Capítulo 2 Llegada a casa
El reloj marcó las dos de la tarde. Escuché la llave en la puerta.
Mi corazón se aceleró. Erick entró, dejó el maletín en el suelo y me buscó con la mirada.
Yo seguía en el sofá, bata abierta, piernas separadas, dedos todavía rozando mi sexo.
Sonrió con esa mezcla de ternura y posesión que me derretía.
—Veo que recibiste mi mensaje —dijo con voz grave, quitándose la ropa con calma, mientras prenda a prenda se acercaba.
No respondí con palabra alguna. Solo me puse de rodillas sobre el sofá, de espaldas a él, me quité la bata y arqueé la espalda ofreciéndole mi culo y mi coño en todo su esplendor.
Escuché el sonido de su cinturón, el roce de la ropa cayendo.
Sus manos fuertes agarraron mis caderas.
No hubo preliminares. Situó su polla, dura y caliente, entre mis labios mayores, se abrió paso en un solo empujón profundo.
Gemí fuerte, sintiendo cómo me llenaba por completo.
Empezó a follarme con ritmo firme y profundo con embestidas intensas sacudiendo mi cuerpo contra los cojines.
—Siempre tan mojada y dispuesta para mí —gruñó, una mano en mi cabello, tirando suavemente para arquearme más—. Esta es mi puta favorita.
Sus palabras me excitaron más. Empujé hacia atrás, encontrando cada golpe.
El sonido húmedo de piel contra piel llenaba la sala.
Erick me follaba con esa familiaridad perfecta, sabiendo exactamente cómo tocarme para llevarme al orgasmo.
Cambió de posición, me giró y me levantó una pierna, penetrándome de lado mientras me besaba con hambre.
Su lengua invadía mi boca al mismo ritmo que su polla invadía mi coño.
Sentí sus dedos en mi clítoris, frotando con precisión.
Me corrí con un grito ahogado, contrayéndome alrededor de él.
Pero no se detuvo. Me bajó al suelo, sobre la alfombra, y me puso a cuatro patas.
Entró de nuevo, más profundo, más fuerte, con golpes de cadera intensos y medidos hasta lo hondo de mí ser.
Sus manos apretaban mis pechos, pellizcaban mis pezones.
Yo gemía sin control, perdida en la sensación de ser usada exactamente como él necesitaba.
Cuando sintió que se acercaba, aceleró y se derramó dentro de mí con un gemido ronco, llenándome de su semen caliente.
Nos quedamos así unos minutos, unidos, respirando agitados.
—Te quiero justo así, llena de mi—susurró contra mi espalda, besándome la nuca.
—Yo también te quiero —respondí, y era verdad.
Se levantó, se puso solo los calzoncillos y fue a la cocina a buscar agua.
Yo me quedé en el suelo un momento más, sintiendo su semen deslizarse por mis muslos.
Esa era nuestra dinámica confirmada una vez más: mi disponibilidad total, su deseo saciado.
Me puse la bata y lo acompañé mientras comía algo rápido.
Hablamos de su día, de la reunión que había tenido, de planes para el fin de semana.
Todo normal, doméstico, cariñoso. Pero debajo de esa calma, mi doble naturaleza latía.
Erick tuvo que volver a la oficina por unas horas. Me besó en los labios antes de irse, una mano bajando hasta apretar mi culo posesivamente.
—Quédate así. Sin ducharte. Quiero olerte cuando vuelva.
Asentí y cerré la puerta tras él. La casa quedó en silencio otra vez.
Caminé hasta el baño, pero no me duché. Me miré en el espejo.
Mi rostro estaba sonrojado, el cabello revuelto, los labios hinchados de besos.
Bajé la vista a mi sexo, todavía goteando su semen.
Me limpié ligeramente con un paño húmedo, solo lo necesario para no ensuciar la ropa, y me puse un vestido ligero de verano. Salí al jardín trasero.
El sol de la tarde calentaba mi piel. Me senté en la hamaca, con las piernas ligeramente abiertas.
El aire fresco rozaba mi coño sensible. Empecé a reflexionar de nuevo.
La follada con Erick había sido intensa, satisfactoria, como siempre.
Mi cuerpo respondía a él con devoción absoluta.
Pero mientras balanceaba la hamaca suavemente, mi mente se alejó.
Pensé en esa mañana, en cómo a veces, cuando salía sola a comprar, dejaba que miradas ajenas me recorrieran el cuerpo.
Sentía un cosquilleo distinto, más egoísta, más personal.
Cerré los ojos y dejé que mi mano se deslizara bajo el vestido.
Toqué mi clítoris hinchado, todavía sensible por el sexo reciente.
Movimientos lentos, exploratorios. No era para Erick esta vez.
Era para mí. Imaginé una situación que nunca había compartido con él: estar en un probador de una tienda, con un extraño al otro lado de la cortina que podía oírme.
Mi respiración se aceleró. El placer crecía diferente, más interno, como si tocara una parte de mí que permanecía oculta incluso para mi marido.
De repente, una imagen se clavó en mi mente con fuerza inesperada.
No era Erick. Era un hombre sin rostro, alto, de manos grandes, que me encontraba sola en ese mismo jardín y, sin pedir permiso, me levantaba el vestido y me penetraba allí mismo, contra el tronco del árbol.
No con amor, no con la familiaridad de mi marido, sino con una urgencia cruda, anónima, que respondía solo a mi propio deseo oculto.
Mi dedo se movió más rápido. Estaba a punto de correrme con esa fantasía cuando...
El sonido de un auto deteniéndose frente a la casa me sacó del trance.
No era Erick; su coche sonaba diferente.
Pasos en la acera. Una voz masculina que no reconocí hablando por teléfono.
Mi corazón latió con fuerza. Me quedé congelada en la hamaca, el dedo todavía entre mis piernas, el vestido subido, el cuerpo temblando al borde del orgasmo que no llegó.
La imagen del desconocido sin rostro no se iba de mi cabeza.
Se mezclaba con el sonido real de esos pasos acercándose a la puerta lateral del jardín.
¿Quién era? ¿Por qué venía? Mi coño palpitaba, mi mente giraba en espiral, y esa sensación de algo nuevo, algo propio, algo que no sabía nombrar aún, me dejó suspendida, jadeando, sin resolución.
Resulto ser el vecino, y todo quedo ahí de momento.
Yo esa tarde decidí salir al supermercado antes de que el calor apretara demasiado.
El aire acondicionado del coche me rozaba las piernas desnudas bajo el vestido ligero de algodón que había elegido sin pensar.
No llevaba bragas, así sentía más fresco.
Era un hábito tan arraigado que ya ni lo cuestionaba.
Aparqué en el estacionamiento casi vacío y caminé entre los pasillos con el carrito, eligiendo frutas, verduras, el pan fresco que a Erick le gustaba para el desayuno.
Todo parecía tan ordinario: una mujer de treinta y cuatro años haciendo la compra semanal, con el cabello suelto cayendo sobre los hombros y una lista en el teléfono.
Pero debajo del vestido, mi piel estaba sensible al roce de la tela, recordándome constantemente quién era yo en realidad.
Me detuve frente a los licores, comparando dos marcas de vino, cuando mi teléfono vibró en mi bolso. Era Erick. Contesté con una sonrisa automática, apoyando el carrito contra el estante.
—Hola, amor. ¿Todo bien en la oficina?
Su voz llegó grave, directa, sin los saludos habituales.
—Malena, tengo una consulta urgente que hacerte. No puedo esperar a la noche.
Me quedé quieta, con una botella de vino en la mano. El pasillo estaba desierto, solo el zumbido lejano de los refrigeradores.
—Dime —respondí, bajando un poco la voz.
—Quiero que entiendas exactamente lo que espero de ti y entre nosotros.
Ya no quiero que sea algo oculto y quiero decirlo con todas las letras.
Eres mi pareja, Malena. Y quiero que sepas lo que me está pasando ahora mismo, la secretaria ha venido sin bragas y me está poniendo cachondo en exceso.
No para de abrir las piernas y sabe que la estoy mirando porque está delante de mí, pero parece que le da igual.
Si te llamo es solo para que sepas que me la voy a follar porque se me ha puesto muy dura.
Sus palabras me golpearon como una ola caliente.
Sentí cómo mis mejillas se encendían y un calor líquido se acumulaba entre mis piernas.
El supermercado seguía igual de tranquilo, pero mi cuerpo había cambiado en segundos.
Apoyé la botella en el carrito y apreté los muslos uno contra el otro, buscando algo de alivio.
—Sí, Erick. Lo entiendo, haz lo que quieras hacer—murmuré, mirando alrededor para asegurarme de que nadie me escuchara—fóllala si es lo que te apetece y no puedes aguantarte a llegar a casa.
—No es solo eso, también lo mismo le doy por el culo. Dime que si eso te excita tanto como a mí, el hecho de saberlo.
Cerré los ojos un segundo. El carrito se tambaleó ligeramente cuando me apoyé en él. Mi mente repasaba cada situación que describía, pero oírlo explícito de su boca, crudo y tan directo, lo volvía mucho más real.
—Me excita si—admití en voz baja, casi confesional—. Más de lo que imaginas al decirlo en voz alta. Siento como me mojo aquí mismo, en medio del supermercado, solo con escucharte decirlo.
Escuché su respiración cambiar al otro lado de la línea.
—Bien. Porque esto no es un juego ocasional.
Va a ser nuestra dinámica a partir de ahora.
Tú eres la mujer que me complace siempre.
Y yo soy el hombre que te da lo que necesitas, y si tengo que follarme a otra no pongas pegas como yo tampoco te las pongo a ti.
Quiero que hoy, cuando llegue, te encuentre preparada.
Sin ropa interior, con ese vestido que te marca las tetas, y que me esperes en la entrada de casa de rodillas. ¿Lo harás?
—Sí —respondí sin dudar. Mi voz salió más jadeante de lo esperado—. Lo haré.
—Buena chica. Te quiero mojada y ansiosa. Ahora sigue con tu compra, pero no dejes de pensar en esto. En cómo toda tú y sobre todo la que yo quiera me pertenece y a ti no te importe nada.
Colgó. Me quedé allí, con el teléfono todavía en la oreja, procesando cada palabra.
El deseo que sentía no era solo físico. Era emocional, profundo.
Me hacía sentir poderosa en mi entrega, vista, deseada de una forma total, aunque también podrían existir otras.
Pero también removía algo más: esa parte de mí que, en los momentos solos, empezaba a reclamar su propio espacio.
Por ahora, el deseo por Erick lo dominaba todo, pero yo también tenía mis escapadas.
Continué empujando el carrito, pero mis pasos eran más lentos.
Cada movimiento del vestido contra mi piel desnuda era una caricia.
Elegí tomates, recordando sus manos fuertes agarrando mis caderas.
Tomé huevos, imaginando cómo me doblaría sobre la mesa de la cocina.