Deudas de sangre (Imperios de Ceniza 1) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

El Contrato Roto

Tres semanas después, Elena se sentó frente al Steinway del gran salón con una sensación que llevaba años sin permitirse: paz.

Su padre se recuperaba en casa, custodiado día y noche por hombres de Kirill hasta que el juicio contra Ivanov —ahora respaldado por pruebas irrefutables de corrupción y secuestro— quedara resuelto.

Thomas había recuperado la custodia plena de Mia.

Los astilleros Vance, devueltos oficialmente a nombre de la familia como parte del acuerdo que Ares había negociado con la junta directiva, volvían a operar bajo la supervisión conjunta de ambas familias, una asociación que ninguno de los presentes en la sala de juntas había visto venir.

Y sobre la mesa auxiliar junto al piano, un nuevo documento esperaba su firma: no un contrato de matrimonio de conveniencia con fecha de caducidad, sino una simple solicitud de renovación de votos, sin cláusulas, sin plazos, sin ninguna letra pequeña que pudiera usarse como arma.

—¿Sabes? —dijo Ares, apoyado en el marco de la puerta, observándola con esa intensidad que ya no la asustaba sino que la hacía sentir, cada vez, completamente vista—. La primera vez que estuviste sentada ahí, tardaste cuatro segundos en firmar un contrato que te obligaba a fingir que me querías.

—Y ahora tardo cero segundos en admitir que es la verdad. —Elena se giró en el taburete, con una sonrisa que llevaba semanas sin necesitar fingir—. Aunque debo advertirte que sigo pensando que eres el hombre más exasperante que he conocido.

—Me lo tomaré como un cumplido, viniendo de la única persona que ha conseguido desmontar seis años de fortificación emocional en poco más de un mes.

Ares cruzó la habitación y se arrodilló frente a ella, tal y como había hecho aquella primera noche junto al piano, cuando ambos empezaron a dejar de fingir sin habérselo propuesto.

—No hace falta que firmes nada esta vez —dijo, tomando sus manos entre las suyas—.

Pero quería que supieras que, si alguna vez decides que quieres irte, la puerta está abierta.

Sin cláusulas de penalización. Sin deudas pendientes.

Solo tú, eligiendo quedarte cada día, porque quieres, no porque debas.

Elena sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, y por primera vez desde que puso un pie en aquel despacho del piso cuarenta, lloró de algo que no era miedo.

—Me quedo —dijo, con la voz quebrada por la emoción—. No por contrato. Por elección.

La boda se celebró seis semanas después, en los jardines de la mansión, con las rosas de invierno que Katia había insistido en plantar personalmente "para que este sitio deje de parecer una tumba de diseño" abriéndose justo a tiempo entre los acantilados.

No hubo prensa, ni junta directiva, ni ninguna de las máscaras públicas que habían definido su primer y falso compromiso.

Solo familia, en el sentido más honesto de la palabra: Thomas con Mia en brazos, señalando emocionada las gaviotas que sobrevolaban el acantilado; Katia como madrina, vestida de un rojo escandaloso que discutía abiertamente con el código de vestimenta tradicional y que a nadie, ni siquiera a Ares, le importó lo más mínimo; Kirill al fondo, con un traje impecable y una mirada perdida hacia algún punto lejano de la carretera de acceso, como si esperara —o temiera— que cierta detective decidiera presentarse sin invitación.

Julian Vance caminó a su hija hasta el altar improvisado bajo un arco de flores blancas, apoyándose en un bastón que ya no necesitaría dentro de un mes, según los médicos, pero que esa tarde llevaba con el orgullo silencioso de un hombre que sabía exactamente lo cerca que había estado de no volver a caminar hasta ese momento.

—Hay algo que necesito decirte antes de entregarte a este hombre que, para ser sincero, todavía me sigue dando un poco de miedo —murmuró Julian, deteniéndose a medio camino del pasillo, con la voz temblando de una emoción que llevaba meses conteniendo—.

Renuncié a Viena por ti, Elena. No, me corrijo: dejé que tú renunciaras a Viena por mí, y nunca tuve el valor de decírtelo con claridad ni de pedirte perdón como merecías.

Quiero que sepas que la Fundación Kessler todavía tiene una beca de mentoría abierta para antiguos aspirantes que quieran retomar su formación.

La solicité en tu nombre la semana pasada, sin decírtelo, porque sabía que dirías que no si te lo preguntaba antes.

Espero que me perdones la osadía, además de todo lo demás.

Elena sintió que las lágrimas, esta vez de una alegría que no esperaba, le nublaban la vista antes incluso de llegar al altar.

—Papá...

—No digas nada todavía. Guárdate las lágrimas para la parte en la que te casas.

—Julian le apretó la mano, con una sonrisa temblorosa—.

Solo quería que supieras, antes de entregarte a otro hombre, que esta vez el sacrificio ha sido mío.

Y que pienso pasar el resto de mi vida asegurándome de que nunca vuelvas a tener que elegir entre tu música y tu familia.

Ares esperaba al final del pasillo, vestido de un negro impecable que contrastaba con la calidez inédita de su expresión, una calidez que ningún periodista, ningún consejero de la junta y desde luego ningún retrato al óleo había visto jamás en su rostro.

Cuando Elena llegó a su lado, él le tomó las manos con la misma reverencia con la que las había tomado la primera vez que se sentó junto a ella frente al Steinway.

—Cuatro segundos —murmuró, solo para ella, con una sonrisa torcida que Elena ya reconocía como la más sincera de su repertorio—. Eso es lo que tardaste en cambiarme la vida entera, aunque ninguno de los dos lo supiera todavía.

—Y ahora voy a tardar el resto de la mía en devolverte el favor.

El oficiante pronunció las palabras rituales entre el sonido de las olas rompiendo contra los acantilados, y cuando llegó el momento de los votos, Ares —que había insistido en escribir los suyos a mano, contra toda lógica empresarial de delegar hasta el último detalle de su vida— sacó una tarjeta doblada del bolsillo interior de la chaqueta.

—Mi padre me enseñó que un imperio se construye con cemento y con miedo —leyó, con la voz firme pese a la emoción evidente—.

Elena Vance me ha enseñado que el único imperio que de verdad merece la pena construir es el que se sostiene con confianza y con música.

Prometo pasar cada día del resto de mi vida demostrándote que elegiste bien, aunque tardaras cuatro segundos enteros en decidirlo.

La celebración se prolongó hasta bien entrada la noche, con Katia liderando un brindis interminable de anécdotas vergonzosas sobre la infancia de Ares que él soportó con una paciencia sorprendente, y con Julian bailando torpemente con su bastón apoyado contra una silla cercana, incapaz de borrar la sonrisa del rostro.

En algún momento de la noche, Elena se escabulló hasta el Steinway que Katia había insistido en trasladar a los jardines "porque una boda sin tu música no sería una boda de verdad", y tocó, para toda la familia reunida, la misma pieza de Chopin que la había devuelto a la vida meses atrás.

Ares la observó desde la distancia, con una copa de champán que no tenía intención de terminar, sintiendo que por primera vez en su vida adulta el sonido de un piano no le recordaba a los golpes de su padre, sino a todo lo que, contra todo pronóstico, había conseguido construir sobre las cenizas que le dejó.

Katia se acercó al Steinway improvisado en el jardín en cuanto Elena terminó de tocar, cargando dos copas de champán robadas de la mesa principal y una sonrisa de oreja a oreja.

—Ya era hora —anunció, entregándole una copa sin preguntar—. Bienvenida oficialmente a la familia, cuñada. Te advierto que a partir de ahora vas a tener que aguantarme en cada cena familiar durante el resto de tu vida.

—No se me ocurre mejor condena —respondió Elena, riendo de verdad, con el vestido de novia todavía recogiendo la brisa del acantilado.

Kirill, apoyado contra uno de los arcos de flores con una copa que apenas había tocado, observó la escena con una media sonrisa que se desvaneció en cuanto mencionó, casi de pasada, que la detective Valeria Cruz seguía haciendo preguntas sobre los muelles que él todavía no había conseguido silenciar del todo.

Ares captó la tensión en la voz de su hermano, arqueó una ceja, pero decidió, por una vez, no preguntar más.

Ya habría tiempo para esa guerra. Esa noche, solo quería una copa de champán robado y la mujer que había elegido quedarse.

Fuera, el sol empezaba a ponerse sobre los acantilados, tiñendo el océano de un dorado que contrastaba con la fría elegancia de cristal y hormigón de la mansión Volkov. Por primera vez en años, esa casa empezaba a parecer, muy despacio, un hogar.