en la cama.

Chupé con dedicación, moviendo la cabeza despacio, la lengua girando alrededor de la cabeza mientras mi mano acariciaba sus bolas. Erick gemía bajo, empujando ligeramente con las caderas. Después de unos minutos me apartó.

—Prepara el desayuno. Y después continúa debajo de la mesa chupándomela.

Me levanté, todavía desnuda, y fui a la cocina.

Preparé café, tostadas, zumo de naranja, todo con movimientos precisos mientras sentía su mirada desde el salón.

Volví con la bandeja dejándola en el sitio donde se iba a sentar y me metí debajo de la mesa del comedor a esperarlo.

Erick se sentó, orgulloso, dominante, glorificado, abrió las piernas y yo volví a tomar su polla en la boca, chupando mientras él desayunaba con calma, leyendo el teléfono.

El timbre de la puerta sonó poco después del empezar el desayuno. Erick no se movió.

—Ve a abrir. Si es una mujer, tráela a la cocina y continúa chupando y te quedas calladita.

Me levanté, desnuda, con los labios hinchados y el sabor de Erick en la boca. Abrí la puerta. Era una mujer de unos treinta y cinco años, atractiva, con cabello castaño y una sonrisa nerviosa pero decidida. Llevaba un vestido ligero y, por la forma en que se movía, supe que no llevaba bragas.

—Pasa —dije con voz calmada—. Erick te está esperando en la cocina.

La traje hasta allí. Me metí de nuevo debajo de la mesa y continué chupando la polla de Erick, que ya estaba dura otra vez. La mujer se quedó de pie, observándome. Erick le sonrió.

—Haz las labores de la casa y no molestes —me dijo a mí, sin apartar la vista de ella—. Nosotros estaremos en el dormitorio.

Se levantó, tomó a la mujer de la mano y se dirigieron al dormitorio.

Yo me quedé debajo de la mesa un momento más, con el sabor de Erick en la boca, escuchando cómo la puerta se cerraba.

La excitación, la humillación y la entrega se mezclaban en mi interior mientras empezaba a recoger la cocina, desnuda, sabiendo que mi marido estaba en nuestra cama con otra mujer.

La mañana se extendía delante de mí con esa tensión deliciosa. Limpié la encimera, lavé los platos, sintiendo cómo mi propio deseo crecía con cada sonido lejano que llegaba del dormitorio. No era celos. Era algo más complejo, más profundo. La entrega total incluía esto también. Y yo lo aceptaba.

Terminé de recoger la cocina y, con el corazón latiendo fuerte pero controlado, cogí la cesta de la ropa sucia del pasillo.

Sabía que tenía que entrar al dormitorio.

Era mi tarea habitual, parte de la rutina que mantenía la casa impecable.

Caminé descalza por el pasillo, desnuda como Erick me había dejado, sintiendo el aire fresco rozando mi piel sensible.

La puerta del dormitorio estaba entreabierta.

No hice ruido. Empujé suavemente y entré.

La escena me golpeó con fuerza. La mujer —la amiga que había traído Erick— estaba a cuatro patas sobre la cama, completamente desnuda, el culo elevado y abierto.

Erick la perforaba por detrás con embestidas profundas y rítmicas, follándola el culo sin piedad.

Ella gemía descontrolada, empujando hacia atrás con hambre, sus pechos balanceándose con cada golpe.

El sonido húmedo de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos roncos y los gruñidos bajos de Erick.

Me quedé quieta un segundo, la cesta de ropa en las manos, observando.

El contraste era abrumador: la luz de la mañana entrando por la ventana, la cama deshecha de nuestra vida cotidiana, y mi marido follándose el culo de otra mujer delante de mí.

Erick me vio. No se detuvo. Al contrario, sonrió con esa oscuridad posesiva que tanto me excitaba y ralentizó un poco las embestidas para que pudiera ver mejor.

—Mira, Malena —dijo con voz ronca, sin dejar de follarla—. Mira cómo se la saco toda entera…

Sacó su polla lentamente, dejando que la cabeza gruesa saliera del ano de la mujer, que quedó abierto y palpitante. Luego, de un solo empujón fuerte, la introdujo de nuevo hasta el fondo. La mujer gritó de placer, empujando hacia atrás con desesperación.

—…y cómo la meto toda de golpe en su culo. Al igual que tú.

Repitió el movimiento varias veces, sacándola completamente y volviéndola a clavar con fuerza.

Cada vez que entraba, la mujer gemía más alto, el cuerpo temblando.

Yo observaba, inmóvil, sintiendo cómo mi propio coño se mojaba de nuevo.

La entrega, la humillación, la excitación de ver a mi marido usando a otra…

todo se mezclaba en una ola de deseo que me dejaba sin aliento.

Erick aceleró, agarrando las caderas de la mujer con fuerza.

—Me voy a correr —gruñó—. Chúpamela y no dejes una gota.

La mujer se giró con rapidez, se puso de rodillas y tomó su polla en la boca.

Chupó con dedicación hambrienta, la lengua girando, tragando profundo mientras Erick le follaba la boca.

Se corrió con un gemido largo, llenándole la garganta.

Ella tragó todo, limpiando cada gota con la lengua, sin dejar que nada se escapara.

Erick la mantuvo allí unos segundos, respirando agitado, y luego la apartó.

Esa visión me hizo ver que yo era igual a ella y me excitaba en abundancia, pensé que algo de puta también podía tener en mis adentros y recordé a Víctor.

—Pónmela dura de nuevo —le ordenó—. Esto no ha hecho más que empezar.

La mujer obedeció inmediatamente, lamiendo y chupando su polla semidura intentando revivirla con la boca. Erick me miró a mí, todavía de pie con la cesta de ropa en las manos.

—Sigue con tus tareas —me dijo con calma—. Y no molestes.

Asentí en silencio y salí del dormitorio, cerrando la puerta tras de mí.

El corazón me latía con fuerza. La imagen de Erick follándose el culo de aquella mujer, sus gemidos, la forma en que ella tragaba su semen…

todo se repetía en mi mente mientras empezaba a recoger la ropa sucia de la casa.

Mi coño palpitaba, vacío y mojado. Sabía que esto era parte de nuestra dinámica.

Sabía que Erick volvería a mí después, más duro, más posesivo. Y yo estaría lista.

Horas después, cuando el silencio volvió al dormitorio, supe que el día aún tenía mucho más por delante.