Capítulo 8 Bajo el Mantel
El coche avanzaba por la carretera secundaria en dirección a la casa de los padres de Erick bajo el sol de la mañana de domingo, con el paisaje de campos y pequeñas urbanizaciones pasando a ambos lados.
Erick conducía con una mano en el volante y la otra descansando en mi muslo, justo por encima de la rodilla.
Yo iba sentada a su lado, arreglada con corrección impecable: un vestido azul marino de corte recto que llegaba justo por debajo de las rodillas, medias finas, zapatos de tacón bajo, el cabello recogido en un moño discreto y un maquillaje suave que resaltaba mis ojos sin exagerar.
La tensión particular de las comidas familiares ya se instalaba en mi estómago: horas de conversaciones educadas, sonrisas medidas, el peso de ser la nuera perfecta.
Pero debajo de esa fachada, mi cuerpo recordaba todo lo que había ocurrido en las últimas semanas. Incluido Víctor.
—Víctor me comentó ayer que coincidió contigo en el centro —dijo Erick de forma casual, sin apartar la vista de la carretera—. Parece que os caísteis bien. Me alegra, es un buen tipo para los proyectos de la editorial.
Asentí con una sonrisa serena, manteniendo el tono ligero mientras mi mente giraba.
—Sí, hablamos un rato. Es agradable. Inteligente.
Erick guardó silencio un momento, como si estuviera eligiendo las palabras con cuidado. Su mano apretó ligeramente mi muslo.
—Ten cuidado con él, Malena —dijo de pronto, con voz más baja y seria—.
Víctor es listo, pero tiene una trama que no me gusta.
He oído cosas. Ha metido a alguna pareja de amigos en prostitución, en juegos que empiezan como diversión y terminan rompiendo relaciones.
No quiero que te acerques demasiado. Confío en ti, pero él sabe cómo manipular.
Sus palabras cayeron como una piedra en agua tranquila.
Me quedé callada, procesando. Víctor, el hombre con el que había hablado en el parque, el que había reconocido mi hambre, el que había escuchado mis confesiones sobre los dos mundos…
¿era realmente capaz de eso? La curiosidad se mezcló con un leve temor.
No era miedo a él, sino a la posibilidad de que mi mundo paralelo pudiera tocar y dañar el de Erick.
Pensé en sus palabras en el parque, en cómo me había hecho cuestionar, en cómo me había hecho desear algo más que encuentros fugaces. ¿Era eso parte de su “trama”?
—No te preocupes —respondí finalmente, apretando su mano—. Solo fue una conversación casual.
Erick asintió, pero su mano permaneció en mi muslo con más presión.
El resto del trayecto fue en silencio, roto solo por la radio.
Yo miraba por la ventana, pensativa y curiosa.
Víctor había despertado algo en mí, pero ahora esa curiosidad tenía un matiz de peligro.
¿Era eso lo que me atraía? ¿El riesgo? La tensión familiar se mezclaba con esta nueva inquietud, creando una sensación compleja en mi vientre.
No añadí más. Erick no preguntó detalles.
Confiaba en mí. Esa confianza era parte de nuestra dinámica: yo era suya, siempre dispuesta, pero él nunca imaginaba hasta dónde llegaba mi mundo paralelo.
El coche se llenó de un silencio cómodo, roto solo por la radio que emitía una canción suave de fondo.
Mi mano descansaba sobre la suya en mi muslo, sintiendo el calor de su piel.
La tensión familiar ya empezaba a mezclarse con otra más profunda, esa que bullía debajo de la superficie correcta que mostraba al mundo.
Llegamos a la casa de los padres de Erick poco después.
La vivienda grande de dos plantas, con jardín cuidado y olor a guiso que ya salía por la ventana de la cocina, me recibió con esa familiaridad que siempre me ponía en alerta.
Los padres de Erick nos abrazaron con cariño, sus cuñados Carlos, Miguel—de las hermanas de Erick— ya estaban en el salón comentando el tráfico.
La mesa estaba puesta con mantel blanco, vajilla buena y centros de flores.
El ruido de platos y cubiertos preparándose, el aroma denso del guiso de ternera con patatas, el sonido de risas educadas y conversaciones sobre el tiempo y el trabajo llenaban el ambiente. Todo correcto. Todo familiar.
Me moví por la casa con naturalidad, ayudando a servir los entrantes, preguntando por la salud de mi suegra, riendo las anécdotas de Carlos sobre su último viaje de trabajo.
Mantenía el papel social impecablemente: la nuera atenta, la pareja cariñosa que miraba a Erick con complicidad.
Pero debajo de la mesa, cuando nos sentamos a comer, la tensión empezó a crecer de forma diferente.
Erick buscó mi mano bajo el mantel mientras su madre servía el guiso principal.
Sus dedos envolvieron los míos con firmeza y, sin que nadie lo notara al principio, los dirigió hacia su regazo.
Sentí su miembro ya semiduro bajo los pantalones.
Lo acaricié despacio, frotando la palma por encima de la tela mientras seguía participando en la conversación banal sobre el precio de la vivienda en el barrio.
—…y entonces el agente nos dijo que era una oportunidad única —comentaba Laura, gesticulando con el tenedor.
Asentí, sonriendo, mientras mi mano subía y bajaba lentamente por la polla de Erick, sintiendo cómo se endurecía completamente bajo mis dedos.
El contraste era brutal. El ruido de la vajilla, el olor denso del guiso, las voces de mi suegro contando anécdotas de su juventud, y yo masturbando a mi marido bajo la mesa delante de toda la familia.
Carlos estaba sentado justo al lado, lo suficientemente cerca como para que cualquier movimiento brusco pudiera delatarme.
Erick mantenía el rostro sereno, respondiendo a su padre con naturalidad, pero su polla palpitaba en mi mano.
Mantuve el ritmo pausado, apretando ligeramente, deslizando los dedos por la longitud.
El mantel blanco ocultaba todo, pero la tensión interna me consumía.
Sabía que Carlos podía notar algo si se fijaba.
Y, efectivamente, en un momento en que Erick se inclinó para alcanzar el pan, Carlos bajó la mirada un segundo.
Sus ojos se abrieron ligeramente, pero no dijo nada.
En cambio, su mano izquierda desapareció bajo la mesa y, con audacia sorprendente, rozó mi muslo por debajo del vestido.
Subió lentamente hasta encontrar mi coño desnudo —porque bajo la falda correcta no llevaba nada— y sus dedos rozaron mis labios hinchados.
Me dejó hacer. Acepté el toque con la misma naturalidad con la que aceptaba todo de Erick.
Mi mano seguía masturbando a mi marido, ahora con más presión, mientras los dedos de Carlos exploraban mi humedad.
El ambiente familiar seguía impecable: risas por un chiste de mi suegro, el tintineo de los cubiertos, el guiso humeante en los platos.
Yo mantenía la conversación, respondiendo a Laura sobre un libro que había leído recientemente, mientras dos manos diferentes me tocaban bajo la mesa.
La tensión era exquisita, casi insoportable.
Mi coño se mojaba más, goteando sobre los dedos de Carlos.
Erick respiraba un poco más pesado, pero disimulaba perfectamente.
La comida continuó así durante largos minutos.
Alternaba la normalidad social —sonreír a mi suegra cuando me preguntaba por mi trabajo, pasar la sal a Carlos— con la tensión interna de tener la polla de mi marido en la mano y los dedos de su cuñado tocándome el clítoris.
Carlos no era agresivo; era discreto, exploratorio, rozando y presionando en los momentos en que las conversaciones subían de volumen.
Erick, en cambio, guiaba mi mano con más firmeza, follándose mi palma bajo la tela.
Sabía que esto solo era el comienzo. Sabía lo que vendría después, cuando tuviéramos la oportunidad de escabullirnos.
La tensión se sostenía en cada detalle: el olor del guiso que llenaba la habitación, el sonido de las cucharas contra los platos, las anécdotas familiares que contaban una y otra vez, y debajo de todo, mis dedos apretando la polla dura de Erick,
los dedos de Carlos abriéndome los labios y rozando mi entrada.
Mi cuerpo ardía. Mi mente giraba entre el papel de nuera perfecta y la puta que era para su marido y, ahora, para su hermano también. Aceptaba todo. Siempre dispuesta.
La comida llegó a los postres. Mi suegra trajo flan casero y café.
Las conversaciones se relajaron. Erick apretó mi mano una vez más, indicándome que siguiera.
Carlos retiró la suya un segundo antes de que alguien pudiera notar algo, pero la promesa estaba allí.
Sabía lo que vendría. Cuando terminamos el postre y mi futuro suegro propuso ver fotos antiguas en el salón, Erick me miró con esa intensidad que yo conocía tan bien.
—Vamos un momento al jardín trasero a tomar aire —dijo con naturalidad, levantándose y ofreciéndome la mano.
Me levanté con las piernas temblorosas, el vestido cayendo correctamente sobre mis muslos, la humedad entre ellos recordándome todo lo que había ocurrido bajo la mesa. Sabía lo que mi marido querría en cuanto estuviéramos a solas. Y yo estaba preparada. Siempre preparada.
Salimos al jardín trasero de la mano, como una pareja normal que necesitaba un poco de aire después de la comida abundante.
El sol de la tarde caía suave sobre el césped bien cortado, los rosales florecidos y la pequeña mesa de hierro bajo el emparrado.
Desde la casa llegaban las voces amortiguadas de la familia: mi suegra ofreciendo más café, Carlos riendo por algo que dijo su padre.
Todo seguía siendo correcto, familiar, doméstico.
Pero en cuanto doblamos la esquina del seto que nos ocultaba parcialmente de las ventanas, Erick me empujó contra la pared de la casa con esa urgencia posesiva que tanto me excitaba.
No hubo palabras. Me giró con firmeza, levantándome el vestido hasta la cintura y dejando mi culo desnudo expuesto al aire fresco del jardín.
Sentí su polla dura presionando contra mí, todavía húmeda de mi mano bajo la mesa.
Me penetró desde atrás en un solo movimiento profundo, gruñendo bajo contra mi cuello.
Gemí ahogadamente, apoyando las manos en la pared mientras él empezaba a follarme con embestidas fuertes y controladas.
Cada golpe me llenaba por completo, su pelvis chocando con mi culo con un sonido húmedo que se mezclaba con el canto lejano de los pájaros y el viento moviendo las hojas.
—Siempre tan mojada para mí —susurró, una mano en mi cadera y la otra subiendo para apretar uno de mis pechos por encima del vestido—. Delante de todos… masturbándome como la puta que eres.
Sus palabras me encendieron más. Empujé hacia atrás, recibiendo cada embestida, sintiendo cómo su polla entraba y salía de mi coño empapado.
El contraste era brutal: el jardín familiar, el olor a tierra y flores, las voces de su familia a pocos metros, y yo empotrada contra la pared, recibiendo la polla de mi marido con hambre.
Erick aceleró, follándome con más fuerza, sus bolas golpeando contra mí.
Mis pezones rozaban la pared a través de la tela. Estaba cerca, muy cerca.
—Dentro —gruñó, empujando profundo una última vez.
Se corrió con fuerza, llenándome de semen caliente y espeso.
Sentí cada pulsación, cada chorro inundándome.
Me corrí con él, contrayéndome alrededor de su polla, mordiéndome el labio para no gritar.
Se quedó dentro unos segundos, respirando agitado contra mi cuello, y luego se retiró.
El semen empezó a deslizarse por mis muslos inmediatamente.
Me bajó el vestido con cuidado, besándome la nuca.
—Límpiate en el baño —ordenó en voz baja—. Y vuelve rápido.
Asentí, todavía temblando, y caminé hacia la casa con las piernas débiles.
El semen corría por el interior de mis muslos, un recordatorio constante mientras cruzaba el jardín y entraba por la puerta trasera.
La familia seguía en el salón, riendo y hablando.
Nadie notó nada. Fui directamente al baño de la planta baja, cerrando la puerta tras de mí.
Me senté en el inodoro, subiéndome el vestido, y empecé a limpiarme con papel, sintiendo cómo el semen de Erick salía de mí.
Mi coño estaba sensible, hinchado, todavía palpitando.
La puerta se abrió de repente. Carlos entró y cerró con llave sin decir una palabra. Sus ojos bajaron a mi posición: sentada en el WC, el vestido subido, las piernas abiertas, limpiándome el semen de su hermano. No hubo sorpresa en su rostro. Solo deseo.
—Te vi bajo la mesa —murmuró, acercándose—. Y ahora quiero mi parte.
No me dejó levantarme. Se colocó frente a mí, bajándose la cremallera y sacando su polla ya dura.
Me agarró del cabello con suavidad, pero firmeza y acercó mi boca a él.
Abrí los labios y la tomé, chupando con la misma dedicación que le daba a Erick.
Carlos gimió bajo, follando mi boca despacio mientras yo seguía sentada en el WC, las piernas abiertas, el vestido arremangado.
El contraste era abrumador: el baño familiar, el ruido lejano de la familia en el salón, y yo mamándosela al marido de mi cuñada sin poder levantarme.
Chupé con hambre, la lengua girando alrededor de la cabeza, tragando profundo.
Carlos empujaba con control, sujetando mi cabeza.
Su polla era más gruesa que la de Erick, llenándome la boca por completo.
Gemí alrededor de él, sintiendo cómo mi propia excitación crecía de nuevo.
No podía levantarme. No quería. Aceptaba todo.
Carlos aceleró ligeramente, respirando más pesado.
Estaba cerca. Me folló la boca con más urgencia, sujetándome firme.
Se corrió con un gruñido ahogado, llenándome la boca de semen caliente.
Tragué todo lo que pude, limpiando su polla con la lengua mientras él se vaciaba por completo.
No me dejó levantarme. Siguió con su polla en mi boca, suave ahora, mientras recuperaba el aliento.
Fuera, se escuchaban las voces de la familia llamándonos para el café. Carlos me miró desde arriba, con una sonrisa oscura, todavía sin dejarme mover.
La tensión se sostenía, el riesgo latente, y yo seguía allí, sentada en el WC, con la boca llena de su sabor, sabiendo que esto solo era el principio de lo que vendría en esta comida familiar.
Carlos se quedó unos segundos más con su polla todavía en mi boca, suave ahora, palpitando con los últimos restos de placer.
Yo seguía sentada en el WC, el vestido arremangado en la cintura, las piernas abiertas, tragando el sabor salado que había dejado en mi lengua.
El ruido de la familia en el salón llegaba amortiguado: mi suegra llamando para el café, las risas de Laura, el tintineo de tazas.
Carlos me miró desde arriba con esa sonrisa oscura, satisfecha, y finalmente se retiró, guardándose la polla y ajustándose los pantalones.
Me guiñó un ojo y salió del baño sin decir nada más, cerrando la puerta tras de sí.
Me quedé unos instantes allí, respirando agitada, limpiándome los labios con el dorso de la mano.
El semen de Erick todavía se movía en mi coño y el de Carlos en mi boca.
Me levanté, me bajé el vestido y me miré en el espejo.
Estaba sonrojada, los ojos brillantes, pero el aspecto exterior seguía siendo correcto. La nuera perfecta.