Devota de Uno, Puta para Todos Capítulo 3 Interrumpidos
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Capítulo 3 Interrumpidos

Él aceleró, sintiendo mi cambio. Sus gruñidos se volvieron más primitivos. Estaba a punto, y yo también. Mis piernas temblaban. El placer era cegador. Justo cuando el orgasmo empezaba a romperse en mí, cuando sentí las primeras contracciones fuertes...

El timbre de la puerta principal sonó, claro y estridente, cortando el aire.

Era alguien en la entrada, llamando con insistencia.

Erick se detuvo dentro de mí, todavía palpitante, su polla enterrada hasta el fondo, mi cuerpo al borde del clímax.

Miramos hacia la dirección de la puerta.

El telediario seguía sonando de fondo, ajeno a todo.

Mi mente giraba: ¿quién podía ser a esta hora?

¿Un vecino? ¿Un paquete? La interrupción me dejó suspendida, el placer latiendo sin resolverse, y ese recuerdo repentino del hombre del parque clavado en mi cabeza como un secreto que de golpe se sentía demasiado real, demasiado peligroso, cambiando el calor en algo más complejo, más inquietante.

El timbre sonó otra vez, más insistente, rompiendo el hechizo de carne y gemidos que tanto estaba disfrutando.

Erick seguía enterrado hasta el fondo dentro de mí, su polla gruesa palpitando con fuerza contra mis paredes internas, tan caliente y dura que sentía cada latido como un segundo corazón.

Mi coño lo apretaba con desesperación, al borde del abismo, contrayéndose alrededor de él en espasmos involuntarios que me robaban el aliento.

Estaba tan cerca… tan jodidamente cerca que las lágrimas de frustración me picaban en los ojos.

—Joder —gruñó él contra mi cuello, su voz ronca y cargada de furia contenida.

Sus caderas se movieron una vez más, un golpe corto y profundo que me arrancó un gemido ahogado, pero se detuvo.

Salió de mí lentamente, con un sonido húmedo y obsceno que me hizo temblar.

Sentí su semen mezclado con mis jugos deslizarse por mi muslo en un hilo caliente mientras él se subía los pantalones con movimientos bruscos.

Yo permanecí un segundo más con las manos apoyadas en la pared, las piernas temblando, el cuerpo entero latiendo de necesidad insatisfecha.

Mi clítoris palpitaba con tanta fuerza que dolía.

El recuerdo de aquel hombre del parque seguía clavado en mi mente como una espina ardiente: esa mirada hambrienta, impersonal, cargada de un deseo crudo que no pedía permiso.

¿Por qué ahora? ¿Por qué mientras Erick me follaba como si quisiera marcarme el alma, yo recordaba unos ojos que no tenían nada de amor ni de la posesión familiar que compartíamos?

Erick me giró hacia él y me besó con fuerza, casi con rabia, metiendo su lengua en mi boca como si quisiera follarme también por ahí.

—Quédate aquí —ordenó en un susurro bajo y peligroso—. No te muevas. Voy a ver quién coño es.

Asentí, todavía aturdida, y me bajé el vestido con manos temblorosas.

El tejido se pegó a mi piel húmeda, marcando mis pezones duros y rozando mi coño sensible.

Me sentía sucia, expuesta, deliciosamente usada…

y terriblemente frustrada. Caminé hasta el sofá con las piernas inestables y me senté, cruzando los muslos con fuerza para intentar calmar el palpitar constante entre ellos.

El telediario seguía sonando de fondo, hablando de no sé qué crisis política, completamente ajeno al huracán que se desataba dentro de mí.

Escuché la voz de Erick en la entrada, seca y cortante. Una voz femenina respondió, educada pero firme. Una vecina. Algo sobre una fuga de agua en el piso de arriba y que necesitaba comprobar si también nos afectaba. Conversación banal. Segundos que se me hicieron eternos.

Mientras esperaba, un escalofrío me recorrió.

Estaba empapada. Podía sentir el semen de Erick saliendo de mí, mezclándose con mi propia excitación.

Apreté más fuerte y mordí mi labio para no gemir.

El placer interrumpido latía como una herida abierta.

Quería correrme. Necesitaba que Erick volviera y terminara lo que había empezado, que me follase contra el sofá, sobre la mesa, donde fuera, hasta que gritara su nombre.

Pero también… también me preguntaba cómo sería sentir esa otra mirada sobre mi piel mientras me penetraban. Esa hambre impersonal. Esa falta absoluta de ternura.

La puerta se cerró con un golpe. Erick apareció en el salón segundos después, con el ceño fruncido y la polla todavía marcando una erección evidente bajo los pantalones. Sus ojos se clavaron en mí, recorriendo mi postura tensa, mis mejillas sonrojadas, la forma en que apretaba los muslos.

— ¿Estás bien? —preguntó, pero su voz tenía un matiz oscuro, como si ya supiera que algo había cambiado.

Me levanté lentamente, dejando que el vestido se subiera lo justo para que viera el brillo húmedo en mis muslos. Di dos pasos hacia él, con el corazón latiendo desbocado, y me detuve a solo unos centímetros. El olor de nuestro sexo aún flotaba entre nosotros.

—No —susurré, mirándolo a los ojos mientras mi mano subía por su pecho—. No estoy bien. Necesito que me folles ahora mismo, Erick sin parar. Hasta que no pueda pensar en nada más.

Mis palabras fueron casi una súplica. Porque si no me follaba en ese preciso instante. Temía que mi cuerpo traicionero anhelara algo que no debería desear.

Erick sonrió con esa sonrisa lobuna que tanto me gustaba y me agarró por la nuca, atrayéndome hacia él con fuerza.

—Entonces de rodillas, mi futura esposa —gruñó contra mis labios—. Porque voy a recordarte exactamente a quién perteneces.

Y mientras me empujaba hacia abajo, hacia su polla todavía húmeda con mis jugos, supe que esta noche sería larga, intensa y peligrosa. Porque por primera vez, mientras Erick me usaba, otra mirada acechaba en los rincones oscuros de mi mente… y mi coño se contrajo con fuerza solo de pensarlo.

Pensé en el inicio de todo, en aquella noche contra la pared donde dije “sí, siempre”.

En ese momento fue pura excitación, rendición deliciosa.

Me sentí poderosa entregándome. Pero con los años, esa rendición se había vuelto cómoda, casi automática.

Y en la comodidad, aparecían grietas. Deseos que no le había contado del todo.

Como la fantasía recurrente de estar en un probador de una tienda elegante, con la cortina mal cerrada, y permitir que un extraño me observara mientras me probaba lencería.

No tocar. Solo mirar. O la idea de masturbarme en el cine, en la oscuridad, rodeada de gente que no sospechaba nada.

Eran impulsos que nacían cuando estaba sola, lejos de su control, y que me hacían sentir viva de una forma distinta. Más cruda. Más personal.

¿Qué decía eso de mí? ¿Era la pareja devota que fingía ser, o había otra Malena que emergía en la soledad?

La introspección me pesaba y me excitaba al mismo tiempo.

Me gustaba ser la puta de Erick en casa.

Me gustaba arrodillarme, chuparlo, dejar que me usara en cualquier superficie.

Pero también empezaba a gustarme la idea de ser dueña de mi propio placer.

De explorar límites que no requerían su permiso explícito, aunque siempre dentro de los acuerdos que teníamos.

La honestidad seguía siendo sagrada. Sin embargo, la frontera entre “lo hago porque él quiere” y “lo quiero yo” se estaba volviendo borrosa, deliciosamente borrosa.