Capítulo 5 Territorio Propio
Me levanté del suelo bajo la mesa con las rodillas ligeramente entumecidas y el sabor de Erick todavía fresco en mi boca.
El vestido cayó de nuevo sobre mis muslos, cubriendo mi culo desnudo que había estado expuesto a las miradas de Javier y Marcos durante todo el acto.
El salón seguía cargado de esa electricidad silenciosa: el televisor con el partido en segundo plano, las cervezas a medio beber sobre la mesa, el aroma del guiso que se calentaba en la cocina.
Los amigos no dijeron nada. Solo me miraron con una mezcla de sorpresa, deseo y aceptación.
Erick me dedicó una sonrisa posesiva y satisfecha, su mano rozando mi cadera al pasar.
No había reproches, ni drama. Solo la naturalidad cruda de lo que éramos.
Subí las escaleras hacia el dormitorio principal sin prisa, sintiendo el semen y mi propia humedad resbalando por el interior de mis muslos.
Cerré la puerta tras de mí y me senté en el borde de la cama.
El espejo del armario reflejaba mi imagen: cabello revuelto, labios hinchados, mejillas sonrosadas.
Esperé la oleada de vergüenza o arrepentimiento que, según las reglas sociales, debería llegar.
No llegó. En su lugar, sentí una calidez profunda, una satisfacción que nacía de haber cumplido mi rol de forma tan absoluta.
Siempre dispuesta. No solo para Erick en privado, sino delante de otros.
Había aceptado su voluntad sin dudar, había disfrutado el riesgo, la exposición, las miradas de sus amigos sobre mi cuerpo desnudo y mi boca trabajando.
No me avergonzaba. Al contrario. Me sentía viva, poderosa en mi entrega, y esa nueva capa de deseo propio que había descubierto en las calles del centro latía con más fuerza ahora.
Lo ocurrido no era una traición a mí misma; era una extensión de lo que ya era.
Me duché con calma, dejando que el agua caliente llevara parte de los restos físicos, pero no los recuerdos.
Mientras me enjabonaba los pechos y bajaba la mano entre las piernas, reviví la escena: el sonido de mi boca succionando, el culo expuesto, las miradas de Javier y Marcos clavadas en mí.
Mi clítoris respondió inmediatamente. Me toqué despacio, sin prisa por correrme, solo disfrutando la sensación de mi propio cuerpo y la libertad de no tener que explicárselo todo a Erick en ese momento.
Salí de la ducha, me sequé y elegí ropa cómoda pero sugerente: una blusa ligera que marcaba mis pezones y una falda corta que dejaba mis piernas al descubierto.
Sin bragas, por supuesto. Era sábado y el día aún tenía horas por delante.
Bajé al salón. Los hombres habían vuelto al partido como si nada hubiera pasado, aunque las miradas que me dedicaron al verme eran diferentes ahora. Más cargadas. Erick me besó en los labios delante de ellos, una mano bajando posesivamente por mi espalda.
—Voy al centro a comprar algunas cosas para la casa y ropa —anuncié con naturalidad—. ¿Necesitáis algo?
Javier y Marcos negaron, sonriendo. Erick solo asintió, sabiendo que yo volvería cuando estuviera lista.
Salí de casa con el bolso al hombro y una sensación de anticipación en el vientre.
El sol de la tarde calentaba la acera mientras caminaba hacia la parada del autobús.
El aire movía mi falda, rozando mi sexo desnudo.
Cada paso era un recordatorio de mi disponibilidad, no solo para Erick, sino para mí misma.
Llegué al centro comercial del centro de la ciudad, ese bullicio familiar de gente paseando, tiendas iluminadas y aromas de cafés y perfumes.
Primero entré en una tienda de hogar. Compré velas aromáticas, un nuevo mantel para la mesa del comedor y algunos utensilios de cocina que faltaban.
Movimientos prácticos, domésticos. Pero mi mente no estaba del todo allí.
Mientras pagaba, observaba a los hombres que pasaban por los pasillos: uno con traje, otro más casual con brazos marcados.
La semilla plantada días atrás crecía. Quería sentirme deseada por mí misma, explorar sin que Erick estuviera dirigiendo cada segundo.
Después me dirigí a una tienda de ropa interior y vestidos en una de las galerías más elegantes.
El local era amplio, con luces suaves, percheros llenos de prendas sensuales y probadores al fondo con cortinas gruesas.
Una dependienta me saludó, pero fue el dependiente quien captó mi atención inmediatamente.
Alto, alrededor de treinta y cinco años, con cabello oscuro bien cortado, hombros anchos bajo la camisa blanca del uniforme y una sonrisa profesional que escondía algo más intenso en los ojos.
Se llamaba Daniel, según la placa. Me miró de arriba abajo cuando me acerqué al mostrador, deteniéndose un segundo más en la curva de mis pechos bajo la blusa.
— ¿En qué puedo ayudarte? —preguntó con voz grave, acercándose un poco más de lo necesario.
—Busco algo sexy pero cómodo para casa. Lencería, quizás un vestido que marque bien —respondí, sosteniendo su mirada. Sentí un cosquilleo familiar entre las piernas. Me gustaba. Su forma de moverse, el leve aroma a colonia fresca, la confianza en su postura.
Me mostró varias opciones: un conjunto de encaje negro transparente, un vestido rojo ajustado con escote profundo y una bata de seda corta.
Lo acompañé hasta los probadores, consciente de cómo mi falda se movía y de que él caminaba justo detrás de mí.
Entré en uno de los cubículos más amplios del fondo, con espejo de cuerpo entero y una banqueta.
Cerré la cortina, pero no del todo, dejando una rendija deliberada.
Me quité la blusa y la falda lentamente, quedándome completamente desnuda.
Mi cuerpo reflejado en el espejo: pechos pesados con pezones endurecidos, cintura suave, caderas anchas, el sexo hinchado y brillante por la excitación acumulada del día.
Probé primero el conjunto de encaje. El sujetador apenas cubría nada, el tanga se hundía entre mis labios. Me miré y me toqué ligeramente el clítoris por encima de la tela, imaginando las manos de Daniel. La cortina se movió. Él estaba allí, asomando discretamente.
— ¿Cómo te queda? ¿Necesitas otra talla? —su voz era más baja, cargada.
—Entra —susurré, sin pensarlo dos veces.
Daniel cerró la cortina tras de sí. Sus ojos recorrieron mi cuerpo desnudo salvo por el encaje.
No hubo palabras innecesarias. Se acercó y sus manos grandes subieron por mis costados, apretando mis pechos.
Gemí bajito. Lo besé con hambre, sintiendo su lengua invadir mi boca mientras sus dedos pellizcaban mis pezones.
Mi mano bajó a su pantalón y encontré su polla ya dura, gruesa. La froté por encima de la tela.
—Eres preciosa —murmuró contra mi cuello, bajando una mano directamente entre mis piernas. Sus dedos encontraron mi coño empapado y deslizó dos dentro de mí sin preámbulos. Jadeé, arqueándome contra él.
El probador era pequeño, el riesgo real: clientas y otros dependientes fuera, voces lejanas, el sonido de perchas moviéndose.
Eso me excitaba más. Me arrodillé rápidamente, bajé su cremallera y saqué su polla.
Era hermosa, venosa, con la cabeza hinchada.
La metí en mi boca con un gemido sonoro, chupando con la misma dedicación que le había dado a Erick horas antes, pero esta vez era por mí.
Daniel agarró mi cabello, follando mi boca con embestidas controladas mientras yo lamía y succionaba, salivando abundantemente.
—Joder, qué boca —gruñó, conteniendo el volumen.
Me levantó después de unos minutos, me giró contra el espejo y me penetró desde atrás en un solo empujón profundo.
Grité bajito, sintiendo cómo me llenaba.
Sus embestidas eran fuertes, precisas, sus manos en mis caderas tirando de mí hacia él.
Veía mi rostro en el espejo: ojos vidriosos de placer, boca abierta, pechos balanceándose.
El sonido húmedo de su polla entrando y saliendo de mi coño empapado llenaba el probador.
Me tocaba el clítoris mientras él me follaba, persiguiendo mi propio placer.
Daniel aceleró, una mano cubriendo mi boca para ahogar mis gemidos. Me corrí con fuerza, contrayéndome alrededor de él, las piernas temblando. Él no se detuvo. Siguió follándome más duro, sus bolas golpeando contra mí. Estaba cerca. Sentí cómo se hinchaba dentro.
En ese momento exacto, mientras su polla palpitaba a punto de correrse dentro de mí y mi cuerpo todavía vibraba con el orgasmo, escuché pasos cercanos fuera del probador.
Una voz de otra clienta preguntando por tallas.
Daniel se quedó enterrado profundamente, conteniendo un gruñido, su mano apretando mi cadera con fuerza.
Mi mente giraba entre el placer residual y la nueva tensión: la posibilidad de que nos descubrieran justo ahora, con su polla dentro de mí, mi coño goteando, mi cuerpo expuesto contra el espejo.
Daniel reaccionó con una calma profesional sorprendente. Sin salir de mí, se inclinó sobre mi espalda, su pecho pegado a mi piel sudorosa, y habló con voz baja pero clara hacia la cortina entreabierta.
—Ahora mismo le atiendo, señora. Un segundo, por favor. Estoy revisando unas tallas especiales para otra clienta.
Su voz sonaba perfectamente normal, como si estuviera doblando una prenda en lugar de follarme contra el espejo.
La clienta murmuró algo de aceptación y los pasos se alejaron un poco.
Daniel soltó un suspiro ronco contra mi cuello y dio una última embestida lenta, profunda, que me hizo morder el labio para no gemir.
Luego se retiró con cuidado, su polla brillando con mis jugos.
Me giré hacia él, todavía temblando, y lo besé con urgencia, saboreando el riesgo compartido.
—Espera aquí —susurró, ajustándose el pantalón con rapidez—. Voy a llamar a un compañero para que te atienda. No te muevas.
Salió del probador cerrando la cortina casi por completo.
Escuché sus pasos alejándose y su voz hablando en voz baja con alguien al fondo de la tienda.
Mi reflejo en el espejo mostraba una mujer transformada: cabello revuelto, labios hinchados, pezones erectos, el encaje negro del conjunto completamente empapado entre las piernas.
No sentía culpa. Solo una excitación eléctrica, esa libertad nueva que había descubierto.
Erick me había abierto la puerta a ser siempre dispuesta para él, pero aquí, en este probador, era yo quien decidía hasta dónde llegar. Y quería más.
Minutos después, la cortina se movió de nuevo.