Capítulo 4 Entre Amigos #2
Estaba al límite. Lista. Siempre dispuesta. Y el momento se acercaba.
...justo cuando Javier y Marcos discutían acaloradamente una jugada controvertida en la pantalla, Erick ajustó su postura en el sillón y su mano bajó con disimulo hacia su regazo.
Yo sabía exactamente qué significaba. Me levanté con naturalidad, como si fuera a recoger algo de la mesa baja, y me moví hacia él.
El corazón me latía tan fuerte que temí que se oyera por encima del ruido del partido.
El comentarista gritaba emocionado, Javier soltaba un juramento y Marcos reía, señalando la repetición en la televisión.
El salón olía a cerveza, a guiso que aún se calentaba en la cocina y al leve sudor masculino de una tarde de hombres viendo fútbol.
Me arrodillé entre las piernas de Erick con movimientos lentos, controlados sin ningún pudor, como si estuviera buscando el mando que se había caído o arreglando un cojín.
Mi vestido se subió ligeramente por los muslos y dejaba ver la parte baja de mis glúteos.
La tela, en su pliegue delantero, rozó mi sexo desnudo y húmedo, enviándome una descarga que me hizo apretar los dientes.
La posición era imposible que no lo apreciaran, puesto que mi culo quedaba justo a la misma altura y distancia que el sofá.
Erick abrió un poco más las piernas para darme espacio, su mano descansando en mi cabello con aparente casualidad, como si solo estuviera acomodándome. Nadie miró. Todavía no. El partido seguía en su clímax y los amigos estaban absortos.
Bajé la cremallera de su pantalón con dedos temblorosos pero precisos.
Su polla saltó libre, ya dura, caliente y pesada en mi mano.
El contraste era brutal: el salón lleno de voces normales, el sonido del balón golpeando, las carcajadas de Javier por una falta, y yo allí, arrodillada, con la boca a centímetros de la erección de mi marido.
Me incliné y la tomé entre mis labios lentamente, envolviéndola con calor húmedo.
Erick soltó un suspiro que disimuló tosiendo, su mano apretando mi cabello con esa presión que yo conocía tan bien: “despacio, quiero gozarlo, guarda silencio”.
Empecé a chupar con movimientos controlados, profundos pero silenciosos.
Mi lengua giraba alrededor de la cabeza, saboreando el gusto salado de su excitación.
Mis mejillas se hundían con cada succión suave.
El peligro lo cambiaba todo. Cada sonido del salón —Marcos comentando “¡qué jugada, tío!”
— me recordaba que solo una distracción, un giro de cabeza, y nos descubrirían.
Ese riesgo me encendía de una forma completamente nueva.
Mi coño palpitaba vacío, goteando sobre la alfombra, los labios hinchados y sensibles sin que nadie los tocara.
Nunca había sentido esta intensidad: la adrenalina mezclada con la sumisión, el miedo a ser vista y el placer de servirle en secreto.
Erick mantenía la conversación ligera. “Sí, ese árbitro es una mierda”, dijo con voz casi normal, mientras su polla se deslizaba más profundo en mi garganta.
Yo tragaba alrededor de él, controlando las arcadas, respirando por la nariz con cuidado.
Mis pezones rozaban el interior de sus muslos a través del vestido.
Cada vez que Javier o Marcos hablaban, yo aceleraba un poco el ritmo, luego me detenía cuando sus voces subían.
El doble plano era hipnótico: sus risas, el pitido del árbitro en la tele, el olor a queso y cerveza, y yo devorando la polla de mi marido con dedicación silenciosa, mi saliva resbalando por su base y mojando sus pantalones.
Descubrí en ese momento que el peligro me excitaba como nada antes.
Mi mente, siempre dividida, ahora se centraba en dos cosas: complacer a Erick y no hacer ruido.
Pero debajo de eso latía algo más salvaje.
El hecho de que pudieran descubrirnos, aunque tampoco sabía a ciencia cierta si ya lo habían descubierto, de que sus amigos vieran cómo la pareja perfecta se convertía en puta silenciosa, enviaba oleadas de calor a mi vientre.
Mis caderas y mi culo se movían ligeramente por instinto, buscando fricción contra el aire.
Estaba empapada, más de lo que recordaba en mucho tiempo.
El riesgo era un afrodisíaco nuevo, más potente que cualquier orden directa en casa.
Erick empujó un poco más con las caderas, follándome la boca con movimientos mínimos pero profundos.
A él le daba igual el ser descubierto, al fin y al cabo, eran amigos de toda la vida y yo tampoco sabía de sus andaduras fuera de casa.
Yo gemí bajísimo alrededor de su polla, un sonido ahogado que se perdió entre los gritos del estadio en la televisión.
Mi clítoris palpitaba y contraía sin tocarlo.
Sentía que podía correrme solo con esto, con la humillación controlada y el secreto compartido.
Javier se levantó de repente para coger otra cerveza de la mesa.
Pasó cerca, a solo un metro de nosotros.
Yo me quedé quieta, con la polla de Erick enterrada hasta el fondo en mi garganta, conteniendo la respiración.
El amigo abrió la nevera portátil que habíamos sacado, murmurando algo.
Erick mantuvo la calma, respondiéndole con voz ronca pero natural.
Su polla palpitaba en mi boca. Yo sentía las venas latiendo contra mi lengua.
Pude escuchar un sonido de choque de manos y una vaga conversación entre ellos, —como te estás poniendo cabrón—
Javier volvió a sentarse sin mirar hacia abajo.
Mi corazón parecía que iba a explotar. Reanudé el movimiento, más excitada que nunca.
Chupaba con hambre contenida, lamiendo la base, succionando la cabeza con fuerza, pero sin hacer ruido en exceso.
Erick empezaba a tensarse con breves espasmos y movimientos de cadera introduciendo más su miembro en mi boca.
Lo conocía bien: la forma en que sus muslos se endurecían, la respiración más corta. Estaba cerca.
—Vamos, que este tiempo se acaba —comentó Marcos, ajeno a todo, señalando la pantalla.
Erick gruñó en acuerdo, pero su mano apretó mi cabeza con más fuerza.
Empezó a correrse. El primer chorro caliente golpeó mi garganta.
Tragué rápido, silenciosamente, mientras oleadas de semen llenaban mi boca.
Seguí chupando, ordeñándolo todo, limpiando cada gota con la lengua.
Su polla palpitaba fuerte, vaciándose en mí.
Yo gemí muy bajito, casi inaudible, mi propio placer creciendo al límite solo por el acto, por el riesgo, por sentirme usada en medio de la normalidad.
Justo cuando tragaba la última gota lamiendo la polla para limpiarla y con algo de semen cayendo por la comisura de mis labios, levanté ligeramente la vista.
Erick hizo un gesto rápido con la mano: dedo en los labios, señal de silencio absoluto.
Sus ojos me advertían. Pero yo no entendí del todo hasta que giré un poco la cabeza.
Allí estaban. Javier y Marcos ya no miraban la televisión.
Sus ojos estaban fijos en mí: arrodillada entre las piernas de Erick, labios hinchados y brillantes de saliva y semen, la polla de mi marido aún medio dura saliendo de mi boca.
El tiempo se detuvo. El partido seguía sonando de fondo, el comentarista exaltado por un gol, pero en el salón el silencio era ensordecedor.
Sus rostros mostraban sorpresa, excitación, confusión. No se movían. Solo miraban.
Mi mente se congeló. El calor de la vergüenza y un nuevo tipo de excitación me inundaron.
Erick mantenía el gesto de silencio, como si intentara controlar la situación, pero ya era tarde.
Ellos habían visto. Habían visto cómo su mujer siempre dispuesta chupaba en secreto, cómo se corría en mi boca mientras ellos discutían jugadas.
Mi cuerpo temblaba, mi coño goteaba, y la realización de que nos habían descubierto me dejó suspendida en una tensión eléctrica, sin saber qué vendría después.