Capítulo 2 Llegada a casa #2
Pagué en la caja con las mejillas aún sonrojadas, y la cajera me sonrió sin saber nada de la tormenta que llevaba dentro.
En el camino de regreso a casa, el sol entraba por la ventanilla y calentaba mis muslos.
Conduje con una mano en el volante y la otra rozando mi sexo por encima del vestido, solo para mantener la tensión.
No me toqué mucho, solo caricias. Quería llegar exactamente como él me había pedido: ansiosa, preparada, lista.
Llegué a casa, guardé las compras con movimientos precisos pero distraídos.
La cocina olía a limpio, a hogar. Subí al dormitorio, me miré en el espejo.
El vestido era perfecto: fino, ceñido en el pecho, suelto en las caderas.
Me quité las sandalias y bajé descalza. En la entrada, frente a la puerta principal, me arrodillé sobre la alfombra suave.
Las rodillas se hundieron ligeramente. Separé las piernas lo suficiente para sentir el aire fresco rozando mi coño expuesto.
Mis pezones se marcaban contra la tela. Esperé.
Los minutos pasaban lentos. Mi mente no paraba.
Recordaba el inicio de nuestra relación, cómo esa disponibilidad había nacido casi por instinto aquella noche contra la pared, y cómo había crecido hasta convertirse en esto: una expectativa explícita, hablada, aceptada.
Me excitaba saber que él lo necesitaba tanto como yo.
Que mi cuerpo era su refugio. Que podía usarme para descargar la presión del día, para celebrar una victoria, para simplemente satisfacer un impulso.
Escuché el coche en la entrada. Mi corazón se aceleró.
La llave giró en la cerradura. Erick abrió la puerta y se detuvo un segundo, mirándome desde arriba.
Sus ojos recorrieron mi figura arrodillada: el vestido subido ligeramente por las rodillas abiertas, el escote que mostraba el inicio de mis pechos, mi rostro levantado hacia él con anticipación.
—Joder, Malena —murmuró, cerrando la puerta tras de sí—. Exactamente cómo te pedí.
Dejó el maletín a un lado y se acercó. Su mano grande bajó hasta mi cabello, acariciándolo primero con ternura, luego agarrándolo con firmeza. Tiró suavemente hacia atrás, obligándome a mirarlo a los ojos.
—Dime otra vez que lo entiendes.
—Entiendo que soy tuya para cuando quieras —respondí, con la voz temblando de excitación—. Que puedes follarte a otras cuando quieras. Que mi cuerpo está disponible para ti siempre. Que me excita saberlo.
Sonrió con esa mezcla de cariño y dominancia que me volvía loca. Su otra mano bajó hasta mi pecho, apretando uno de mis senos por encima del vestido, pellizcando el pezón hasta que gemí.
—Levántate.
Me puse de pie. En un movimiento fluido, me levantó el vestido hasta la cintura, exponiéndome por completo. Sus dedos bajaron directamente entre mis piernas y comprobaron lo mojada que estaba.
—Tan preparada —gruñó, introduciendo dos dedos de golpe. Jadeé, agarrándome a sus hombros. Empezó a moverlos dentro de mí, curvándolos justo donde sabía que me volvía loca, mientras su pulgar rozaba mi clítoris hinchado.
Me besó con hambre, su lengua invadiendo mi boca al mismo ritmo que sus dedos me follaban. El sonido húmedo llenaba el silencio de la entrada. Mis caderas se movían solas contra su mano, buscando más. Sentía mis jugos deslizándose por mis muslos.
—Quítate el vestido —ordenó, sacando los dedos y llevándoselos a la boca para probarme.
Obedecí. El vestido lo tiré al suelo. Estaba completamente desnuda frente a él, en plena luz de la tarde que entraba por la ventana lateral. Erick me miró con posesión, desabrochándose el cinturón. Su polla saltó libre, dura, gruesa, con la punta ya brillando.
—Arrodíllate otra vez.
Volví al suelo. Abrí la boca sin que me lo pidiera y la tomé profundamente.
Sabía ácido, pero no me importó nada. Chupé con dedicación, usando la lengua alrededor de la cabeza, bajando hasta la base, sintiendo cómo tocaba mi garganta.
Erick gemía bajo, una mano en mi cabeza guiándome, la otra sujetando mi barbilla.
—Así, mi puta querida. Trágatela toda, aunque sepa a culo de otra, porque... le tuve que follara el culo si… no pude contenerme.
Aceleré el ritmo, succionando más fuerte, salivando abundantemente. Sus caderas empujaban suavemente, follándome la boca con control. Mis manos subieron a sus muslos, sintiendo los músculos tensos. Estaba tan excitada que mi coño palpitaba vacío, goteando sobre la alfombra.
Después de varios minutos, me levantó, me giró contra la pared y me penetró de un solo empujón profundo. Grité de placer. Sus embestidas eran fuertes, posesivas, cada una más intensa que la anterior. Una mano en mi cadera, la otra rodeando para frotar mi clítoris.
—Esto es lo que quiero todos los días —gruñó contra mi oído—. Follarte cuando se me antoje. Sentirte apretada y mojada siempre para mí, sin importarte donde la haya metido antes ni a quién.
Me corrí con fuerza, contrayéndome alrededor de su polla, las piernas temblando. Pero él no se detuvo. Siguió follándome contra la pared, cambiando el ángulo para llegar más profundo. Mis pechos se aplastaban contra la superficie fría. El placer crecía de nuevo, más intenso.
Me llevó al sofá, me tumbó de espaldas, me abrió las piernas ampliamente y volvió a entrar. Esta vez más lento, más profundo, mirándome a los ojos mientras se movía.
—Dime que te gusta ser mi puta siempre disponible.
—Me encanta —jadeé—. Ser tuya. Siempre dispuesta.
Aumentó el ritmo otra vez. El sonido de nuestros cuerpos chocando era obsceno y perfecto. Sentía cada vena de su polla, cada golpe contra mi punto más sensible mientras lo acompañaba con los movimientos de mi culo, estaba tan cerca otra vez, al borde, cuando...
De repente, su teléfono empezó a sonar en el bolsillo del pantalón tirado en el suelo.
Una llamada importante, por el tono. Erick se detuvo dentro de mí, todavía palpitante, y miró hacia el sonido.
Su expresión cambió ligeramente. La tensión sexual seguía allí, suspendida, mi cuerpo al límite, su polla enterrada profundamente, pero la realidad externa interrumpiendo justo en ese momento crítico.
Mi mente giraba, el placer latiendo sin resolverse, esperando su decisión.
El teléfono seguía sonando en el suelo, insistente, rompiendo el ritmo de nuestras respiraciones agitadas.
Erick permanecía enterrado profundamente dentro de mí, su polla palpitando contra mis paredes internas, mi coño apretándolo en espasmos involuntarios.
No se movió. Sus ojos se clavaron en los míos un segundo eterno, esa mezcla de frustración y control que yo ya empezaba a reconocer como una señal clara.
Levantó una mano, indicándome silencio sin palabras, y se estiró para alcanzar el pantalón.
Contestó con voz profesional, firme, mientras su otra mano permanecía en mi cadera, manteniéndome inmóvil contra el sofá.
—Sí, estoy aquí. Dime.
Su tono cambió por completo. Hablaba de números, de una reunión pospuesta, de un cliente exigente.
Pero su cuerpo no mentía. Seguía dentro de mí, duro como piedra, y yo sentía cada latido de su polla, cada pequeño ajuste involuntario de sus caderas que me provocaba descargas de placer contenidas.