Devota de Uno, Puta para Todos Capítulo 7 Alguien Sabe
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Capítulo 7 Alguien Sabe

Esa mañana de miércoles pertenecía solo a mí.

Nadie sabía dónde estaba. Ni Erick, que creía que había salido a hacer recados normales del hogar, ni los amigos del barrio, ni siquiera yo misma lo había planeado con tanta precisión hasta que el autobús me dejó en este barrio del centro que nunca frecuentábamos juntos.

Entré en la pequeña cafetería de la calle lateral, un local discreto con mesas de madera oscura, luz tenue y un aroma constante a café recién molido y croissants calientes.

Nadie me conocía aquí. Elegí una mesa en el rincón del fondo, junto a la ventana que daba a un patio interior lleno de plantas.

Me senté con la espalda recta, cruzando las piernas bajo la falda plisada negra que Erick nunca había visto.

Era corta, ceñida en las caderas y con un corte que permitía que el aire rozara mis muslos desnudos.

Debajo llevaba un conjunto de lencería roja de encaje que había comprado en una de mis escapadas anteriores: tanga que se hundía entre mis labios y sujetador que apenas contenía mis pechos.

Pedí un café cortado y un croissant de almendra.

Mientras esperaba, saqué el teléfono y revisé los mensajes que había guardado en una carpeta oculta.

Fotos de mis encuentros recientes: el probador con Daniel y Alex, la mano de Raúl en el autobús, un par de miradas sostenidas en la calle que habían terminado en besos rápidos en portales oscuros.

Los borré uno a uno después de mirarlos, sintiendo esa mezcla de excitación y control que ya formaba parte de mi rutina paralela.

Nadie más vería esas imágenes. Eran mías.

Llevaba semanas alternando estos dos mundos sin que se tocaran del todo.

En casa, con Erick, era la Malena de siempre: la pareja siempre dispuesta, la que doblaba su ropa con cuidado, la que se arrodillaba en la cocina cuando él llegaba del trabajo, la que gemía su nombre mientras él la follaba contra cualquier superficie.

Esa Malena era cálida, entregada, familiar.

Me gustaba ser ella. Me completaba. El amor por Erick era real, profundo, anclado con bastante tiempo de complicidad y deseo compartido.

Pero este otro mundo, el paralelo, tenía ya su propia textura, su propio olor, su propio ritmo.

Aquí me movía diferente: más lenta, más consciente de cada curva de mi cuerpo, con una sonrisa que no era solo para complacer a alguien sino para mí misma.

Vestía ropa que Erick no vería nunca: faldas más cortas, blusas con escotes pronunciados, lencería que no era para sus ojos.

Iba a lugares donde nadie me llamaba por el apellido de casada.

Era Malena sin más. Malena que exploraba.

El café llegó y lo removí despacio, mirando cómo el vapor subía en espirales.

Pensé en la noche anterior con Erick. Había llegado cansado de una reunión larga.

Me encontró en la sala, leyendo un libro en el sofá con solo una bata de seda.

No hizo falta hablar. Me abrió las piernas, me comió el coño con esa hambre posesiva que tanto me excitaba y luego me folló despacio, mirándome a los ojos, recordándome que era suya.

Me corrí dos veces para él, gimiendo su nombre, sintiendo su semen caliente llenándome después.

Después nos duchamos juntos, hablamos de planes para el fin de semana, nos dormimos abrazados.

Esa era mi vida doméstica: estable, intensa, segura.

Me daba estructura. Me hacía sentir amada y deseada de forma constante.

Pero este mundo paralelo me daba otra cosa.

Libertad. Poder. Una identidad que crecía en las grietas.

Recordé la primera escapada real después del incidente con los amigos de Erick.

Había salido “a comprar” y terminé en una librería erótica del centro.

Hojeé libros con portadas explícitas, sintiendo cómo me mojaba solo con las descripciones.

Un hombre se acercó, conversamos en voz baja sobre títulos, y terminamos en los baños de la tienda.

Me folló contra la pared, rápido, anónimo.

No le di mi nombre real. Salí de allí con las piernas temblando y una sonrisa que no pude borrar en todo el camino a casa.

Esa noche follé con Erick con más hambre de lo habitual.

Él notó la diferencia, pero la atribuyó a su propio deseo. Yo guardé el secreto como un tesoro.

Ahora, sentada en esta cafetería, sentía cómo esa doble vida había tomado forma propia.

Mi forma de moverme aquí era distinta: más fluida, los hombros relajados, la mirada directa a los hombres que pasaban.

En casa era más contenida, más atenta a las señales de Erick.

Aquí elegía la ropa que me hacía sentir sexy para mí: la falda que subía por mis muslos cuando cruzaba las piernas, la blusa que marcaba mis pezones endurecidos por el aire acondicionado.

Probé el croissant, dejando que las migas cayeran sobre mi escote.

Lamí un dedo lentamente, imaginando que alguien me observaba.

Y sí, en la barra un hombre de traje me miraba de reojo.

Sostenía la mirada. Sentí el calor familiar entre las piernas. No era para Erick. Era para mí.

Pagué y salí a la calle. Caminé sin prisa hacia una tienda de lencería que había descubierto semanas atrás.

El local era pequeño, íntimo, con luces suaves y música baja.

La dependienta me reconoció con una sonrisa cómplice.

Había venido varias veces ya. Elegí prendas que Erick nunca vería: un body de encaje transparente con aberturas estratégicas, un corsé negro que apretaba mis pechos hacia arriba, unas braguitas con abertura en la entrepierna.

Me probé todo en el probador amplio, dejando la cortina entreabierta lo suficiente para sentir el riesgo.

Me miré en el espejo: mi cuerpo había cambiado sutilmente con estas escapadas.

Más consciente de sus curvas, más tonificado por la excitación constante.

Apreté mis pechos, pellizqué mis pezones, bajé una mano entre las piernas y me toqué despacio, disfrutando mi propio reflejo.

El placer era diferente aquí. Más egoísta. Más profundo.

Mientras me vestía de nuevo, pensé en cómo esta identidad paralela se había construido sin que me diera cuenta del todo.

Tenía rutas diferentes: autobuses que Erick nunca tomaba, cafeterías en barrios alejados, incluso un pequeño hotel donde había pasado una tarde con un desconocido cuya cara ya casi no recordaba.

Movía el dinero de forma discreta, borraba mensajes, inventaba recados inocentes.

No mentía por completo; simplemente omitía.

La psicología de este doble rol era compleja.

En el mundo de Erick me sentía segura, amada, contenida en una dinámica que me excitaba profundamente.

Era la mujer perfecta, y también, la puta devota.

Aquí me sentía libre, poderosa, dueña de mis deseos.

A veces la culpa asomaba, dulce y fugaz, pero se disolvía rápido ante la excitación de lo prohibido.

No quería dejar ninguno de los dos mundos.

Quería los dos. Quería ser ambas Malenas.

Salí de la tienda con una bolsa nueva y caminé hacia un parque pequeño cercano.

Me senté en un banco bajo un árbol, sintiendo el sol en la piel.

Saqué el teléfono otra vez y revisé mensajes de un hombre con el que había chateado la semana pasada.

“Quiero verte de nuevo. Solo una hora.” Lo borré después de leerlo.

El riesgo de ser descubierta existía, pero lo controlaba.

O eso creía. La doble vida tenía su precio: la adrenalina constante, la necesidad de estar siempre alerta.

Pero también me hacía sentir más viva que nunca.

Cerré los ojos un momento, dejando que el sol calentara mi rostro.

Mi mente alternaba entre los dos mundos.

Imaginaba llegar a casa esa tarde, preparar la cena para Erick, arrodillarme para él como siempre.

Y al mismo tiempo pensaba en la próxima escapada: quizás un bar por la noche, o volver a esta cafetería.

La tensión entre ambos existía, pero no me rompía. Me fortalecía.

De repente, mi teléfono vibró con un mensaje nuevo.

No era de Erick. Era un número desconocido.

“Te vi en el autobús la otra tarde. Sé quién eres. Y sé lo que haces.”

El corazón se me aceleró. Miré alrededor del parque.

Una figura sentada en un banco lejano parecía observarme.

No podía distinguir bien el rostro, pero la postura me resultaba familiar.

La tensión subió de golpe, mezclando miedo y una excitación nueva, peligrosa. Mi doble vida, que parecía tan controlada, acababa de rozar el borde de algo que no podía prever.

Me quedé inmóvil en el banco, el teléfono todavía en la mano, el corazón latiendo con fuerza contra mis costillas.

El hombre del banco lejano se levantó con lentitud y comenzó a caminar hacia mí.

No corrí. No me escondí. Una parte de mí, la misma que había aceptado los dedos de Raúl en el autobús y la polla de Alex en el probador, quería saber.

Quería enfrentar lo que venía. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, lo reconocí.

No era un completo desconocido. Era Víctor, lo reconocí por fotos con Erick, era un hombre con el que había cruzado algo miradas intensas en una cafetería semanas atrás, pero nunca habíamos hablado más allá de un saludo cortés.

Alto, de cabello oscuro salpicado de gris en las sienes, ojos profundos y una presencia calmada que transmitía confianza.

Se sentó en el mismo banco, dejando un espacio prudente entre nosotros, y sonrió con suavidad.

—Malena —dijo simplemente, como si pronunciar mi nombre fuera algo natural—. No quería asustarte con el mensaje. Solo necesitaba que supieras que te he visto y más de una vez.

Su voz era baja, educada, con un registro que invitaba a la conversación en lugar de exigir.

El parque seguía su ritmo pausado: pájaros cantando en los árboles, una madre empujando un carrito a lo lejos, el sol filtrándose entre las hojas y creando patrones de luz sobre el suelo.

Nadie nos prestaba atención. Éramos solo dos personas conversando en un banco.

Pero para mí, todo tenía un peso diferente.

Aquí, en este mundo paralelo, alguien había conectado los puntos.

No respondí inmediatamente. Lo miré, procesando.

La libertad que había construido en estas escapadas se sentía de repente frágil.

¿Qué significaba pertenecer a alguien como Erick y, al mismo tiempo, buscar esto?

La pregunta flotaba en mi mente con profundidad emocional que no podía ignorar.

Amaba a Erick. Lo amaba con una intensidad que me definía: su posesión, su deseo constante, la forma en que mi cuerpo respondía a él como si estuviera diseñado para ello.