Devota de Uno, Puta para Todos Capítulo 7 Alguien Sabe #2
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Capítulo 7 Alguien Sabe #2

Ser siempre dispuesta para él me daba seguridad, un ancla en medio de la tormenta de deseo.

Pero este otro yo, el que vestía ropa que él nunca vería, el que borraba mensajes y se tocaba en probadores pensando en manos anónimas, necesitaba espacio para respirar.

Libertad. No para destruir lo que tenía, sino para expandirlo. O eso me repetía.

— ¿Cómo sabes mi nombre? —pregunté finalmente, manteniendo la voz serena, aunque mi pulso seguía acelerado.

Víctor se recostó un poco en el banco, cruzando las piernas con naturalidad.

—Te he observado. No como lo haría un acosador, sino como alguien que reconoce a una mujer que vive en dos mundos.

La primera vez fue en la librería erótica.

Luego en el centro comercial. Y en el autobús, con aquel hombre. No te juzgo. Solo… me intrigas.

Sus palabras eran directas pero respetuosas.

No había juicio en su tono, solo curiosidad genuina.

Eso me desarmó un poco. En lugar de levantarme y marcharme, me quedé.

Quería hablar. Quería explorar qué significaba esto para mí.

El deseo no era solo físico; era la necesidad de entender mis propios límites.

Pertenecer a Erick me excitaba porque era elección.

Entrega voluntaria. Pero ¿podía pertenecer a alguien y, al mismo tiempo, pertenecerme a mí misma de forma más completa?

La reflexión pesaba tanto como cualquier encuentro carnal. Quizás más.

Hablamos durante largo rato. Víctor me contó que era divorciado, que trabajaba en una editorial y que había reconocido en mí esa misma hambre que él había sentido después de su separación.

No pedía nada. Solo conversaba. Me preguntó cómo me sentía al alternar los dos mundos.

Le respondí con honestidad pausada, describiendo la calidez del hogar con Erick, la entrega total que me hacía sentir viva y amada, y el contraste con estas escapadas donde era solo Malena, dueña de sus impulsos.

—Ser siempre dispuesta para él es mi mayor placer —admití, mirando las hojas moverse con la brisa—. Pero aquí, en estos momentos solos, descubro que también puedo disponerme para mí. No sé si eso es libertad o egoísmo. Tal vez las dos cosas.

Víctor escuchaba con atención, asintiendo.

El sol bajaba más, alargando las sombras en el parque.

El ritmo de la conversación era lento, profundo.

Hablamos de deseo como algo multifacético: no solo carne, sino reconocimiento, riesgo controlado, la emoción de ser vista de verdad.

Le conté, sin nombres ni detalles específicos, cómo los encuentros únicos me habían hecho sentir poderosa, pero también cómo empezaba a preguntarme si quería algo más que eso.

Algo con textura, con conversación, con una conexión que no se borrara con un mensaje.

—No busco destruir tu matrimonio —dijo él en un momento, su voz calmada—. Solo quiero entender si hay espacio para algo más que un polvo rápido en un probador. Para ti. Para lo que sea que necesites explorar.

Sus palabras tocaron una fibra sensible.

La libertad que tanto valoraba ¿era real si siempre terminaba en encuentros sin nombre?

¿O era hora de permitir que esta identidad paralela tuviera más profundidad?

Pensé en Erick, en su confianza ciega, en cómo me follaba por las noches reclamándome.

Lo amaba. No quería perder eso. Pero tampoco quería matar esta parte de mí que había crecido.

La tensión emocional era palpable: deseo de más, miedo a perder el equilibrio, la dulzura de pertenecer y la necesidad de ser dueña.

La conversación fluyó durante casi una hora.

Víctor no intentó tocarme. No propuso nada físico.

Solo habló, escuchó, reflexionó conmigo.

Eso lo hacía más peligroso que cualquier mano bajo la falda.

Me hacía cuestionar. Me hacía desear algo más estructurado en este mundo paralelo, algo que no fuera solo adrenalina fugaz.

El parque se vaciaba lentamente. La luz se volvía dorada, luego anaranjada.

Mi cuerpo, todavía sensible por los recuerdos del día, respondía a la cercanía con un calor latente, pero la verdadera intensidad estaba en las palabras, en la psicología de elegir.

—Tal vez sí quiero más que encuentros únicos —confesé en voz baja, casi para mí misma—. Pero no sé cómo hacerlo sin romper lo que tengo en casa.

Víctor me miró con intensidad. Hubo un silencio largo, cargado. Luego, con voz tranquila pero firme, reveló algo que cambió el aire por completo.

—Entiendo perfectamente ese conflicto, Malena. Yo también tengo una vida que parece estable. Trabajo con Erick en algunos proyectos de consultoría para la editorial. Nos reunimos hace dos semanas en su oficina. Habla mucho de ti. De su pareja siempre dispuesta.

El mundo se detuvo un segundo. La conexión no era casual.

Víctor conocía a Erick. Trabajaba con él.

La doble vida que creía controlada acababa de colisionar con la realidad de forma que no podía ignorar.

Mi corazón latió con fuerza, la excitación mezclada ahora con un miedo real y profundo, mientras Víctor me observaba esperando mi reacción.

Me quedé callada un instante, procesando la información.

El parque, que momentos antes parecía un refugio seguro para mi mundo paralelo, se sentía de repente expuesto, vulnerable.

El sol dorado que caía sobre las hojas ya no era cálido; era revelador.

Víctor no era solo un hombre atractivo con el que había compartido confidencias.

Era alguien que podía conectar mis dos realidades con un solo comentario.

La idea de que Erick pudiera enterarse de mis escapadas, de mis toques en probadores, de las manos ajenas que me habían tocado, me provocó un nudo en el estómago.

Pero al mismo tiempo, esa posibilidad me excitaba de una forma perversa.

El riesgo siempre había sido parte del placer.

— ¿Cómo es posible? —Pregunté finalmente, manteniendo la voz baja y controlada, aunque mi pulso seguía acelerado—. ¿Erick te ha hablado de mí?

Víctor asintió con calma, sin apartar la mirada. Su expresión era serena, casi comprensiva, como si entendiera el torbellino interno que estaba viviendo.

—Hablamos de trabajo, de proyectos, pero también de la vida personal.