Capítulo 4 Entre Amigos
Era sábado por la tarde y la luz entraba suave por las ventanas del salón, tiñendo todo de un dorado cálido que hacía que la casa pareciera aún más acogedora.
Me movía por los espacios con esa eficiencia tranquila que había perfeccionado con los meses: pasaba el trapo por la mesa de centro, colocaba los cojines en su lugar exacto, revisaba que no hubiera una sola mota de polvo en los estantes.
El aroma a ajo y hierbas provenía de la cocina, donde un guiso de carne con verduras se cocinaba a fuego lento en la olla.
Había preparado también una tabla de quesos, frutos secos y algunas cervezas frías en la nevera.
Nada demasiado elaborado, solo lo suficiente para que pareciera natural, hospitalario.
Erick había invitado a dos amigos a ver el partido de fútbol de la tarde y yo, como siempre, me encargaba de que todo estuviera perfecto.
Me detuve frente al espejo del pasillo para arreglarme.
Llevaba un vestido sencillo de algodón azul marino que caía por encima de las rodillas, ceñido en la cintura, pero suelto en las caderas.
Debajo, nada. Ni bragas ni sujetador. El tejido rozaba mis pezones y se movía contra mi sexo con cada paso, recordándome constantemente mi estado de disponibilidad.
Me cepillé el cabello hasta que cayó en ondas suaves sobre los hombros, me puse un toque de brillo en los labios y un poco de perfume en el cuello y las muñecas.
Me miré a los ojos en el reflejo. Por fuera era la pareja perfecta: sonriente, organizada, atenta.
Por dentro, esa otra Malena que había empezado a despertar en los parques y calles del centro latía con fuerza, pero hoy quedaba contenida. O eso creía.
Escuché el coche de Erick aparcando fuera. Poco después, las voces de los tres hombres llenaron la entrada. Me sequé las manos en un paño de cocina y salí a recibirlos con una sonrisa cálida.
—Malena, qué bien huele todo —dijo Erick, acercándose para darme un intenso beso en la boca mientras su mano bajó discretamente hasta apretar mi culo por encima del vestido, un gesto rápido, muy intenso y sin ningún reparo por la presencia de sus amigos.
—Hola, chicos. Pasad y tomad a siento, estáis en vuestra casa —respondí, saludando a Javier y a Marcos con dos besos.
Javier era alto, de complexión fuerte, ingeniero como Erick, con una risa fácil y barba de varios días.
Marcos, más delgado y conversador, trabajaba en marketing y siempre tenía alguna anécdota divertida del trabajo.
Eran amigos de años, de esas visitas que se repetían cada cierto tiempo para ver fútbol, tomar cervezas y desconectar.
El ambiente era completamente normal: palmadas en la espalda, comentarios sobre el equipo favorito, el sonido del televisor que Erick acababa de encender para sintonizar el previo del partido.
Me moví por el salón sirviendo las bebidas.
Les traje cervezas frías, coloqué la tabla de quesos en la mesa baja que tenían delante Javier y Marcos y me aseguré de que tuvieran todo a mano.
Me senté un rato con ellos en el sofá, participando en la conversación banal mientras el partido empezaba.
Hablamos del clima, del tráfico, de un viaje que Javier planeaba con su novia.
Yo reía en los momentos adecuados, comentaba algo sobre la comida que estaba preparando, cruzaba las piernas con naturalidad.
El vestido se subía ligeramente con el movimiento, dejando ver buena parte de mis muslos.
Nadie imaginaba que bajo esa tela no había nada, que mi coño ya empezaba a humedecerse solo por la presencia de Erick y la rutina doméstica que ocultaba tanto.
Erick estaba sentado en el sillón principal que por espacio estaba un poco más atrás que el sofá, con el mando en la mano.
De vez en cuando me miraba con esa expresión que solo yo reconocía: los ojos ligeramente entrecerrados, la mandíbula tensa de forma casi imperceptible.
La normalidad del salón contrastaba brutalmente con lo que bullía debajo.
El comentarista del partido hablaba con entusiasmo de las alineaciones, Javier y Marcos discutían sobre algunos jugadores convocados, y yo mientras servía más cerveza, inclinándome para que el escote del vestido mostrara el inicio de mis pechos.
Sentía sus miradas ocasionales, inocentes, admirativas tal vez, pero sin segundas intenciones.
Erick, sin embargo, sabía exactamente lo que provocaba en mí.
El primer tiempo avanzaba. Me levanté para ir a la cocina a revisar el guiso.
El aroma llenaba el aire, reconfortante y hogareño.
Removí la olla con una cuchara de madera, probando el punto de sal.
Mis pensamientos se dividían: por un lado, la satisfacción de crear este espacio cómodo para mi marido y sus amigos; por otro, esa corriente subterránea de deseo que Erick había cultivado en mí durante bastante tiempo.
Siempre dispuesta. La frase resonaba en mi cabeza mientras sentía el aire fresco rozando mi sexo al moverme.
Volví al salón con una fuente de patatas fritas caseras.
La coloqué en la mesa y me senté de nuevo, esta vez más cerca de Erick.
La conversación fluía: risas por un gol fallido, comentarios sobre el árbitro.
Javier contaba una historia de su último proyecto en el trabajo, gesticulando con las manos.
Marcos reía y pedía otra cerveza. En ese momento preciso, cuando los dos amigos estaban distraídos mirando la pantalla y comentando en voz alta una jugada polémica, Erick me hizo una señal.
Fue discreta, casi invisible para cualquiera que no la conociera tan bien como yo.
Su mano derecha descansó en el brazo del sillón, el índice y el medio extendidos un segundo, luego cerró el puño suavemente y lo golpeó dos veces contra su muslo.
La señal. La que significaba “ahora”. La que usaba cuando quería que me preparara para él sin que nadie notara nada.
Mi estómago se contrajo. Un calor intenso subió desde mi vientre hasta mis mejillas.
Miré de reojo a Javier y Marcos: seguían absortos en el partido, gritando una protesta contra el árbitro.
Erick me miró un instante, sus ojos oscuros cargados de intención, y volvió a prestar atención a la pantalla como si nada.
Procesé lo que significaba. Con dos personas en el salón, ajenas a todo.
El contraste era abrumador. El televisor emitía los gritos de la afición, el olor a cerveza y comida llenaba el aire, las voces masculinas llenaban el espacio con normalidad absoluta.
Y yo, sentada allí con las piernas cruzadas, sentía cómo mi coño se mojaba de golpe, los labios hinchándose, un hilo de humedad empezando a deslizarse lentamente por el interior de mi muslo.
Sabía exactamente lo que vendría: Erick querría que me acercara, que encontrara una excusa para ponerme de rodillas bajo la mesa, o que me sentara en su regazo disimuladamente, o quizás algo más audaz.
La señal era clara. Mi cuerpo respondió antes que mi mente: pezones duros contra la tela del vestido, respiración ligeramente más rápida, mente girando en espiral.
Mantuve la compostura. Me levanté con naturalidad para recoger unos vasos vacíos, caminando hacia la cocina mientras sentía sus ojos en mi espalda.
En la cocina, apoyé las manos en la encimera un segundo, respirando profundo.
El guiso burbujeaba. El partido seguía sonando desde el salón.
Javier soltó una carcajada por algo que dijo Marcos.
Todo tan normal. Tan doméstico. Y yo allí, con el corazón latiendo fuerte, procesando la orden silenciosa.
¿Qué haría exactamente? ¿Me pediría que me tocara discretamente mientras ellos veían el partido?
¿O esperaría a que se distrajeran más para meterme mano bajo el vestido?
La incertidumbre aumentaba la tensión. Me gustaba.
Me excitaba de una forma profunda, casi perversa.
Regresé al salón con más bebidas y me senté esta vez en el brazo del sillón de Erick.
Su mano subió casualmente por mi espalda, rozando mi columna bajo el vestido.
Otro toque de la señal: dedos extendidos, luego presión.
Significaba “prepárate”. Mi mente corría.
Imaginaba las posibles escenas: yo arrodillada entre sus piernas mientras él comentaba el partido con sus amigos, su polla en mi boca, tragando en silencio.
O él deslizando una mano bajo mi vestido mientras yo servía algo, dedos entrando en mí sin que nadie notara.
El riesgo, la cercanía de los otros, la normalidad aparente, todo amplificaba el deseo.
Sentía mi humedad empapando ya parte del vestido por debajo.
Javier se levantó para ir al baño un momento. Marcos seguía concentrado en la pantalla, comiendo patatas. Erick aprovechó el instante para susurrarme al oído, muy bajo:
—Esa señal significa que quiero tu boca en mi polla. Pero aquí, con ellos. No hace falta que seas discreta.
Mi coño se contrajo con fuerza. Asentí levemente, sonriendo como si me hubiera dicho algo inocente sobre el partido.
La tensión interna crecía mientras mantenía la conversación ligera con Marcos sobre las estadísticas del equipo.
Mi mente estaba en otro lugar: anticipando el momento, imaginando el sabor de Erick, el riesgo de ser descubiertos, la excitación de servirle delante de sus amigos sin que ellos supieran.
La dualidad me definía: la anfitriona perfecta por fuera, la mujer siempre dispuesta por dentro, con esa nueva capa de deseo propio latiendo también, recordándome que parte de mí disfrutaba este juego por sí misma.
Javier volvió del baño. La conversación retomó su flujo normal.
El partido entró en los minutos finales del primer tiempo.
Erick me miró de nuevo. La señal se repitió con los dedos sobre su rodilla.
Mi respiración se aceleró. Me incliné para colocar una servilleta en la mesa, dejando que mi culo quedara cerca de su mano.
Él rozó la parte trasera de mi muslo, subiendo ligeramente bajo el vestido.
El contacto fue eléctrico. Nadie vio nada o eso creía yo.
El contraste entre la charla banal sobre goles y tácticas y la humedad que corría por mis piernas era abrumador.
Me senté de nuevo, esta vez en el sofá junto a Marcos, cruzando las piernas para intentar contener la excitación.
Sentía los ojos de Erick sobre mí, planeando.
Mi mente procesaba cada detalle sensorial: el calor de los cuerpos masculinos en el salón cerrado, el sonido del balón en la televisión, el olor a cerveza y comida, mi propio aroma íntimo mezclándose sutilmente.