Capítulo 5 Territorio Propio #2
No era Daniel. Entró otro hombre, más joven, quizás treinta años, de complexión atlética, cabello castaño corto y ojos verdes intensos.
Llevaba la misma camisa blanca del uniforme, pero sus brazos se marcaban con definición bajo las mangas.
Cerró la cortina tras de sí con un gesto decidido y me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi cuerpo casi desnudo, el encaje negro apenas cubriendo nada.
—Daniel me dijo que necesitas atención especial —murmuró con una sonrisa oscura, acercándose—. Me llamo Alex.
No hubo preámbulos innecesarios. El ambiente en el probador era cargado, el aire denso con el olor de mi excitación y el suyo.
Alex me giró de nuevo hacia el espejo, sus manos fuertes recorriendo mis curvas con posesión inmediata.
Apretó mis pechos por detrás, pellizcando los pezones hasta que gemí bajito.
Bajó una mano entre mis piernas, comprobando lo mojada que estaba, y deslizó dos dedos dentro de mi coño con facilidad.
—Estás empapada —gruñó contra mi oído—. Daniel empezó bien, pero yo termino.
Me inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando mis manos en el espejo.
Sentí cómo se bajaba la cremallera. Su polla era más gruesa de lo que esperaba, caliente y dura contra mi culo.
Rozó la entrada de mi coño un par de veces, recogiendo humedad, y luego subió.
La cabeza presionó contra mi ano, lento pero firme.
Jadeé, arqueándome instintivamente. No era la primera vez que practicaba anal, pero nunca en un lugar tan arriesgado, nunca con un desconocido que acababa de entrar por orden de otro.
Alex escupió discretamente en su mano y lubricó su polla y mi entrada.
Empujó con paciencia controlada, centímetro a centímetro, abriéndome.
El ardor inicial se mezcló con un placer profundo, prohibido.
Gemí más alto de lo prudente cuando la cabeza pasó el anillo muscular y se hundió dentro.
Alex cubrió mi boca con una mano mientras la otra sujetaba mi cadera.
—Shhh… tranquila. Déjame entrar todo.
Empujó más, lento, inexorable, hasta que sus caderas se pegaron a mi culo y su polla estuvo completamente enterrada en mi interior.
La sensación era intensa: llena, estirada, vulnerable.
Empezó a moverse con embestidas pausadas al principio, saliendo casi por completo y volviendo a hundirse.
Cada movimiento enviaba ondas de placer a mi clítoris, a mi vientre, a cada terminación nerviosa.
El espejo reflejaba todo: mi rostro contorsionado de placer, sus manos fuertes agarrándome, mi culo abierto recibiéndolo.
Fuera, se escuchaban voces de clientas, el sonido de perchas, la dependienta atendiendo a alguien.
El riesgo era constante. Alex aceleró el ritmo, follándome el culo con embestidas más profundas y firmes.
El sonido húmedo de su pelvis chocando contra mis nalgas llenaba el pequeño espacio.
Mis pechos se balanceaban con cada golpe.
Deslicé una mano entre mis piernas y froté mi clítoris en círculos rápidos, persiguiendo otro orgasmo.
—Joder, qué culo tan apretado —gruñó Alex en mi oído, mordiendo el lóbulo—. Daniel sabía lo que hacía al llamarme.
Sus palabras me encendieron más. Pensé en Erick, en la escena de esa tarde con sus amigos, en cómo mi disponibilidad se expandía ahora más allá de él.
No era traición; era exploración. Era yo reclamando placer propio.
Alex follaba con maestría, alternando ritmos: profundo y lento, luego rápido y corto, golpeando puntos dentro de mí que me hacían temblar.
Mi ano se adaptaba a él, abrazándolo, succionándolo con cada retirada.
El placer crecía en oleadas. Mis piernas temblaban. Alex soltó mi boca y bajó su mano para unirse a la mía en mi clítoris, frotando con fuerza mientras su polla entraba y salía de mi culo sin piedad. Gemí contra el espejo, empañándolo con mi aliento. Estaba cerca, muy cerca.
De repente, la voz de Daniel sonó fuera del probador, hablando con una clienta a pocos metros.
—Este modelo es perfecto para tu figura. ¿Quieres probártelo?
Alex no se detuvo. Al contrario, aceleró, follándome el culo con embestidas controladas pero potentes.
Sentía cada vena de su polla, el calor, la fricción deliciosa.
Mi orgasmo llegó como una ola violenta. Me contraje alrededor de él, el ano apretándolo con fuerza mientras mi coño palpitaba vacío y mis jugos corrían por mis muslos.
Mordí mi propio brazo para ahogar el grito.
Alex gruñó bajo, empujando profundo y corriéndose dentro de mí.
Chorros calientes llenaron mi interior, su polla palpitando con cada pulsación.
Se quedó enterrado hasta el final, vaciándose completamente, mientras yo temblaba en los últimos espasmos.
Permanecimos así unos segundos eternos, unidos, respiraciones agitadas.
Alex se retiró lentamente, dejando un vacío ardiente.
Un hilo de semen escapó de mi ano y corrió por mi pierna.
Me giré hacia él, todavía jadeando, y lo besé con gratitud salvaje.
No había palabras. Solo la comprensión silenciosa de lo que acababa de pasar.
Se ajustó la ropa con rapidez profesional y salió del probador, dejando la cortina entreabierta.
Yo me quedé allí, frente al espejo, procesando las sensaciones: el culo sensible y lleno, el cuerpo marcado por manos ajenas, la excitación que no se apagaba.
Me vestí con lentitud, eligiendo el conjunto de encaje negro y el vestido rojo para comprar.
Cuando salí, Daniel y Alex estaban atendiendo a otras clientas con normalidad absoluta.
Solo una mirada compartida, cargada de complicidad, me confirmó que aquello había sido real.
Pagué en la caja con las mejillas aún sonrosadas y salí de la tienda al bullicio del centro comercial.
El semen de Alex se movía dentro de mí con cada paso, recordatorio íntimo y secreto.
No me arrepentía. Al contrario. La semilla que había plantado en mis paseos solitarios ahora florecía con fuerza.
Amaba ser la futura esposa de Erick, siempre dispuesta para él.
Pero esta Malena, la que buscaba y tomaba placer propio, empezaba a definirse con claridad.
Caminé hacia la salida, sintiendo el peso delicioso de lo ocurrido, cuando mi teléfono vibró en el bolso. Era Erick. Y en ese momento, con el culo todavía palpitando por el desconocido, me pregunté cuánto le contaría esta vez.