Devota de Uno, Puta para Todos Capítulo 1 Siempre dispuesta.
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Devota de Uno, Puta para Todos

Devota de Uno, Puta para Todos

Por Layla Crimson

© inepub.com

Capítulo 1 Siempre dispuesta.

Me llamo Malena y esa mañana, como tantas otras, el sol entraba tibio por la ventana de la cocina mientras doblaba la ropa de Erick.

Mis manos se movían con esa rutina automática que ya formaba parte de mi piel: camisa blanca, pantalón gris, calcetines perfectamente emparejados.

El aroma a café recién hecho flotaba en el aire y yo, descalza sobre las baldosas frías, sentía el peso suave de mi bata de seda rozando mis muslos.

No llevaba nada debajo. Nunca lo necesitaba cuando estaba en casa.

Esa era la regla que había elegido, o que había aceptado, o que simplemente había nacido entre nosotros.

A veces ni yo misma sabía cómo definirlo.

Me detuve un momento con una de sus camisas entre las manos y la acerqué a mi nariz.

Olía a él: ese toque de madera y cítrico de su colonia, mezclado con el leve sudor de un día de oficina.

Cerré los ojos y respiré profundo. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

Un calor familiar se extendió desde mi vientre hacia abajo, lento, inevitable.

Sonreí para mí misma. Siempre dispuesta.

Esa frase ya no era solo una idea; era mi forma de existir junto a él.

Me serví una taza de café y me apoyé en la encimera, mirando por la ventana hacia el jardín trasero.

Las hojas de los árboles se movían con la brisa ligera de la mañana.

Todo parecía tan normal, tan doméstico. Una mujer de treinta y cuatro años en su casa, cumpliendo con las tareas del día.

Pero dentro de mi cabeza todo era diferente.

Mi mente nunca estaba quieta. Pensaba en cómo mi vida se había convertido en esta danza constante entre lo ordinario y lo profundamente carnal.

En cómo Erick podía aparecer en cualquier momento —después de una llamada, entre una reunión y otra, incluso antes de irse al trabajo— y yo simplemente me abriría para él.

Sin preguntas. Sin condiciones. Solo entrega total.

Recordé el día que todo empezó, hace ya ocho meses.

Fue durante nuestro segundo mes de noviazgo.

Habíamos salido a cenar a un restaurante pequeño, de esos con luces tenues y mesas apartadas.

Yo llevaba un vestido negro ajustado que marcaba cada curva de mi cuerpo, y Erick no podía quitarme los ojos de encima.

Después de la cena me llevó a su apartamento.

Apenas cerramos la puerta, me empujó suavemente contra la pared del pasillo.

Sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido hasta la cintura.

—Malena… —su voz era ronca, cargada de un deseo salvaje que vibraba en el aire como un trueno cercano—. Necesito follarte ahora. Aquí mismo.

No fue una pregunta. Fue una orden cruda, posesiva, que encendió cada terminación nerviosa de mi cuerpo.

En lugar de sorprenderme o sentirme incómoda, una oleada de excitación pura me inundó como lava líquida, haciendo que mis rodillas se doblaran y mi coño se contrajera de anticipación, ya húmedo y palpitante.

Asentí con la cabeza, mordiéndome el labio inferior con tanta fuerza que casi lo perforé, mientras mis pezones se endurecían contra la tela de mi ropa, suplicando atención.

Me giró con brusquedad, pero con esa fuerza controlada que tanto me enloquecía.

Apoyó mis manos contra la pared fría, obligándome a arquear la espalda y ofrecerle mi culo como una perra en celo.

No hubo caricias suaves ni preliminares eternos.

Solo urgencia pura, animal. Sentí la cabeza gruesa de su polla presionando contra mi entrada empapada, y en un solo movimiento brutal, profundo y sin piedad, me penetró hasta el fondo.

Un grito gutural escapó de mi garganta mientras mi coño se estiraba alrededor de su grosor, devorándolo, abrazándolo como si estuviera hecho para él.

Dios, cómo me gustaba. Me gustaba tanto que el placer era casi doloroso.

Cada embestida era un martillazo de éxtasis que me hacía ver estrellas: fuerte, posesiva, implacable.

Su polla gruesa me llenaba por completo, rozando ese punto dentro de mí que me volvía loca, golpeando contra mi cérvix con un ritmo salvaje que me hacía temblar de pies a cabeza.

Mis paredes internas se contraían alrededor de él, succionándolo, ordeñándolo, empapándolo con mis jugos que chorreaban por mis muslos.

Gemía sin control, alto y desesperado, como una puta enloquecida por su dueño.

—Joder… sí… así… más fuerte —suplicaba entre jadeos, empujando mi culo hacia atrás para recibir cada embestida, sintiendo cómo sus huevos golpeaban contra mi clítoris hinchado.

Me encantaba esa follada cruda, sin filtros, la forma en que me usaba como su agujero personal, reclamándome con cada golpe de cadera.

El placer se acumulaba en mi vientre como una tormenta, mis piernas temblaban, mi clítoris latía y mi coño se inundaba más y más con cada penetración profunda.

Era adictiva. Era todo lo que necesitaba.

Me sentía viva, deseada, completamente suya.

Sus manos se clavaron en mis caderas, marcándome, mientras aceleraba el ritmo.

Yo me corrí con un orgasmo devastador, gritando su nombre, mi cuerpo convulsionando alrededor de su polla, ordeñándola con espasmos que parecían no terminar nunca.

Él no se detuvo. Siguió follándome a través de mi clímax, prolongándolo, hasta que finalmente se enterró hasta el fondo y explotó dentro de mí con un gruñido ronco.

Sentí su semen caliente inundándome, llenándome, marcándome por dentro mientras jadeaba contra mi cuello, su aliento quemándome la piel.

—Quiero que siempre estés así —susurró al oído, su voz todavía gruesa de placer, su polla aun latiendo dentro de mí—. Disponible para mí en cualquier momento. ¿Puedes hacer eso por mí, si quieres ser mi futura esposa?

Yo, con las piernas temblando como gelatina, su semen espeso deslizándose por mis muslos en un río caliente y pegajoso, y mi coño todavía palpitando con las réplicas de ese orgasmo brutal que me había dejado el cerebro derretido, no pude evitar sonreír con una mezcla de éxtasis y devoción absoluta.

Me gustaba tanto. Me encantaba cómo me follaba, cómo me destruía y me reconstruía con cada polvo salvaje.

Esa sensación de ser completamente poseída, de sentir su polla dominándome, de correrme como una loca solo para él…

era mi adicción. No podía imaginarme sin eso. Sin él.

Me giré ligeramente, mirándolo por encima del hombro con los ojos vidriosos de placer residual, y respondí sin una sola duda, la voz ronca y cargada de promesas:

—Sí. Claro que sí, mi amor. Siempre estaré disponible para ti cuando tú quieras, como tú quieras y por donde tú quieras. Me encanta cómo me follas… me vuelve loca sentirte dentro, profundo y duro, reclamándome entera. Haré lo que sea para que nunca dejes de darme esto. Soy tuya. Totalmente tuya.

No fue una conversación larga ni un contrato firmado.

Simplemente ocurrió. Y desde esa noche, la dinámica se instaló entre nosotros como algo natural, casi inevitable.

Al principio probamos límites. Me llamaba al trabajo y yo salía al baño del edificio para masturbarme pensando en él, enviándole fotos de mi coño mojado.

O llegaba a casa y me encontraba desnuda en la cocina, preparando la cena con solo un delantal.

Erick aprendió rápidamente que mi disponibilidad no era solo física; era mental.

Yo quería ser su refugio sexual constante. Y él se volvió adicto a eso.

Mientras doblaba otra camisa, mis dedos se detuvieron sobre la tela. Recordé una tarde, días después de esa primera vez. Estábamos en el coche, atrapados en un embotellamiento en plena autopista. Erick me miró de reojo y dijo simplemente:

—Chúpamela. Hazlo despacio y bien profundo.

—Claro que sí, te lo haré lo mejor que pueda.

No había nadie cerca que pudiera vernos claramente.

Bajé la cremallera de su pantalón, saqué su polla ya dura y la metí en mi boca sin pensarlo dos veces.

Conducía con una mano en el volante y la otra en mi cabello, guiándome mientras yo lo lamía y succionaba con dedicación.

Tragué todo cuando se corrió, limpiándolo después con la lengua.

Cuando llegamos a casa, me folló contra la puerta del garaje antes de entrar.

Esa fue una de las primeras veces que entendí la profundidad de lo que habíamos creado: una libertad absoluta dentro de los límites de nuestro deseo mutuo.

Tomé un sorbo de café y caminé hasta la sala.

La casa estaba en silencio, solo se oía el tic-tac lejano del reloj.

Me senté en el sofá, crucé las piernas y dejé que la bata se abriera ligeramente.

Mis pezones se endurecieron contra la seda.

Pensé en mi vida paralela, esa que Erick sabía que existía pero que respetaba en silencio.

Cuando salía sola, cuando iba de compras o a tomar un café, a veces dejaba que otros hombres me miraran.

A veces más que mirar. Había tenido encuentros breves, intensos, siempre con el permiso implícito de mi marido.

Pero nunca sin contárselo después, ya que tampoco yo le reprochaba nada de lo que hiciera el.

Esa honestidad era parte del pacto. Él me follaba más fuerte después de saberlo, reclamándome de nuevo.

Mi mano bajó lentamente por mi vientre hasta rozar mi sexo.

Estaba húmeda. Solo con los recuerdos. Deslicé un dedo entre mis labios hinchados y lo moví en círculos lentos sobre mi clítoris.

Cerré los ojos y suspiré. Imaginé a Erick entrando por la puerta en ese preciso momento, viéndome así, tocándome mientras pensaba en él.

Me penetraría sin decir nada, levantándome las piernas y hundiéndose hasta el fondo.

Me follaría con esa mezcla de ternura y posesión que solo él tenía.

Pero no estaba en casa. Estaba en una reunión importante. Volvería por la tarde. Y yo seguiría aquí, esperando, lista. Siempre lista.

El flashback me llevó más atrás, al principio de todo.

Nos conocimos en una fiesta de amigos comunes.

Acababa de salir de una relación aburrida donde el sexo era mecánico y predecible.

Erick era cinco años mayor, alto, de hombros anchos, fuerte y una mirada que parecía desnudarme incluso antes de hablar.

Bailamos, bebimos, y terminamos en su coche esa misma noche.

Me comió el coño en el asiento trasero con tanta habilidad que me corrí dos veces antes de que me penetrara.

Esa primera vez fue salvaje, sudorosa, llena de gemidos y uñas clavadas en la espalda.

Pero fue la segunda cita cuando la dinámica de disponibilidad empezó a perfilarse.