Capítulo 1 Siempre dispuesta. #2
Me había invitado a su apartamento a ver una película. Apenas empezó, me sentó en su regazo. Su mano se metió debajo de mi falda y descubrió que no llevaba bragas.
— ¿Siempre sales así? —preguntó con una sonrisa oscura.
—Hoy sí. Sabía que esto podía pasar y lo hice para ti —respondí.
Me folló allí mismo, en el sofá, mientras la película seguía sonando de fondo.
Después, mientras recuperábamos el aliento, me preguntó si me gustaba sentirme usada de esa forma.
Asentí. Me gustó más de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta.
Me explicó, con voz calmada pero firme, que quería una mujer que estuviera disponible sexualmente en todo momento.
No como un objeto, sino como una pareja que compartía esa misma hambre.
Yo le conté que siempre había tenido una libido alta, que me excitaba la idea de ser deseada constantemente.
Esa conversación selló algo entre nosotros.
No fue romántico en el sentido tradicional.
Fue crudo, honesto y profundamente erótico.
Desde entonces, nuestra relación se construyó sobre esa base.
El amor estaba allí, sólido, lleno de respeto y complicidad.
Pero el sexo era el combustible que lo mantenía vivo y ardiente.
Erick me regalaba lencería cara que yo usaba solo para él.
Me enviaba mensajes en medio del día describiendo exactamente cómo me iba a follar cuando llegara.
Y yo respondía enviándole videos cortos donde me masturbaba, me tocaba y le mostraba todos mis agujeros, preparándome toda para él.
Me levanté del sofá y fui al dormitorio.
La cama estaba hecha, las sábanas blancas impecables.
Me quité la bata y me miré en el espejo de cuerpo entero.
Mi cuerpo había cambiado un poco con los años: caderas más llenas, pechos pesados, una suavidad en el vientre que Erick adoraba besar.
Deslicé las manos por mis curvas, apretando mis pezones hasta que dolió de placer.
Mi coño brillaba de humedad. Me tumbé en la cama y abrí las piernas frente al espejo. Quería verme como él me vería.
Introduje dos dedos dentro de mí, moviéndolos despacio, imaginando que eran su polla gruesa.
Gemí bajito. Recordé la primera vez que me folló en público de verdad.
Fue en un cine casi vacío. Nos sentamos en la última fila.
Me subí la falda, me senté sobre él y cabalgué lentamente mientras la película proyectaba luces y sombras sobre nuestros cuerpos.
Tuve que morderme la mano para no gritar cuando me corrí.
Él se corrió dentro de mí minutos después, abrazándome fuerte contra su pecho.
Esa era nuestra vida. Una mezcla constante de lo cotidiano y lo prohibido. De la pareja perfecta por fuera y la puta devota por dentro.
Continué masturbándome, aumentando el ritmo.
Mis caderas se movían solas buscando más profundidad.
Pensé en cómo sería cuando Erick llegara hoy.
Quizás me encontraría así, abierta y mojada.
Me pondría de rodillas y me haría chupársela hasta que estuviera duro como piedra.
Luego me follaría en la cocina, o contra la ventana, o en cualquier lugar que se le antojara.
Y yo lo recibiría con gusto, con hambre, con todo mí ser.
El placer crecía dentro de mí, lento y profundo. Mis dedos entraban y salían, el sonido húmedo llenaba la habitación silenciosa. Estaba cerca. Muy cerca. Pero me detuve justo antes del orgasmo. Quería guardar esa tensión para él. Quería que fuera su polla la que me hiciera correrme.
Me levanté, todavía temblando, y me puse la bata de nuevo.
Volví a la cocina para continuar con la ropa.
El reloj marcaba las once de la mañana. Faltaban horas para que Erick volviera.
Horas en las que mi mente seguiría girando alrededor de él, de nosotros, de esta necesidad constante que me definía.
Mientras doblaba el último pantalón, escuché el sonido de un mensaje en mi teléfono. Era él.
«Pienso en tu coño todo el día. Prepárate. Hoy te voy a usar mucho.»
Mi cuerpo entero se estremeció. Sonreí, respondí con una foto rápida de mis dedos brillando de humedad, y seguí con mis tareas. Siempre dispuesta. Siempre esperando el momento en que él cruzara la puerta y reclamara lo que era suyo.
La mañana continuaba tranquila, pero dentro de mí ardía una tormenta. Sabía que cuando llegara, no habría palabras innecesarias. Solo cuerpos encontrándose, piel contra piel, deseo puro liberándose sin restricciones. Y yo estaría allí, abierta, húmeda y completamente entregada. Como siempre.
Abrí la bata, separé las piernas frente a la encimera de la cocina y tomé la foto que él esperaba: dos dedos hundidos entre mis labios hinchados, brillando con mi propia humedad.
La envié sin filtro, sin texto adicional.
Sabía que bastaba. Guardé el móvil en el bolsillo de la bata y seguí doblando la última prenda, pero mis movimientos ya no eran automáticos.
Cada roce de la tela contra mis pezones endurecidos enviaba pequeñas descargas directas a mi vientre.
Me serví otra taza de café, aunque ya no tenía sed.
El líquido caliente bajó por mi garganta mientras mi mente se dividía en dos.
Por fuera era Malena, la mujer organizada que mantenía la casa impecable y la vida de Erick cómoda.
Por dentro ardía otra mujer, una que se mojaba solo con pensar en ser tomada sin aviso.
Esa dualidad me había acompañado desde el principio, pero últimamente se sentía más marcada.
Complacer a Erick era mi elección, mi placer más profundo.
Sin embargo, en los momentos solos como este, surgía un deseo que parecía nacer de mí misma, sin necesitar su mirada ni su voz para encenderse.
Caminé hasta la sala y me senté en el sofá.
La bata se abrió por completo. Mis muslos se separaron naturalmente.
Deslicé una mano entre ellos y empecé a tocarme con lentitud, trazando círculos suaves alrededor de mi clítoris.
No buscaba correrme. Solo mantener esa tensión viva, como una promesa.
Recordé cómo había evolucionado nuestra dinámica.
Al principio era pura excitación por su deseo constante.
Me sentía poderosa sabiendo que podía provocarlo en cualquier instante.
Pero con el tiempo, esa disponibilidad se convirtió en algo más complejo.
Yo daba mi cuerpo sin reservas, pero en el silencio de las mañanas como esta, mi mente empezaba a explorar territorios que no le pertenecían del todo a él.
Cerré los ojos y dejé que los recuerdos fluyeran.
Una noche, hace tres meses, Erick llegó tarde de un viaje de negocios.
Yo estaba dormida en nuestra cama, desnuda como siempre.
Lo sentí meterse bajo las sábanas y, sin decir una palabra, separarme las piernas y hundir su lengua en mí.
Me desperté gimiendo, ya empapada. Me folló despacio, casi con devoción, susurrándome al oído que era suya en cualquier estado.
Me corrí dos veces antes de que él terminara dentro.
Esa noche entendí que mi cuerpo respondía incluso en sueños.
Pero al día siguiente, mientras él estaba en la oficina, salí a caminar sola por el parque cercano.
Un hombre desconocido me miró con hambre descarada.
No hice nada, pero el calor que sentí entre las piernas no fue por Erick.
Fue mío. Solo mío. Y eso me desconcertó.
Ahora, con los dedos aun moviéndose entre mis pliegues, esa memoria cobraba fuerza.
Yo era la mujer siempre dispuesta, sí. Pero dentro de mí crecía una corriente subterránea, un deseo que no esperaba su llamada ni su llegada.
Un deseo que se alimentaba de miradas ajenas, de fantasías que no compartía del todo, de la simple conciencia de mi propio cuerpo y su capacidad de placer independiente.
¿Era traición? No. Erick sabía que existía esa parte de mí.
Lo habíamos hablado en noches de confidencias después del sexo, cuando yacíamos sudorosos y exhaustos.
Él lo aceptaba porque confiaba en que mi entrega principal era para él.
Aun así, yo sentía que algo se estaba gestando, algo que todavía no tenía nombre.