Capítulo 6 El Autobús de las Cinco
El sol de la tarde ya bajaba cuando salí del centro comercial con las bolsas colgando del brazo.
El conjunto de encaje negro y el vestido rojo nuevo iban envueltos en papel fino dentro de una de ellas, pero lo que realmente llevaba conmigo era mucho más pesado y delicioso: el semen de Alex todavía moviéndose dentro de mi ano con cada paso,
un recordatorio cálido y viscoso de lo que había hecho en el probador.
No sentía culpa. Solo una satisfacción profunda, esa expansión de mi ser que había comenzado como entrega total a Erick y ahora crecía hacia territorios propios.
Caminé hasta la parada del autobús con la falda moviéndose contra mis muslos desnudos, el aire rozando mi coño sensible y mi ano ligeramente abierto.
El autobús llegó casi de inmediato, uno de esos urbanos grandes, medio lleno a esa hora.
Subí y pagué el billete, buscando un asiento hacia el fondo donde hubiera algo de privacidad relativa.
Me senté junto a la ventana, cruzando las piernas con naturalidad.
El vehículo arrancó con un balanceo suave, el motor ronroneando bajo nuestros pies.
A mi alrededor, la banalidad de la vida cotidiana se desplegaba con precisión: una señora mayor con bolsas del mercado sentada dos filas adelante, murmurando para sí misma sobre los precios; un joven con auriculares concentrado en su teléfono,
la cabeza moviéndose al ritmo de una música que no se oía; una pareja de mediana edad discutiendo en voz baja sobre la cena de esa noche; varios trabajadores con uniformes cansados mirando por las ventanas, perdidos en sus pensamientos.
El autobús se balanceaba con el tráfico, deteniéndose en semáforos, acelerando en tramos rectos.
Los sonidos eran constantes: el pitido de las puertas al abrirse, el roce de zapatos en el suelo, conversaciones fragmentadas, el claxon ocasional de coches fuera.
Apoyé la cabeza contra el vidrio fresco de la ventana y cerré los ojos un momento, dejando que las vibraciones del motor recorrieran mi cuerpo.
Todavía sentía el culo sensible, lleno, marcado por las embestidas de Alex.
Sonreí para mí misma. Esa Malena que había chupado a Erick delante de sus amigos y luego se había entregado en un probador existía ahora con más fuerza.
Siempre dispuesta, sí, pero también dispuesta para mí.
El autobús se detuvo en una parada intermedia y subió un hombre.
Lo reconocí inmediatamente: Raúl, un conocido del barrio, amigo ocasional de Erick de las reuniones de la comunidad.
Alto, de unos cuarenta años, con cabello entrecano bien peinado, complexión fuerte de quien hace ejercicio regular y una mirada que siempre había tenido algo de intensidad cuando me veía.
Trabajaba en una oficina cercana y a veces coincidíamos en eventos del vecindario.
Me saludó con una sonrisa al verme y se acercó, ocupando el asiento vacío a mi lado.
—Malena, qué casualidad —dijo con voz baja y amigable, acomodándose—. ¿Vienes de compras?
—Sí, cosas para la casa y algo para mí —respondí con naturalidad, manteniendo la conversación ligera mientras el autobús volvía a moverse.
Hablamos de banalidades durante unos minutos: el tráfico, el partido que Erick había visto esa tarde, el clima que mejoraba.
Sus rodillas rozaban las mías con el balanceo del vehículo.
Nadie nos prestaba atención especial. La señora mayor seguía murmurando, el joven con auriculares no levantaba la vista, la pareja discutía ahora sobre el presupuesto mensual.
El autobús se balanceaba rítmicamente, deteniéndose y arrancando, las luces de la ciudad empezando a encenderse fuera.
Entonces Raúl se inclinó un poco más hacia mí, su hombro tocando el mío. Su voz bajó a un susurro cálido contra mi oído, tan cerca que sentí su aliento en la piel.
—Te vi salir de esa tienda con esa cara de recién follada. Sé lo que eres, Malena. Siempre dispuesta. Déjame comprobarlo aquí mismo. Abre un poco las piernas y no hagas ruido.
Mi cuerpo se tensó. Sabía exactamente lo que significaba.
No era una pregunta. Era una orden que resonaba con todo lo que yo era.
El corazón se me aceleró. Miré al frente, fijando los ojos en el respaldo del asiento delantero, manteniendo el rostro sereno como si estuviéramos hablando del tiempo.
El doble plano se instaló inmediatamente: por fuera, dos conocidos charlando en el autobús; por dentro, la tensión eléctrica de obedecer en silencio.
Separé ligeramente las piernas bajo la falda. Raúl no perdió tiempo. Su mano derecha bajó discretamente, deslizándose por mi muslo hasta encontrar mi coño desnudo y todavía húmedo. Sus dedos rozaron mis labios hinchados y soltó un suspiro casi inaudible contra mi oído.
—Joder, estás empapada —susurró—. ¿Qué has hecho hoy, puta?
No respondí con palabras. Solo mantuve la mirada al frente, respirando de forma controlada.
El autobús se balanceaba, deteniéndose en otro semáforo.
Una mujer subió con un carrito de bebé y se colocó cerca, a solo dos asientos de distancia.
El bebé hacía ruiditos. Raúl introdujo un dedo entre mis pliegues, moviéndolo lentamente, recogiendo mi humedad.
El contraste era abrumador: el sonido de las ruedas sobre el asfalto, el pitido de la parada, conversaciones mundanas a nuestro alrededor, y su dedo follándome con calma experta.
Mantuve los ojos fijos al frente, el cuerpo inmóvil salvo por los pequeños ajustes que permitía el movimiento del autobús.
Raúl añadió un segundo dedo, curvándolos dentro de mí, rozando ese punto que me hacía apretar los dientes.
Mi coño se contrajo alrededor de ellos, goteando sobre su mano y el asiento.
Sentía el semen de Alex en mi ano, recordatorio de mi tarde, y ahora esto.
La tensión crecía en mi vientre: placer, riesgo, la adrenalina de ser tocada en público sin que nadie sospechara.
El autobús aceleró en una avenida más ancha.
El balanceo se volvió más pronunciado, ayudando a disimular los movimientos sutiles de su mano.
Raúl frotaba mi clítoris con el pulgar en círculos lentos mientras sus dedos entraban y salían con ritmo controlado.
Mi respiración se volvía más pesada, pero la disimulaba mirando por la ventana, fingiendo interés en los edificios que pasaban.
La pareja de mediana edad se bajó en la siguiente parada.
Una nueva persona ocupó su lugar, un hombre de traje que leía el periódico.
Raúl no se detuvo. Al contrario, presionó más profundo, acelerando ligeramente el movimiento.
—Estás muy abierta hoy —susurró de nuevo, su aliento caliente en mi oreja—. Cuéntame después qué polla te ha follado antes.
No dije nada. Solo separé un poco más las piernas, aceptando.
Siempre dispuesta. El dedo en mi clítoris me llevaba al borde.
Mis pezones se marcaban contra la blusa.
El autobús se detuvo bruscamente en un bache y el movimiento empujó sus dedos más adentro.
Mordí el interior de mi mejilla para no gemir.
La señora mayor se giró un segundo, pero solo para ajustar sus bolsas.
Nadie veía. Nadie sabía. El joven con auriculares seguía en su mundo.
El contraste entre la banalidad —el olor a combustible, el roce de ropa, conversaciones sobre el trabajo y la familia— y lo oculto, su mano trabajando mi coño con pericia, me encendía como nunca.
Raúl retiró los dedos un momento y los llevó a su boca, lamiéndolos discretamente.
Luego volvió a colocar la mano, ahora concentrándose en mi clítoris, frotando con más intención.
El placer se acumulaba en oleadas tensas.
Mis muslos temblaban ligeramente. Fijé la mirada en un punto fijo al frente, el rostro impasible, mientras por dentro mi cuerpo ardía.
El autobús giró en una curva, el balanceo nos pegó más.
Su hombro presionaba el mío. Sentía su erección contra mi cadera a través del pantalón.
—Quiero follarte aquí —susurró—. Pero primero hazte correr en mi mano. Silenciosa.
Sus dedos se movieron más rápido sobre mi clítoris, dos de ellos volviendo a penetrarme profundamente.
El ritmo era perfecto, implacable. Mi coño chorreaba, el sonido húmedo casi imperceptible bajo el ruido del motor.
Estaba al borde, el orgasmo latiendo fuerte, mis paredes contrayéndose alrededor de sus dedos.
El autobús se llenó un poco más en la siguiente parada.
Más gente de pie en el pasillo, cuerpos rozándose.
Raúl no paraba. Sus dedos follaban mi coño con precisión, el pulgar castigando mi clítoris hinchado.
Mantuve los ojos fijos al frente, la mandíbula tensa, el cuerpo rígido en apariencia.
Por dentro, el placer crecía hasta lo insoportable.
Estaba a punto de correrme allí, en medio del autobús lleno, con un conocido metiendo los dedos en mí mientras el mundo seguía su curso banal.
El balanceo del vehículo, los sonidos de conversaciones, el pitido de las puertas, todo amplificaba la tensión.
Mi respiración se cortó. El orgasmo estaba allí, a un roce de explotar, mi coño apretando sus dedos con fuerza, el cuerpo entero vibrando en silencio...
El orgasmo llegó como una ola lenta y devastadora, contrayendo mi coño alrededor de los dedos de Raúl con fuerza casi dolorosa.
Mantuve los ojos fijos al frente, la mandíbula apretada, el cuerpo rígido en apariencia mientras por dentro todo explotaba en silencio.
Mis muslos temblaron ligeramente, disimulados por el balanceo constante del autobús.
Un calor líquido se extendió desde mi vientre, empapando su mano y el asiento debajo de mí.
Respiré por la nariz, profunda y controlada, fingiendo mirar los edificios que pasaban por la ventana.
Nadie pareció notarlo. El joven de los auriculares seguía en su mundo, la señora mayor ajustaba sus bolsas, los nuevos pasajeros de pie en el pasillo se balanceaban con el movimiento.
Raúl mantuvo los dedos dentro de mí durante los últimos espasmos, curvándolos suavemente para prolongar el placer, su pulgar rozando mi clítoris hinchado con precisión cruel.
El semen de Alex en mi ano se mezclaba con la nueva humedad, haciendo que todo se sintiera más resbaladizo, más sucio, más mío.
El autobús se detuvo en mi parada con un pitido familiar.
Raúl retiró los dedos lentamente, limpiándolos discretamente en un pañuelo que guardó en el bolsillo.
Se levantó primero, ofreciéndome la mano como un caballero cualquiera.
La acepté y bajamos juntos, mis piernas todavía débiles por el clímax.