CAPÍTULO 25
Cenizas sobre el Muelle
Elena llevaba doce minutos negociando su propia vida cuando escuchó, por fin, el sonido de un motor apagándose en la distancia.
—Sabía que vendría sola —había dicho Ivanov al verla llegar, extendiendo la mano hacia la carpeta con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito—. Las mujeres enamoradas son terriblemente predecibles, señora Volkov.
—¿Dónde está mi padre?
—A salvo, de momento. —Ivanov tomó la carpeta y la hojeó con satisfacción—. Aunque me temo que su valor como rehén está a punto de caducar.
Doce minutos de conversación calculada, de Elena intentando ganar tiempo sin saber muy bien para qué, de Ivanov paladeando cada segundo de su pequeña victoria con la lentitud de un hombre que llevaba treinta años esperando ese instante exacto.
Uno de sus hombres la había empujado hacia el interior de un contenedor abierto en algún momento de esos doce minutos, con la excusa de "esperar noticias en un lugar más discreto", y en el instante en que la puerta metálica se deslizó a medio cerrar tras ella, Elena sintió que el pánico antiguo —el de la habitación infantil, el de la puerta que su madre cerró por fuera— le subía por la garganta con una violencia que no había sentido en años.
El espacio se encogió a su alrededor; el aire se volvió espeso, insuficiente.
Por un instante estuvo de nuevo en aquella habitación de niña, a oscuras, sin saber si alguien volvería a abrir la puerta.
Respiró hondo, clavándose las uñas en la palma de la mano, y se obligó a recordar las palabras de Ares la noche de La Línea Roja: *contigo, no siento que la puerta esté cerrada por fuera.* No estaba sola esta vez. Y no pensaba dejar que el miedo decidiera por ella una segunda vez en la vida.
La sacaron del contenedor minutos después, de vuelta junto a Ivanov, justo a tiempo para escuchar el chirrido de metal de otro contenedor deslizante en algún punto detrás de ella, y comprender, con un terror helado, que la trampa nunca había sido solo para su padre.
Era para Ares. Y ella acababa de conducirlo directamente hacia ella sin saberlo.
—Ares. —La sonrisa de Ivanov se ensanchó al verlo bajar del coche, con la silueta recortada contra las luces amarillentas del muelle—. Justo a tiempo para el final del espectáculo.
—Suéltala, Ivanov. Esto es entre tú y yo. Siempre lo ha sido.
—No, Ares. —Ivanov negó con la cabeza, con una calma que resultaba más perturbadora que cualquier amenaza a gritos—.
Esto empezó hace treinta años, cuando tu padre me robó lo que por derecho me correspondía en este imperio, en un muelle no muy distinto de este.
Y va a terminar esta noche, con o sin la mujer en medio.
—¿Treinta años? —La voz de Ares se tensó, con una nota de genuina sorpresa que Elena captó incluso a esa distancia—. Mi padre nunca mencionó ninguna sociedad.
—Por supuesto que no. —La risa de Ivanov sonó seca, sin humor—. Los hombres como tu padre reescriben la historia en cuanto dejan de necesitarte. Pregúntale a tu esposa qué se siente cuando alguien decide por ti el valor de tu propio sacrificio. Ella lo entiende mejor que nadie en este muelle.
Elena sintió el peso de esas palabras aterrizar entre ambos hombres como una tercera presencia, un fantasma compartido de sacrificios no reconocidos que, por un instante, pareció ablandar algo en la expresión de Ares, incluso en mitad de la tensión mortal de la escena.
—Baja el arma, Ivanov. —La voz de Ares se volvió más baja, casi persuasiva—. Has pasado treinta años dejando que ese muelle te defina. Puedes elegir que esta noche termine de otra forma.
—No hay otra forma para hombres como nosotros, Ares. Tú mejor que nadie deberías saberlo.
Hizo una señal casi imperceptible a sus hombres. El más cercano a Elena levantó el arma hacia ella con una intención que no dejaba lugar a dudas.
Ares no pensó. Se movió con la velocidad entrenada de seis años de guerra silenciosa, cerrando la distancia y desviando el brazo del hombre en el instante exacto en que el disparo se perdía hacia el cielo nocturno en lugar de hacia Elena.
El forcejeo que siguió fue breve y brutal; Ares desarmó al primer hombre con un movimiento seco que le rompió la muñeca, y giró justo a tiempo para bloquear al segundo antes de que pudiera apuntar.
Elena, lejos de quedarse paralizada, aprovechó el caos para golpear con el codo al hombre que la sujetaba, liberándose lo suficiente para correr hacia la carpeta que Ivanov había dejado caer en la confusión.
A lo lejos, entre los contenedores, distinguió las siluetas de los hombres de Kirill cerrando el perímetro exactamente como habían planeado, y por primera vez en toda la noche sintió que la balanza empezaba a inclinarse a su favor.
—¡Elena, al suelo! —gritó Ares, justo cuando Ivanov, viendo que su plan se desmoronaba, sacó un arma propia con una rapidez sorprendente para un hombre de su edad.
El disparo que siguió resonó entre los contenedores como un trueno. Pero no fue Ivanov quien lo efectuó primero.
Ares había desenfundado en el mismo segundo en que vio el cañón apuntando hacia Elena, y su bala encontró el hombro de Ivanov con una precisión que hizo que el arma del anciano cayera al asfalto húmedo con un golpe metálico.
Ivanov cayó de rodillas, sujetándose el hombro con una mueca de dolor y una sonrisa amarga.
—Tu padre habría rematado el trabajo —jadeó, mirando a Ares con un odio que llevaba treinta años fermentando—. Tú siempre fuiste demasiado blando para este mundo.
—Mi padre está muerto. —Ares se acercó, apuntando todavía con el arma, mientras las sirenas de los coches de Kirill se escuchaban a lo lejos, acercándose por fin, mezcladas ya con las de la policía que Valeria Cruz había alertado—.
Y yo sigo vivo, con todo lo que él me enseñó a odiar de mí mismo intacto.
Considérate afortunado de que esa mujer me haya enseñado algo que él nunca pudo: que hay formas de ganar que no requieren enterrarte bajo el mismo cemento que enterraste a media docena de familias. Incluida la tuya, por lo visto.
Los hombres de Kirill llegaron minutos después, asegurando el perímetro y llevándose a Ivanov, custodiado, hacia una furgoneta sin distintivos que se perdió en la noche con la promesa de una justicia mucho más lenta y burocrática que la que Ares habría preferido administrar con sus propias manos.
Valeria Cruz llegó apenas segundos después, con el arma reglamentaria todavía desenfundada y una expresión que oscilaba entre el alivio profesional y una irritación muy personal dirigida directamente a Kirill, que la recibió con una media sonrisa que no hizo nada por mejorar la situación.
Cuando por fin quedaron solos entre los contenedores, con el eco de la violencia todavía vibrando en el aire salado, Ares se giró hacia Elena y la estrechó contra su pecho con una desesperación que no intentó disimular.
—No vuelvas a hacer algo así —murmuró contra su cabello, con la voz rota—. No vuelvas a dejarme una nota en lugar de despertarme.
—No sabía si sobrevivirías si venías —susurró Elena, aferrándose a él con la misma desesperación—. No podía arriesgarme a perderte a ti también.
—Prefiero morir a tu lado que vivir sabiendo que te dejé enfrentarte sola a mis propios fantasmas —dijo Ares, apartándose lo suficiente para sostenerle el rostro entre las manos—. Se acabó, Elena. Ivanov ya no puede tocarnos.
—¿Y tu padre? ¿Y todo lo que él representaba?
Ares miró hacia el mar oscuro, más allá de los contenedores, con una calma nueva asentándose en su pecho, la misma calma que llevaba seis años persiguiendo sin saber que la encontraría en un muelle, con sangre en las manos y el amor de su vida temblando entre sus brazos.
—Mi padre me enseñó a construir un imperio de cenizas.
—Volvió a mirarla, con una sonrisa cansada pero, por primera vez desde que Elena lo conocía, completamente libre de sombras—.
Tú me has enseñado que las cenizas también pueden ser el principio de algo, si alguien se queda el tiempo suficiente para plantar algo nuevo encima.