Capítulo 7 Alguien Sabe #3
Erick está orgulloso de ti. Dice que eres la esposa perfecta, siempre disponible, siempre dispuesta.
Lo cuenta con esa mezcla de cariño y… posesión.
No entra en detalles íntimos, pero se nota que para él eres su mayor tesoro.
Y yo, al verte en el parque, al escuchar cómo hablas de tus dos mundos, conecté las piezas.
No te estoy juzgando, Malena. Solo quiero que sepas que no eres la única que vive entre dos fronteras y yo puedo ofrecerte un pasaporte para ti con el cual vas a disfrutar bastante.
Sus palabras me golpearon con fuerza. Erick hablaba de mí con orgullo.
“Siempre dispuesta”. Esa frase que era nuestro código íntimo, ahora mencionada en una conversación de oficina.
La vergüenza dulce que sentía habitualmente se mezcló con un miedo más concreto: ¿y si Víctor decidía usar esa información?
¿Y si mi libertad paralela terminaba destruyendo lo que tenía con Erick? ¿A qué se refería con lo del pasaporte?
—No sé qué decir —admití, mirando las hojas que se movían con la brisa—. Esto cambia todo. Pensé que este mundo era solo mío y aparte no entiendo a que te refieres con lo del pasaporte, yo no quiero cambiar nada por ahora.
Víctor se inclinó ligeramente hacia mí, pero sin invadir mi espacio. Su voz siguió siendo tranquila, casi terapéutica.
—No tiene por qué cambiarlo todo. Yo no busco destruir nada.
Solo veo en ti lo que yo mismo viví después de mi divorcio: la necesidad de sentir que todavía controlas algo.
Que puedes elegir. Si quieres hablar más, aquí estoy.
Sin presión. Sin expectativas físicas. Solo conversación.
Pero si prefieres que desaparezca de tu vida, también lo respeto.
El silencio que siguió fue largo. El parque se vaciaba poco a poco.
Una pareja joven pasó riendo, un perro corrió tras una pelota.
Yo sentía el peso de su mirada, el calor de su cercanía, y la tormenta interna que sus palabras habían desatado.
Por un lado, el miedo a que mi doble vida se derrumbara.
Por otro, la curiosidad morbosa, la excitación de saber que alguien más conocía parte de mi secreto.
Y en el centro, la pregunta que no dejaba de repetirse: ¿podía tener ambas cosas?
¿Podía seguir siendo la esposa siempre dispuesta de Erick y, al mismo tiempo, explorar esta Malena que se había despertado en los últimos meses?
—Necesito tiempo para pensar —dije finalmente, levantándome del banco con las piernas algo temblorosas—. Esto es… demasiado... y aparte muy raro.
Víctor se levantó también, respetando mi espacio. —Entiendo. Si quieres hablar, ya sabes dónde encontrarme. Cuídate, Malena.
Se marchó por el sendero opuesto, dejando que el parque volviera a ser solo mío.
Me quedé allí unos minutos más, sentada de nuevo, procesando.
El miedo era real, pero también lo era la excitación.
La idea de que Víctor conociera a Erick, de que pudiera ser un puente peligroso entre mis dos mundos, me hacía mojarme de una forma casi involuntaria.
Mi coño palpitaba bajo la falda, recordándome que mi cuerpo respondía al riesgo tanto como a la entrega.
Al final, me levanté y caminé de vuelta a casa, con la mente llena de preguntas y el cuerpo lleno de una tensión que sabía que Erick notaría en cuanto me viera. Esa noche, cuando llegara, tendría que decidir cuánto contarle. O cuánto ocultar.
Mejor me callo, pensé mientras caminaba por el sendero del parque.
Contarle a Erick sobre Víctor solo complicaría todo.
Él confiaba en mí, en nuestra dinámica, en que yo era suya y siempre dispuesta.
Revelarle que había hablado con un hombre que trabajaba con él, que había compartido confidencias sobre mis deseos paralelos, podría generar dudas innecesarias.
O peor, celos. Erick era posesivo, pero también protector.
Si le decía que Víctor conocía esa parte de mí, podría reaccionar de forma que rompiera el equilibrio delicado que manteníamos.
No. Era mejor guardarlo. Era mi secreto.
Mi pequeño espacio de libertad dentro de la entrega total.
Mientras caminaba, sentía cómo esa decisión me aliviaba y me excitaba al mismo tiempo.
Ocultar algo a Erick no era traición; era protección.
Protección de nuestra relación, de la dinámica que tanto me gustaba.
Pero también era un acto de rebeldía interna.
Una forma de reclamar que, aunque era suya, parte de mí seguía siendo solo mía.
El miedo a ser descubierta se mezclaba con una excitación nueva, más profunda.
Imaginar que Víctor y yo compartíamos un secreto que Erick desconocía me mojaba de una forma casi involuntaria.
Mi coño palpitaba bajo la falda mientras caminaba hacia casa, pensando en cómo esa noche, cuando Erick me tocara, yo guardaría ese encuentro en silencio, añadiendo una capa más a mi doble vida.
Llegué a casa con esa resolución firme. Me duché, me cambié y preparé la cena como siempre.
Cuando Erick llegó, lo recibí con una sonrisa cálida y un beso profundo, dejando que me tomara contra la encimera de la cocina.
Mientras me follaba con esa urgencia familiar, yo pensaba en Víctor, en su advertencia silenciosa, en la conversación del parque.
No dije nada. Guardé el secreto. Y esa noche, cuando me corrí gimiendo el nombre de Erick, sentí que mi mundo paralelo seguía intacto, más fuerte que nunca.