Devota de Uno, Puta para Todos Capítulo 2 Llegada a casa #3
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Capítulo 2 Llegada a casa #3

Aprendí en ese instante, con él hablando de balances y plazos, a leer sus señales: la presión de sus dedos en mi piel, la forma en que su mirada se oscurecía cuando quería que me quedara quieta, el leve movimiento de su mandíbula cuando el deseo luchaba contra la obligación.

No necesitaba que me dijera nada. Solo observarlo, sentirlo, anticiparme.

Me mantuve en silencio, respirando por la boca, contrayendo suavemente mis músculos internos alrededor de él en un ritmo discreto que solo nosotros podíamos percibir.

Él seguía hablando, pero su mano libre bajó hasta mi clítoris y lo rozó una vez, dos veces, una advertencia y una recompensa.

Mordí mi labio para no gemir. El contraste era abrumador: su voz corporativa, calmada, y mi cuerpo expuesto, empalado, al borde del colapso.

La llamada terminó después de cinco minutos eternos.

Erick arrojó el teléfono al sofá y, sin salir de mí, me levantó en brazos.

Mis piernas se envolvieron alrededor de su cintura.

Caminó conmigo así, su polla moviéndose dentro con cada paso, hasta la cocina.

El telediario sonaba en la televisión de la pared, el presentador hablando de economía y clima con ese tono neutral y monótono que llenaba el espacio.

La luz de la tarde entraba por la ventana sobre la encimera, iluminando los platos limpios y el aroma residual del café de la mañana.

Todo tan doméstico, tan ordinario. Y yo, completamente desnuda, empalada en él.

Me sentó en el borde de la mesa de la cocina, las piernas abiertas, y por fin empezó a moverse de nuevo.

Empujes lentos, profundos, que hacían que mis pechos se bambolearan al ritmo.

El sonido de fondo del telediario —“...las tasas de interés podrían subir en los próximos meses...”

— creaba un contraste perverso que me excitaba aún más.

Erick me miraba a los ojos, estudiándome.

—Estás aprendiendo —murmuró, una mano en mi nuca, la otra sujetando mi muslo—. Ves cómo respiro más profundo cuando quiero que aprietes. Cómo mi pulgar se clava aquí cuando necesito que te inclines más.

Asentí, jadeando. Sí, lo veía. Lo sentía.

Anticipaba. Cuando su mirada bajó a mis pechos, ya sabía que quería que los apretara para él.

Lo hice, levantándolos, ofreciéndoselos.

Se inclinó y chupó un pezón con fuerza, mordiendo justo lo suficiente para enviarme una punzada de dolor placentero.

Mis caderas se movieron hacia adelante, buscándolo.

El telediario continuaba: una reportera hablando de tráfico en la ciudad, voces lejanas, irrelevantes.

Me giró sobre la mesa, apoyando mi torso contra la madera fría.

Mis pechos se aplastaron contra la superficie, los brazos extendidos.

Entró desde atrás en un solo movimiento, más profundo ahora.

Gemí contra mi brazo. Sus embestidas eran medidas, pausadas, como si quisiera saborear cada centímetro.

Una mano bajó hasta mi trasero y encontró mi agujero, frotó en círculos lentos mientras el noticiero hablaba de un escándalo político.

El sonido de piel contra piel se mezclaba con las voces de los presentadores, creando una sinfonía absurda y erótica.

—Dime qué sientes cuando te follo así, Malena —pidió, su voz ronca cerca de mi oído.

—Siento que soy tuya... completamente. Que mi cuerpo espera tus señales antes de que las des. Que me mojo más cuando estás al teléfono, sabiendo que tengo que quedarme quieta para ti.

Sus embestidas se volvieron un poco más fuertes.

Aprendí otra señal: cuando su respiración se aceleraba en ese patrón corto, quería que yo empujara hacia atrás.

Lo hice, arqueando la espalda, ofreciéndole más ángulo.

Su polla golpeaba ese punto dentro de mí que me hacía ver estrellas.

Los jugos resbalaban por mis muslos, goteando sobre la mesa.

El telediario pasó a la sección del clima: temperaturas altas, sol radiante, mientras yo sudaba y gemía en la cocina.

Erick se retiró de repente y me levantó, sentándome de nuevo en el borde.

Me penetró de frente, cara a cara. Sus ojos no se apartaban de los míos.

Esta proximidad era diferente: podía ver cada micro expresión, cada deseo no pronunciado.

Cuando sus pupilas se dilataban así, quería que lo besara con lengua.

Lo hice. Cuando su mano apretaba mi culo con más fuerza, quería que yo cruzara los tobillos detrás de su espalda.

Lo hice. Estaba aprendiendo su lenguaje corporal como si fuera mío propio, anticipando cada necesidad antes de que se convirtiera en orden.

El placer crecía en oleadas intensas, profundas.

Mis uñas se clavaban en sus hombros. El presentador hablaba ahora de una receta fácil para la cena, ironía cruel mientras Erick me follaba con precisión quirúrgica.

Sentía cada vena de su polla, cada roce contra mis paredes hinchadas.

Mi clítoris rozaba su pelvis con cada embestida. Estaba cerca, muy cerca.

—Quiero que te corras pensando en esto —susurró—. En cómo lees mi cuerpo mejor que nadie. En cómo tu coño se adapta a mí sin que yo diga nada.

Aumenté el ritmo de mis caderas, contrayéndome alrededor de él.

El orgasmo se acercaba, tensando cada músculo.

Sus manos apretaron mis pechos, pulgares en los pezones.

El telediario seguía: risas de un segmento ligero, publicidad.

Todo normal. Nosotros, en el centro de esa normalidad, follando con una intensidad que hacía temblar la mesa.

De repente, sentí que lo que me hacía lo necesitaba más de lo que yo creía. Mi coño se contrajo con más fuerza alrededor de Erick.